02 de juliol, 2006

Helado y PX

Hoy hemos ido a la playa y no ha habido tiempo de comprar helado artesano (solemos hacerlo en la Cremeria Toscana, en la esquina de C/ Muntaner con Córcega, en Barcelona: quien no la conozca, ¡que vaya!) . Nos hemos "conformado" con helados industriales que, en mi opinión, dan la talla también:



No voy a citar nombres, claro (esto de la publicidad, sin cobrar, hay que elegirlo bien), pero a uno de estos con doble capa de chocolate, le he añadido una copa de:



Don PX del año 2003, de la Bodega Toro Albalá, de Montilla-Moriles. Impresionante: soy un apasionado de la Pedro Ximénez, en todas sus vinificaciones (desde el vino blanco que se hace en Poboleda, pasando por los PX de añada y terminando por la "Reliquia" de Barbadillo), pero es que ésta te da unas satisfacciones y a un precio... Tiene un brillante color ámbar, sin haber pasado por madera alguna (se vende, también, como vino del año), lagrimea con cariño sobre la copa: emociona. Tiene unos aromas de frutas como las pasas, como los higos secos, con toques de miel y de frutas secas (avellanas) con café, que enamoran y no abandonan tu memoria. Servido a una temperatura de 10-12 grados, llena la boca con su increíble potencial, untuoso, glicérico pero no exento de cierta frescura y acidez. Como para abandonarse y, casi, relajarse, en las terribles tardes dominicales veraniegas de Barcelona ciudad.

01 de juliol, 2006

Pesto y vino rosado

Es casi un lugar común, el de la buena sintonía que la pasta y el vino rosado mantienen. El otro día en Piazze d'Italia (C/ Casanova, entre Aragó y València), uno de mis italianos de referencia, me estrené con unos "tagliatelle tartuffate", con un Corvo siciliano rosado (me pareció discreto el vino, tirando a poca cosa, sobre todo si lo comparo con su hermano "mayor", tinto, y preferí no decir nada de él). Hoy, en cambio, creo haber mejorado la relación, aunque no de forma definitiva: hemos tomado unos espaguetis al pesto.

La peculiaridad de este pesto, hecho en casa, es que lo hago a base de una mezcla de hojas de albahaca y de salvia frescas. La salvia le aporta un toque radicalmente distinto a aquello a que estamos acostumbrados y nos gusta mucho. A veces, incluso lo hacemos sólo con salvia: es una receta y una tradición, hasta donde yo sé, toscanas. Nos transporta hasta esa tierra privilegiada y, por ello, nos gusta todavía más.

Con esta pasta, hemos tomado un rosado bien distinto del corvo: un Albet i Noya clàssic de 2005. Se trata de una mezcla de pinot noir y merlot, en que la merlot domina mucho sobre la uva borgoñona (80 % frente a 20%), aunque su nariz sea más bien discreta. La peculiaridad de este rosado, en la zona donde se hace claro (D.O. Penedès), es que se aprovecha sólo el mosto que se produce en lágrima. Ello hace que la coloración del vino sea discreta, ante lo que suele ser habitual en los rosados de moda hoy en día. Estamos ante un vino que, a pesar de los varietales, oscila entre una piel de cebolla de Figueres algo subida de tono y una fresa que está en pleno "envero" y camina, algo tímida, hacia su maduración, sin haber llegado a ella.


El aroma que desprende el vino sin remover es el de la misma fruta, la fresa, con ligerísimos toques balsámicos. Tras un par o tres de golpes de muñeca, no he sabido notar nada más.

Su punto más importante, en mi opinión, llega con su entrada en boca, donde muestra una alegría (producto del carbónico, tenue pero presente) que se transmite con rapidez. No es graso, sino más bien ligero, pero llena todos los sentidos e invita a seguir bebiendo. Tengo que decir que tras su "confrontación" con el pesto, en boca, pierde algo de gracia. Probablemente un rosado con más empaque y cuerpo, más tipo "Pago del Vicario" o Bàrbara Forés, para entendernos, aunque con acidez parecida, diera mejores resultados con un pesto, dominado por el campo toscano, por el parma, por el aceite de argudell y por los piñones y el ajo ligeramente sofritos en él.

Bodegas amigas: Colonias del Galeón

Por "bodegas amigas", entiendo no aquellas bodegas que producen vinos placenteros, "amigos", sino aquellas cuyos propietarios son amigos. He pensado que sería una bonita manera de rendir homenaje a estos esforzados y nuevos trabajadores y amantes de la vid y del vino, dedicarles algunos comentarios y que la gente supiera más de ellos. Para mi suerte tengo algunos, pero tampoco son tantos como para que tenga que plantearme una larga serie de artículos sobre ellos. Lo hago porque me apetece (como todo, en este mundo libre de la blogosfera) y ni tan siquiera ellos tienen noticia de que lo estoy haciendo. Mejor así.




La primera bodega de la que quiero hablar se encuentra en un lugar extraordinario, que me tiene el corazón robado desde el momento mismo en que lo pisé: la Sierra Norte de Sevilla, en su zona de influencia de Cazalla de la Sierra. Unos montes bajos en este lugar (llegarán las laderas a los 600 metros de altitud) dan cobijo al nuevo sueño de Elena Viguera y Julián Navarro. Desde 1998, y amparándose en una poderosa tradición (la fama de los vinos de Cazalla es grande entre los siglos XV a XVII) y en el amor por el terruño (que ellos plasman en su dedicación al cultivo ecológico, avalado por el Comité Andaluz de Agricutura Ecológica: www.caae.es) , han plantado cepas autóctonas (tempranillo la más significada) y extrangeras (merlot, syrah, pinot noir, cabernet franc y chardonnay), en unos suelos con laderas poco fértiles (calizas y con pizarra), que sufren fuertes oscilaciones térmicas entre el día y la noche y que gozan de un adecuado régimen de lluvias. Al tener, además, la posibilidad de plantar en distintas laderas, inclinaciones y vertientes, han sabido adaptar sabiamente las necesidades de cada uva a aquello que les ofrece el pago, Colonias del Galeón (nombre, también, de vieja tradición): www.coloniasdelgaleon.com.



En terreno que sube en suave ladera, tapizada de jaras, retama, tomillo, lavanda y zarzamora, entre encinas e higueras, se cultivan y maduran las uvas según las convenciones de la agricultura ecológica. Al ser éste, además, un pago protegido por el parque natural de la Sierra Norte, es imposible que nada distraiga a uvas y agricultores de su trabajo precioso: llegar al punto óptimo de madurez de cada varietal y hacer la vendimia y la selección de la mejor forma posible.

Vinifican tres tipos de vino, uno blanco y dos tintos. El blanco, llamado Ocnos, es monovarietal de Chardonnay y la ultima botella que he probado es la de la cosecha 2003. Se trata de una uva vendimiada en agosto de 2003, macerando el mosto con sus hollejos (con nieve carbónica) y procediéndose después a su fermentación alcohólica (a temperatura controlada de 18 grados), que finaliza en barricas nuevas, mezcla de roble francés y americano. La maloláctica se completa aquí y reposa el vino, con sus lías finas, durante cuatro meses. Es un vino de poderoso color amarillo paja en sazón, brillante y limpio, que en nariz se ofrece con una mezcla entre flores (con las que crece la uva) y fruta tropical (piña), terminando después con unas notas de mantequilla y de almendra tostada. Su trago es poderoso, untuoso, bastante glicérico y confirma la nariz que comentaba antes. También tienen un tinto, mezcla de las mejores uvas de tempranillo (siempre la base más importante en los tintos), merlot, cabernet franc y syrah, llamado Roble, con el que han empezado más recientemente, pero que les deparará grandes sorpresas y éxitos futuros: tuve la oportunidad de hacer una cata de barricas de la cosecha del 2005 (de cabernet franc, merlot, syrah y pinot noir) y los resutados serán espectaculares.


El tercer vino que producen es, para mí, el más logrado de los tres en estos momentos, Colonias del Galeón Maceración Carbónica 2004 (tanto éste como el chardonnay han recibido premios Ecoracimo de bronce 2005) y el que me ha dado más satisfacciones. Se trata de un tinto joven, con base de tempranillo y aportes de merlot y de syrah, que es el primer maceración carbónica de Andalucía. Quienes me conocen saben que no aportaría este dato si no fuera porque el vino, además, es excelente: se han recogido los varietales en su momento oportuno cada uno, se han vinificado por separado, se ha extraído el máximo color y las fermentaciones del mosto yema y del mosto prensa se han hecho por separado también, a temperatura controlada de 16-18 grados. Tras la estabilización por frío del vino, se ha embotellado en unas preciosas borgoñonas.

El vino en copa recuerda la procesión de cardenales por San Pedro del Vaticano: presenta el color de la mejor púrpura violácea cardenalicia, con un menisco de gran profundidad. Sus aromas son los de las flores que acompañan la maduración de la uva en el monte (violeta, sorprendente y fresca: casi parece la del Bierzo de los Pétalos; y un poco de balsámica menta) y las de las frutas que acompañan a su vendimia (fruta madura con hueso, ciruelas) y alivian a sus vendimiadores. Cuando lo bebes a su buena temperatura (algo fría), se ofrece franco, pleno, envolvente, con taninos maduros y golosos. Es un vino que, como pocos, se me mostró (tras conocer el terruño) como espejo del alma donde ha crecido: la Sierra Norte de Sevilla, en las laderas de la Colonia del Galeón, cerca de Cazalla de la Sierra. Este vino es esa tierra. En Andalucía, también en la sierra de Sevilla, es posible hacer vinos importantes y que darán que hablar: mis amigos Elena y Julián lo han demostrado y nosotros, sus amigos, ¡que lo sigamos viendo y bebiendo!