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12 de febrer, 2018

Añejo Cencibel, Solera Familiar 1893

1893. Cuando un hombre y una mujer se casaban en La Mancha, juntaban lo mejor de las cosechas anteriores de las dos familias. De ese vino de dos casas que representaba ya lo mejor de cada una de ellas, hacían una sola solera, en una sola bota.

De esta bota tenía que nacer un "nuevo" vino añejo (rancio en mis tierras) que simbolizaba la nueva unión: dos familias y dos soleras para una nueva familia y una nueva solera. Los años de amor, de complicidad con la tierra y de diálogo con el oxígeno, la madera y el clima, iban redondeándola hasta convertirla en el vino que salía en las celebraciones y días de fiesta.

Existía la tradición de que esta bota de vino añejo podía refrescarse, por supuesto, con vino nuevo de añada, pero no hacerse saca alguna de ella hasta que, por lo menos, pasaran 20 años de la fecha del matrimonio. Solidez y compromiso para los hijos que tenían que llegar.

1997. Hace ahora 21 años, Julián Ruiz Villanueva (campesino en Quero y alma de Esencia Rural) recuperó la vieja solera de cencibel de sus bisabuelos, que fecha del día de su boda en 1893. 21 años cuidándola, recomponiéndola, refrescándola con esa misma cencibel con la que tan a gusto está. Hasta que hace 7 años llegó a la conclusión de que la cosa, vendimia tras vendimia, ya estaba en su punto bueno y no mejoraba. Momento, pues, de empezar a preparar una saca y de que el vino siguiera su camino de evolución en una botella.

Que es la que ven ustedes en la foto superior. Es un vino rancio seco de cencibel manchego, con 17,8%. Único porque puedo hablar de él habiendo bebido una copa. Irrepetible porque nace de una boda y no de otra. Inclasificable porque es la vocación labriega de Julián, junto con su pasión por las cosas de su tierra, la que recupera esa vieja tradición manchega y familiar. Con certeza, no pocas familias conservarán esa bota en su casa. Algunas quizá la habrán mantenido y refrescado y podrán disfrutar todavía de ella.

2018. Pero pocos, muy pocos, habrán tenido la generosidad de invitar al mundo entero (vaya, al que consiga llegar a alguna de estas botellas...) a la boda de sus bisabuelos. Yo he estado allí y no me atrevo a juzgar ni, casi, a describir el vino. La vida y la muerte han pasado  por él. Los nervios y las inquietudes. Las zozobras y las guerras. Las cosechas buenas y la alegría del vino nuevo. Una vida de campesinos que jamás fueron conscientes de qué hacían porque eso, lo que hacían, era lo único que sabían, querían y podían hacer. Quizá para ellos no fuera muy meritorio porque todos, antes y después, habían hecho poco más o menos lo mismo.

Pero yo no. Yo me he asomado al perfil de esa historia emocionante y he sentido, en ese único trago (inquieto y nervioso todavía el vino), el vértigo de la nueva unión: el añejo de la solera de 1893 ante su nueva vida, en un mundo que parece desconocer casi todo de quienes aportaron esos primeros vinos. El principio y el fin, la luz y la oscuridad, la sequedad y la amabilidad, el alcohol y la intensidad, el poso del café y la algarroba, los pámpanos que adornaban la mesa y el pan recién horneado.

Creo que no es un vino para juzgar o para opinar. Es un vino para sentir y para estremecerse. Es un vino para poder decir que, aunque la inmensa mayoría esté muy lejos de lo que representa, con él tenemos nuevo hilo para seguir tejiendo una historia de complicidad con la tierra. Aunque muchos piensen que todo está perdido y que cada vez menos gente comparte cierta sensibilidad y manera de hacer las cosas, el Añejo Cencibel 1893 de Julián Ruiz está aquí para demostrar y recordar que seguimos vivos. Hay tiempo para charlar y trabajar, para mirar y contar, para entender y escuchar, para beber y gozar. Para entender que la vida, con cosas como las que me pasaron este pasado sábado cuando Julián nos explicó su vino, tiene un sentido distinto. Sin juzgar ni valorar. Hay un tiempo para explicar y un tiempo para transmitir.

Mark Twain decía que hay dos momentos claves en la vida: cuando nacemos y cuando sabemos por qué y para qué nacemos. Lo primero lo pasé ya; de lo segundo me estoy dando cuenta estos últimos meses y especialmente (las circunstancias que, queramos o no, nos acompañan) estos últimos cuatro días en Barcelona. No he podido ni querido ir a todo, no porque no valore mucho el trabajo de todos en la organización de sus cosas. No. Es porque necesito sentirme cómodo en la charla con la gente y en el entendimiento de sus cosas. De ese tipo de momentos, nacen historias como las que Julián y su vino me contaron. Mi trasunto Marco Aurelio lo dice bien claro en sus reflexiones, y yo pasé muchos años sin hacerle caso... : "si te limitas a actuar conforme a la naturaleza de tu ser y a decir sencillamente la verdad en tus palabras, vivirás feliz. Y nadie puede impedir que te conduzcas de este modo". Alguien puede impedirlo, claro está. Uno mismo. Ya no.

14 d’abril, 2017

W. Finnegan: mundos por cartografiar


Confesiones de un explorador que quiere compartir. Con la lectura de William Finnegan, Años salvajes. Mi vida y el surf (Barbarian Days: A Surfing Life), Libros del Asteroide, Barcelona, 2017 , traducción de Eduardo Jordá.

P.248: “Un escalofrío de mustia tristeza se apoderó de mí y un dolor que provenía de algo que no era exactamente la añoranza. Tenía la sensación de haberme salido de los límites del mundo conocido. Eso no me importaba: había muchas maneras distintas de cartografiar el mundo”.

P.249: “cerré los ojos. Sentí el peso de los mundos sin cartografiar, de los lenguajes por nacer. Y eso era justamente lo que yo iba buscando: no lo exótico, sino el vasto conocimiento que te permite descubrir lo que cada cosa es”.

Hay vinos y personas que te permiten

cartografiar sensaciones sin haber pisado la tierra donde crecen las uvas que las provocan.

Reconocer a esos vinos y personas porque compartes la intimidad que se encuentra en su nacimiento. Sin conocer físicamente a la persona que los hace.

Descubrir y conocer lo que cada cosa es más allá de las fronteras de lo reconocible porque sientes realmente qué es. Y porque lo sientes sin que nadie te haya dicho nada, sabes.

En el mundo de las sensaciones, se llega del sentimiento al conocimiento través de la energía de la emoción.

Sin emoción no hay sentimiento ni conocimiento ni reconocimiento.

Hawaii

¿Cómo cartografiar una emoción sin brújulas ni mapas? ¿Cómo describirla? Cómo ponerle palabras y situarla en un mapa que no existe? Nadie te lo puede contar. Yo sé cómo “poner alfileres”, que son palabras, en un mapa por dibujar, en un vino que no conocía, en una persona a la que no había encontrado jamás. Todos podemos hacerlo a partir de nuestro sentimiento y nuestros recuerdos. Y con nuestras palabras.

Cada palabra está por nacer para llenar de contenido los lugares de un mapa de emociones que todavía no hemos descubierto.

La toponimia de un mapa vínico por hacer, de un mundo de sensaciones por cartografiar, llena de sentido y de esperanza la vida del explorador. Nunca sabes cuándo entrarás en un territorio desconocido, pero siempre andas buscando esa puerta.

Por mucho que se empeñen en contarte historias, hay vinos y personas que no te permiten hacer ninguna de estas cosas. Parece que lo tienen todo claro pero no te permiten ver ni sentir.

¿Quién va más a ciegas? Repito (p.249 del libro de Finnegan): “…sino el vasto conocimiento que te permite descubrir lo que cada cosa es”: uastus es un adjetivo latino que significa muchas cosas en una familia de palabras relacionada con la grandeza. Finnegan tiene al océano en su cabeza, siempre, desde niño. Y cuando se usa “vasto” (confieso no tener el original inglés cuando escribo este post: parto de la traducción) para hablar de mar o de grandes extensiones, se alude a algo “que no tiene fin”. El cielo es inabarcable, no tiene fin: es vasto. El océano es enorme y poderoso, la vista jamás puede abarcarlo entero: es vasto. Así también el conocimiento. La capacidad física de cada cual para poseerlo y retenerlo existe, pero la ambición y la voluntad de pisar tierra desconocida para cartografiar nuevas emociones tiene que ser insaciable e inabarcable en cada uno de nosotros. Siempre. Como el cielo o el océano. Tiene que ser, en este sentido, vasta.

La limitación física no puede ser excusa para que el explorador no aspire al vasto conocimiento que le permitirá llegar a la esencia de lo que descubra.

Además: Alice Gregory, “The Riders of the Waves”, en The New York Review of Books, 13 de agosto de 2015 (su recensión del libro de Finnegan en mi traducción):

“Hay un pasaje cerca del inicio de Middlemarch  en el que el narrador describe la vista a través de una ventana. Esta descripción es la mejor que he leído yo jamás sobre el placer de conocer un lugar íntimamente: ‘los pequeños detalles daban a cada campo una fisiognomía particular, querida a los ojos de quien la había visto desde la infancia’ escribe George Eliot… Esta capacidad para la familiaridad geográfica conforma un tipo de conocimiento visceral, que se obtiene orgánicamente y que se atrofia con los años… Conocer un lugar a través del corazón es un lujo raramente ofrecido a los adultos”.

Creo, con George Eliot (que fue seudónimo de Mary Anne Evans), que los pequeños detalles son los que te permiten conocer en profundidad lo que sea. Pero también creo (y aquí no coincido con Alice Gregory) que si compartimos la idea de conocimiento como algo que se puede adquirir en la infancia, la juventud o la edad adulta, entonces siempre estaremos mentalmente preparados para una eterna “infancia” exploradora. En realidad, creo que esto es lo que William Finnegan nos propone: mantener una actitud salvaje y atrevida ante la frontera de lo desconocido, querer pasar al otro lado. Encontrar nuevas maneras de cartografiar un mundo desconocido.

“Conocer algo a través del corazón”, del sentimiento y de la emoción, es una puerta que cierto tipo de vinos me abre. Es un conocimiento visceral y muy orgánico, sin duda, muy vinculado a la tierra y a la transformación de la uva. Para llegar a él solo hay que estar dispuesto a verlo y sentirlo todo con los ojos de la “infancia” y con el sentimiento del explorador que se encuentra ante “mundos” por cartografiar y con  sensaciones a las que nombrar por primera vez.

27 de març, 2017

A propósito de James Rebanks

Una cuestión de generaciones: a propósito del libro de James Rebanks, La vida del pastor. La historia de un hombre, un rebaño y un oficio eterno, Penguin Random House, Barcelona, 2016.

“Una cuestión de generaciones” me viene a la cabeza tras charlas, botellas y emociones con Joan Asens, del Masroig; Toni Carbó, de Subirats; y Albert Domingo de Les Ordes (Aiguamúrcia). Por decirlo con las palabras que corresponden, Joan de Cal Nicolau; Ton de Cal Ton de la Salada y Albert de Mas Tuets. Ellos son (junto con muchos otros que no cito, pero de los que podría explicar historias parecidas), la parte visible de un hilo de generaciones que llega hasta hoy. Joanet de Mas d’en Ferran, Jaumet de Cal Pati y Albert de Mas Tuets, son los eslabones necesarios para que los vinos de Albert Domingo en Mas Tuets estén empezando a emocionar. Antoni Carbó Pinyol, Antoni Carbó Gibert –Tonet-, y Ton Carbó Ferrer –Ton-  fueron los brazos y las voluntades que Antoni Carbó Galimany necesitaba para crear el Celler La Salada, un “nuevo” referente para el Penedès y para todos. Todos ellos, y sus descendientes (ya tenemos a un Ton Carbó Serra!), pertenecen a Cal Ton de La Salada. Nicolau, Ramon y Elionor (entre Cal Nicolau, Cal Tano y Cal Sens) abrieron el camino para que Joan Asens Masdeu (una de las almas de Orto Vins) y su hijo Genís sean hoy una de las realidades más importantes del Montsant desde El Masroig.

Les Tallades de Cal Nicolau y La Coma del Genís, Mas Tuets y L’Ermot son, en este sentido, vinos que se dejan beber como pocos, vinos que transmiten su tierra y hacen vibrar, vinos que trasladan la energía y personalidad de quienes los hacen.

Pero son mucho más que eso.

James Rebanks, La vida del pastor..., p.27: (paráfrasis) “mi abuelo fue, simplemente, uno de los miembros de esa gran mayoría silenciosa y olvidada de personas que vivieron, trabajaron, amaron y murieron sin dejar demasiado testimonio escrito de que alguna vez pasaron por aquí. Para el resto del mundo, mi abuelo fue en esencia un don nadie, y sus descendientes seguimos siéndolo. Pero de eso se trata”. ¿De eso se trata, me pregunto yo? Los paisajes como el nuestro fueron creados, y aún perviven, gracias a los esfuerzos de los “don nadie”… esta es una tierra de gente modesta que sabe trabajar duro. Quizá la verdadera historia de la tierra deba ser la historia de los "don nadie", pero al mismo tiempo, todos deberían saber que el bisabuelo de Joan Asens, Nicolau, ayudó a construir con sus manos el puente que uniría el Masroig con el Molar; como todo el mundo debería también saber que el bisabuelo y el abuelo de Ton de la Salada hicieron prosperar a los propietarios de Can Bas y que al abuelo, Tonet (con su hermano Jaume), lo apodaron “el cuatro brazos” porque trabajaba más fuerte y rápido que nadie; o que el abuelo de Albert de Mas Tuets, Joanet, cavó con sus propias manos, en la masovería en la que vivía y trabajaba, unos enormes lagares de más de 5000L. Todos, en fin, deberían también saber que una viña centenaria de picapoll tinto sobrevive y emociona en Les Tallades que Nicolau plantó; y que L’Ermot de macabeo, plantado en la tierra pobre que todos rechazaban, da hoy uno de los grandes vinos blancos de este país; o que los lagares y las terrazas que Joanet de Mas d’en Ferran construyó, respiran una vida nueva. Todos conocen, más o menos, a Joan Asens del Masroig, a Toni Carbó de Subirats y a Albert Domingo de Les Ordes (Aiguamúrcia). Pero nadie debería olvidar que la verdadera historia de su tierra, del paisaje y de los sabores que les y nos hacen ser como hoy somos la han construído “donnadies” como Nicolau, Tonet o Joanet.

P.56: “A lo largo de aproximadamente la última década, mi padre y yo hemos ido adoptando deliberadamente un modelo más tradicional y anticuado para nuestro sistema de cría, y hemos vuelto a un patrón que minimiza los aportes externos y los gastos, porque eso nos ayuda a escapar de la espiral de costes que está acabando con las pequeñas granjas como la nuestra. Y porque poco a poco nos hemos ido dando cuenta de que los sistemas tradicionales aún funcionan”.

En la alimentación del ganado y en la vida de una granja (por lo tanto, en qué comemos), se basa una parte del concepto de la biodinámica de Rudolph Steiner. En el fondo, se trata de darse cuenta de que un sistema más tradicional y que atiende desde la tierra a las necesidades de la tierra, es mejor para todos: para la propia tierra, para sus animales y plantas y para las personas que trabajan con ella y viven de ella. También, por supuesto, para los que lo vemos desde más lejos pero comemos y bebemos de ella buscando raíces y autenticidad. 

P.81: “El respeto iba asociado  sobre todo a la calidad de las ovejas  o las vacas de ese hombre o mujer, al cuidado de su granja, o a la pericia que demostraran en su trabajo y su gestión de la tierra. La comunidad tenía a los buenos pastores  y pastoras en la más alta estima, independientemente de que a los ojos de la modernidad fueran ‘simples empleados’”.

“Respeto” es la palabra clave: respeto hacia el trabajo bien hecho en el campo y en la bodega, respeto hacia las personas que a los ojos de la comunidad mejor hacían su trabajo, al margen de su condición social o de si eran o no propietarias de la tierra y los animales con que trabajaban. Menos "bla bla bla" y más fijarse en las cosas del campo y de la bodega, con transparencia y honestidad. Sólo así sabremos a quién tenemos que respetar y por qué, al margen de nombres, famas, etiquetas, ferias y propiedades.

P.210: “Sostengo respetuosamente que el trabajo, la labor y los usos y costumbres que han permanecido impertérritos durante siglos deben primar sobre el entretenimiento improductivo”. (Beatrix Potter, conocida como señora Heelis, en una carta a The Times de enero de 1912, en la que protesta por la instalación de una fábrica aeronáutica junto al lago Windermere).

P.250: “Clare” (John Clare, el poeta campesino) “vio la desconexión que se estaba creando entre la gente y la tierra, algo que desde entonces  solo ha empeorado año tras año”… “No hay nada mejor que trabajar en estas montañas. Al menos cuando no estás empapado o helándote, pero incluso entonces, te hace sentir vivo de una forma que yo no consigo sentirme en la vida moderna tras la vitrina. Aquí arriba sientes la emoción de lo intemporal. Siempre me ha gustado la sensación de estar perpetuando algo más grande que yo, algo que se remonta, a través de otras manos y de otros ojos, hasta las profundidades del tiempo”.

Veo en Joan Asens de Cal Nicolau, en Ton Carbó  de Cal Ton de La Salada y en Albert Domingo de Mas Tuets, en su actitud y en sus palabras, en sus gestos y miradas, que ellos también viven esa sensación: ellos perpetúan una historia de generaciones que modela paisajes, viñas, vinos y personas de una manera determinada, modesta, discreta, profundamente enraizada con su tierra y sus costumbres. Tienen el orgullo de quien sabe que, más allá de la condición social, ellos están en sus viñas para permanecer en ellas y para perpetuar algo que les supera, algo que tiene que ver con las manos y las miradas de quienes les han precedido. Transmiten la sensación de que esta es su tierra y de que aquí siguen, mirándola y trabajándola con el máximo respeto, para regalarnos la emoción de lo intemporal en una botella de su vino y con una copa en las manos. 

Son, también, mucho más que una botella o una copa de vino.

James Rebanks BY Phil Rigby in Cumbria Live
James Rebanks por Phil Rigby en Cumbria Live

21 de febrer, 2016

Más que un vino: El Fundamentalista 2014

El Fundamentalista 2014
Cuando un maestro de maestros (en el periodismo, en general, y en el mundo del vino, en particular) te da un titular, no lo desprecies... Primero busqué una botella de El Fundamentalista 2014 (Finca Sandoval): conociendo al personaje, suponía que el nombre contenía una carga de provocación pero, también, una parte de realidad. La encontré en una sucursal de Lavinia en un aeropuerto (ahora sé que también la tendrá Vila Viniteca en pocos días). Después busqué información y no encontré más que vaguedades con un solo dato de interés: en 2008 había existido ya un Fundamentalista... Sólo en 2008. Por supuesto, acudí a la fuente. Y a las pocas horas, Víctor de la Serna, amable y paciente con los aprendices hasta que se harta y te manda a tomar viento fresco, contestó. Con un titular, claro: "Joan, más que un vino, es una anécdota..." Normalmente me gusta poner el nombre del vino en el título de mis posts, así que el titular quedó algo recortado y conviene ahora explicarlo un poco. La anécdota es la de alguien que conoce y ama el vino como pocos (Víctor de la Serna) y que, cuando estás en su bodega, ofrece cuanto tiene. Es la de un amigo que prueba uno de esos vinos olvidados (un sangrado de syrah, mínimamente sulfitado, que reposaba en una vieja barrica, aunque también podría haber sido un odre antiguo) y se entusiasma ante la sencillez, frescura y amabilidad de ese vino. Y es la de unas pocas botellas, que en 2008 fueron embotelladas para amigos.

En 2014 se dan circunstancias parecidas, pero además de syrah, Víctor dispone de un monastrell ya en edad de mostrar sus bondades (10 años), de un viñedo de la Manchuela en altura, 850 msnm. Eso significa contrastes térmicos enormes y una maduración lenta que va cargando los hollejos de sabores antiguos y el mosto de ligereza y frescura. Repite la operación: vino de sangrado, un poco de bota vieja y nada más. Mínimo sulfitado y una etiqueta que, de nuevo, nos recuerda que las cosas fundamentales, las básicas, no precisan de grandes artificios. Una buena fruta es la base de todo y el mínimo "aderezo", que acaba dando algo que encaja con el carácter de quien nos propone este vino: a fundamentis era aquel edificio que un arquitecto romano señalaba en una inscripción como construido desde la base por él. Mucho beber, mucho viajar, mucho conocer, mucho procesar para que los que amamos el buen vino lleguemos a una sencilla conclusión: el vino sencillo, que no simple, el vino que, en palabras de Víctor, "llena las horas de diversión y es fresco, sin pretensiones y simpático", te da siempre mucho más de lo que vale.

Por ahí va este El Fundamentalista 2014, que podría parecer incluso una broma, un guiño travieso de Víctor a quienes hacen vinos auténticos, sinceros, lo más naturales posible. Podría parecer una broma pero acaba siendo una declaración de intenciones. Quien ha convertido la anécdota en categoría y ha decidido poner a la venta esta botella, también nos está diciendo "éste es un vino que me gusta y éste, un camino que quiero transitar". Incluso en el detalle (nada escapa a un tipo como Víctor) de no poner código de barras en la contraetiqueta. Bien está viniendo de quien viene. 14% que apetece tomar algo fresquitos (14-15ºC). Es un vino de arcilla roja, algo oscura, con recuerdos de madera vieja o, incluso, de odres de piel antigua. Es un vino de hoy pero con hechuras antiguas. Ciruelas, brezo, zarzamora y picotas. Fresco, sí, y de trago fácil y agradable. "Frutoso", claro. Pero también sólido y con empaque: vinoso. Me recuerda al mejor y joven Classius Clay. Este vino se mueve como él: tiene las piernas y el baile ligeros, se mueve sin parar y parece no fatigarse pero, al mismo tiempo, tiene una contundencia y un impacto de sabores y aromas grande. Es un vino que suena, en el mejor sentido de la expresión, a viejo y a sincero. Me gusta que, aunque naciera en 2008 por casualidad y como anécdota, la cosecha de 2014 y la ocasión hayan permitido a Finca Sandoval y a Víctor de la Serna recoger estos nuevos sangrados de syrah y monastrell para poner en la copa una Manchuela que sabe a mucho más que a anécdota.

24 de setembre, 2015

Apoikia Àmfora 2014

Apoikia Àmfora 2014
Es el sueño de un hombre de letras que empezó a viajar. ¿O de un viajero que empezó a leer? Qué más da... el Mediterráneo es su mundo y sus aguas, montañas, calas, rocas y pasos, su secreto y su guía. Las uvas le susurran sus secretos y las letras de todos los que han sentido ese mar como propio le van mostrando el camino. "Lejos de casa" quizá  porque pensaba que su patria estaba en el mar y en costas lejanas. Pero con los años, Apoikia se ha convertido en sinónimo de lo contrario: "siempre en casa" porque allí donde estás y crecen tus uvas, allí donde las cuidas y las sufres las cuatro estaciones, allí donde amas la tierra y la proteges y la entiendes (orgánicamente) para que ella te dé lo mejor, allí donde las vendimias y haces tu vino sin más intervención que la mano (aquí pura y sin contaminación química alguna) del hombre, aquí está tu patria. Tu patria es la tierra que te acoge, tu patria es tu vino, tu patria es la hospitalidad y generosidad con la que ofreces tu vino al viajero.

Apoikia Àmfora 2014. DO Empordà. 14%. Garnacha del Montgrí y algunos compañeros de viaje argonáutico, convertidos en reposados mensajeros de un sueño de mediterraneidad. Las uvas crecen a los pies de la roca dormida, muy cerca de donde los primeros Foceos desembarcaron en la Península Ibérica. Allí reposan, también, y ensayan su presentación de la eternidad el león de Nemea, el cíclope que se ha convertido (ciego, sí...de todo se aprende) en gigante bueno y el volcán que todo lo da y todo lo quita. Fermentaron las uvas (en 2014) en el vientre de la tierra. No podía ser de otra forma. No  podía tener otro sentido este proyecto: la tierra llama a la tierra y la luz, el agua, el fuego y la arcilla viven en casa del alfarero silencioso. Eloi Bonadona aporta su artesanía centenaria, su sabiduría inquieta y aquel oficio ancestral que nos permitió a todos ser como somos hoy, hijos del fuego y de la cocción, del sedentarismo y la recolección. No podía ser de otra forma: la tierra cercana a los viñedos es la que protege a la fermentación y da nueva forma al sueño.

Firmeza. Rugosidad: al tercer día, el cielo áspero y seco de febrero se ha convertido en la amabilidad del mes de julio. Voluptuosidad. Umbría. Frescura. Tensión. Mirto. Laurel. Zarzamora. Brezo. Hierro. Arcilla. Fuego que crepita en la oscuridad del hogar. Primer otoño. Una realidad hecha de islas y de rocas, de rincones a la sombra con soles en lo alto pasea por tu paladar. Fluidez. Civilización hecha de vinos. Cultura en la botella nacida de lecturas, de fecundaciones, de fermentación, de cosechas y de viajes. En el libro 2 de la Eneida, Laocoonte y sus hijos tienen que morir para que Eneas viaje, vaya y vuelva de los infiernos, sepa y comprenda para crear una nueva manera de entender las cosas. Apoikia y este vino, ahora mismo, nacen de este viaje; y del de Odiseo y del de Gilgamesh y del de Ovidio y del de Egeria y del de Estrabón y del de todos los viajeros que en el Mediterráneo o en las tierras con cepas han sido. Se establece en una tierra nueva, la reivindica con sus elementos esenciales, la transmite de la forma más pura posible a la botella (en este caso, con la demiúrgica ayuda del barro de Eloi) y nos permite, a nosotros, que la bebemos con placer, cerrar los ojos para viajar, ver y oler todos los mediterráneos que llevamos en nuestro corazón.
Hilaocoonte

28 de setembre, 2012

Sobran las palabras: arroz con paloma torcaz

Arroz de paloma torcaz en MonvínicInauguro una nueva sección en este cuaderno. Sobran las palabras. Cuando un plato y su combinación con un vino me impresionen de veras y haya sido capaz de sacar una foto que sea digna, publicaré esa foto y añadiré un breve comentario de lo que más me ha conmovido de la receta y del vino. Debuta en la sección un arroz con paloma torcaz que nos preparó Sergi de Meià en Monvínic, poco antes del inicio del otoño pero con todos los sabores de la estación concentrados en él. La presa procedía de Hostalets de Balenyà y la decisión sobre cómo comerla fue tomada dos minutos después de entrar. El resultado, conmovedor.

Un plato esencial, mínimo, profundo. Un arroz al punto con una carne intensa y de gusto concentrado, reposada, exuberante, con los aromas del monte y del bosque. Un golpe para los sentidos esa cucharada con algo de caldo (el sofrito, con tomate, cebolla, los menudillos de la presa), arroz y un pellizco de sal sobre la carne. Un empujón hacia el aire abierto cercano al bosque que tanto gusta a estas palomas. Aleteo sutil y poderoso al mismo tiempo, que invade todos tus sentidos. El vino lo puso una de mis cooperativas de cabecera, que da alegrías con frecuencia: Produttori del Barbaresco, con su Barbaresco DOCG 2006. Me sigue emocionando esta democratización del buen hacer vínico y la calidad piemontesa en una zona, Barbaresco, que suele hacer pagar mucho por sus grandes vinos. Este no es un Riserva de la casa, cierto, pero 2006 se puede beber ya con gran placer, ofrece una nebbiolo preciosa, todavía salvaje y con aroma a hollejos en nariz, pero con una boca de taninos medidos, secos pero suaves, y muy persistentes. Fue un vino que estuvo, sin más, a  la gran altura del hermoso, casi improvisado, arroz de Sergi.