08 de juliol, 2008

¿Calores de Barcelona? ¡Fríos de Suecia!


Hoy va de confesiones: digamos que no soporto las grandes superficies, los sitios donde miles de personas se dan cita, normalmente los sábados, para dar rienda suelta a no se sabe qué...me entra de todo, picores, sarpullidos, malestar, nervios, rabia, hasta que no puedo más y empiezo a montar el número. Comedido, sí, pero número: "¡que ya no aguanto más!", "que qué hacemos aquí?", "¿será posible? pero si parece que la gente se lo pasa bien!", y etc. Supongo que un psiquiatra llamaría a esto "agorafobia". Yo, sencillamente, intento evitar akís, decathlones, cortesvarios, ikeas, etc., siempre que puedo. Pero resulta que el otro día no pude escapar: niños fuera, piso por renovar, sábado por la tarde = gran superficie de capital sueco. Un desastre: intenté empezar en positivo y acabé preguntándome por qué le estaba haciendo de mozo de almacén a uno de los tipos más ricos del mundo. Eso, un desastre...hasta que al salir por la caja (rápida, me río yo de los 10 productos: nos tocó el cajero en prácticas!!!), mi cara cambió y mi sonrisa volvió porque vi algo que parecía un ¡supermercado sueco! ¡¡¡Comida sueca para los calores de Barcelona!!!

De golpe recordé una entrada de mis amigos Pistoynopisto (¡releía tu nota y veía que somos casi "almas gemelas"!) y ni corto ni perezoso, le propuse a mi santa adentrarnos en los fríos nórdicos para preparar una cena sueca en casa, sin tocar los fogones, que a ratos también apetece. El resultado de eso que se viene en llamar Ikea Food fue sencillo pero muy sabroso: un poco de pan de centeno, Siljans Knäckebröd, ligero, crujiente e ideal para acompañar tanto a salmón como a queso; un taco de Superior salmo salar, algo graso, casi rústico, con un ahumado fuerte y auténtico (me recordó mucho los panzones de salmón en los mercados finlandeses); unas huevas de falso caviar Abba Black, lo más discreto, poco yodadas y algo sosas, mínimas; Abba jämna fina bitar, trocitos de arenque con cebolla, vinagre, azúcar y eneldo: lo mejor, su combinación con el salmón en la boca (la conexión "eneldo", espectacular) y el vino que destiné a esta cena, fue afortunada. Para rematar, tomamos un Wanas ädel, un queso azul de leche bio, bastante correcto, sin más. Todo esto nos costó la "friolera" de 19 euros.

Ya advertido, por anteriores experiencias, de que un buen Riesling Auslese podía dar grandes resultados con este tipo de manjares, le regalé a esta fría cena sueca un ilustre representante de una de las grandes bodegas del Palatinado, una de mis preferidas: de Dr. Bürklin-Wolf, hizo las delicias de la concurrencia un Auslese de Wachenheim, Gerümpel, "R", de 1990 y con 10%. Decantado una hora antes de la cena y servido a 12ºC, este vino casi me hace llorar y, por supuesto, borró de mi mente todos los malos momentos, hedores y nervios vividos en la gran superficie. Con un color amarillo intenso, casi de piel de limón maduro, este 1990 está en un momento espléndido, con aromas de "lemon curd", de raspadura de corteza de limón, de esa misma corteza hervida con agua azucarada y convertida en caramelo ácido. Pleno y graso en boca, su combinación con el salmón y el eneldo, con el arenque agridulce y su cebolla fueron de traca. Al trasluz, el vino muestra todavía su juventud, si se me permite la expresión, con trazos de verdor y un largo posgusto con aires de lima-limón y el frescor del mojito, hierbabuena y limón. De golpe y porrazo me vi transportado al "Viktualien Markt" de Monaco en Baviera, donde un servidor, hace ya demasiados años, sobrevivía a base de bocadillos de arenque y de salmón y copas de riesling palatino del que, por aquel entonces, nada sabía. Bebía y disfrutaba, sin más. He descubierto que esos aromas, esos sabores persisten en mi mente y son los de la Hansa, los de las costas del Mar Báltico que llegan al mercado de vituallas del München de mi juventud. Señoras y señores: que no hay mal que por bien no venga, en pocas palabras. Y que cuando me "obliguen" a volver a Ikea, lo haré sumiso y con la sonrisa del "lindo pulgoso" entre los dientes...

La foto del muelle helado de Estocolmo es de fliptopheed.

04 de juliol, 2008

Terroir Vino en Genova: mis notas


Tigullio Vino (Fil Ronco y su increíble y eficaz equipo) convocaban una vez más a los amantes y aficionados del vino italiano a una maratoniana sesión el pasado 16 de junio en Génova. Génova no es lo que parece: se la tacha de gris, pero está llena de color; es una ciudad en plena ebullición, viva y dinámica que se me antoja como la Nápoles del norte: tiene aires de Parténope, sí, pero con cierto orden, como si de un principio de cosmos en el tremendo caos napolitano se tratara. Los que venimos del norte o de otros países en coche o en tren tendemos a pasar de largo de la ciudad. Mal hecho: Génova merece una visita atenta, merece un largo paseo por sus barrios céntricos, por su casco antiguo, por su puerto y su catedral. Génova, además, merece ser visitada porque alberga la muestra presencial de todos los vinos que, cada año, las mesas de degustación que trabajan con Tigulliovino prueban. Y son más de 140 expositores, más de 500 vinos que uno puede catar, con los que se da cuenta, por si no lo tuviera suficientemente claro, que la Italia vitivinícola, tampoco es lo que parece. El consumidor habitual se queda con cuatro clichés, con cinco marcas o variedades de uva y poco más. Y eso, lo comentaba la gente, sucede en Italia y fuera de ella.

Y es tremendamente injusto. Terroir Vino 2008 me dió la medida exacta de qué sucede en Italia, un país que posee en explotación más de 350 variedades auctóctonas (sic!) y que presenta una riqueza de vinificaciones, de estilos, de maneras de ser vínicas tan variadas que no se me ocurre ningún otro país que conozca con qué compararlas. Terroir Vino fue excepcional en este sentido porque desde el Alto Adige hasta Sicilia me permitió, de nuevo, palpar esa riqueza, conocer nuevas variedades y tipos de vino, nuevas bodegas y bodegueros y, ay las!, darme cuenta de que no completo ese mapa vinícola en una sola reencarnación...La perfecta organización en el Palazzo Ducale, la continua degustación de 11 de la mañana a 8 de la tarde, me sumieron casi en un estado de shock emocional y gustativo. Probé tanto, charlé con tantos bodegueros, amigos y colegas, descubrí o redescubrí tanto, que me es imposible hacer un resumen adecuado de todo lo que hice. Doy las gracias a Fil Ronco y a su equipo por darme esa oportunidad y me quedo, sin más pretensiones, con la idea de daros tan sólo la selección de lo que más me llamó la atención. No voy a poner enlaces a todas las bodegas: quien se sienta atraído por alguna de las cosas que escriba no tiene más que pedirme ampliación de datos, si no los encuentra en la red.

Me alucinó el Sciacchetrà 2005 de Luciano Capellini, un vino pasificado blanco hecho con la técnica del ripasso, de un color ambar impresionante, mezcla de frutas blancas, de flores, de miel, de frutos secos, de sal y de mineralidad pura. Una maravilla. Me sedujo, de nuevo, el Alto Adige a través de la bodega de Alois Lageder: no tengo dudas, para mí se trató de la bodega más completa, la que trajo más variedad de vinos y de mayor calidad media todos ellos. Sus blancos 2007 están en una línea impactante, sápida, poderosa y atractiva, para darte un verano de lujo (su pinot grigio, su Müller Thurgau, su Gewürztraminer, su moscato giallo), pero el pinot noir que trajo, el Krafuss 2004, fue de los tintos que más me gustó de toda la sesión. Sólo diré, para que entendáis cuánto me gustó, que me recordó mucho el Sant'Urbano de Hofstätter...me cautivó la colección de vinos blancos bio de I Clivi, con un Galea bianco y un Brazan, ambos de base tocai friuliano (con perdón), con largas fermentaciones naturales, nada de madera y largos reposos en lía: vinos de raza, poderosos y seductores, intensos, atípicos casos para el Friuli. La mejor colección de vinos dulces de la sala la presentó, en mi opinión, Marco Sara, de Udine, un especialista en botrytis cinerea, que ofreció un piculit de ensueño y sus increíbles Verduz y Muffis dal Sis. Marco Sara, desde la discreción y el amor por el vino botritizado, se está haciendo un hueco importante: ¡ved, si no!, Gaspare Buscemi es un caso único, una rarissima auis, que merece atención y respeto: un hombre ya mayor, convencido de lo que hace, pero harto de predicar en el desierto. Para que os hagáis una idea: es como si habláramos de los López de Heredia, pero en Italia. Presentó unos pinot grigio del 1988 y un bianco riserva massima, del 1987, que estaban perfectos, vivos y audaces, con una boca increíble y todos los sabores de la paleta de la miel. Su spumante de larguísima crianza (vino base del 1991, con degüelle en 2000, tal y como lo leéis), sans dosage, es un vino de una cremosidad absoluta, con unos tostados finos y unas galletas de mantequilla adorables. Único en la sala.

De algunas bodegas, bien conocidas de los lectores de este cuaderno y presentes en la sala, no hablaré, pero allí estaban, y llamando la atención, la Tenuta Grillo, Le Vigne di San Pietro y La Stoppa (integrantes, por lo demás, de la nómina de Enoteca d'Italia y, por lo tanto, accesibles desde Barcelona). Ageno 2005 está que se sale, como siempre, y Vigna del Volta protagonizó un encuentro inesperado con un queso erborinato de la Fattoria La Parrina (queso azul, de cabra 100%, con un reposo mínimo de 4 meses, extraordinario), que hizo saltar chispas a los amigos a los que propuse compartir esa combinación. Uno de los lugares que más llamó la atención fue el montaje de la Azienda BioVitivinicola de Emidio Pepe, que preparó una vertical salteada de su Montepulciano d'Abruzzo, que no toca madera para nada: ¡85, 95, 00, 01, 03, 05 y 07! En mi opinión, el 03 estaba muy en su punto, aunque algo fenólico, pero el que se salía era el 85, el mejor de la serie sin duda. Cascina Corte de Amalia Battaglia y Sandro Barosi presentó una de las mejores relaciones calidad-precio de la sala: vinos bio, de nuevo, agradables, atractivos y a precios imbatibles, con un dolcetto classico a 5 euros y un barbera bio a 7. Cerca de Sandro estaba uno de los grandes descubrimientos de la sesión: la hacienda Cà Richeta de Enrico Orlando (en Castiglione Tinella). Todo lo que probé me gustó pero quiero hacer mención especial de sus dos vinos pasificados: un passito rosso con brachetto (sí, sí, brachetto!) y cabernet sauvignon es un puntazo (me recuerda los dulces con monastrell/mataró), pero su bianco passito Cà Richeta 2003, con moscato bianco y un 20% de semillon, con la uva pasificada en la planta, está que se sale, un vino para tener muy en cuenta.


Erbaluna y Podere Erbolo fueron otras dos bodegas de corte "vino natural" que me llamaron la atención, la primera con un Barolo 2003 muy digno y a un precio muy bueno (sobre los 25 euros), la segunda con un Salvino 2004 (IGT Toscana), sangiovese de verdad con un mínimo de malvasia blanca. Fontanavecchia me atrajo con un Falanghina 2007 en pureza, mineralidad y frescor a pares y a raudales, y de las bodegas sicilianas, me llamaron la atención D'Angelo (en Catania), con un vino único (un frappato, pero vinificado en blanco, mineral, seco, tánico, increíble) y, por supuesto, Arianna Occhipinti (en Vittoria), con su también Frappato 2006, vinificado según la tradición, con largas maceraciones y un contenido fenólico y de bosque mediterráneo impresionantes: ¡qué bien explica ella sus vinos! Un vino para conocer y atrapar el alma de Sicilia en un trago: intensidad y poder, no exentos de belleza. Para finalizar mi recorrido, no quiero dejar de citar la bodega extrangera que más me impresionó: la alsaciana bio Bott-Geyl (de Blebenheim) me proporcionó una agradabilísima conversación con la propietaria, con su "vigneron" (¡y esposo!) y la degustación (por desgracia no trajeron sus grand cru) de sus básicos "Les Élements"(traminer, riesling). No descubro nada nuevo, lo sé, pero es una de las grandes y tradicionales bodegas alsacianas, sin duda.

Bien, éste es mi resumen, apresurado y que se deja no poco en el tintero, pero resumen al fin y al cabo de lo más destacado que probé en Genova. Ya veis, por lo demás (foto última), que en Italia no todos escupen lo que catan...Lo mejor de la jornada, con todo y sin la menor duda, fue el contacto con la gente, la charla distendida, el conocimiento de no pocos colegas a los que conocía sólo por la red y la organización. Poco podía yo imaginar, la verdad os digo, que todo acabaría con una cena a la mesa de la cual se sentaron, entre otros y ahí es nada, Mike Tomasi y Luca Risso, Gianpaolo Paglia (con cuyos excelentes vinos de Poggio Argentiera en la Maremma toscana, cenamos), Terry Hughes y Giampiero Natali: ¿¡Elisabetta, dónde estabas!? Me sentía casi como un marciano en la tierra y apenas me atreví a abrir la boca: gente que sabe mucho, que ha probado de todo, que ha viajado, que es culta e inteligente, que escribe y es respetada en el mundo entero. Un gran colofón para una jornada inolvidable. ¿La gran lección?: "L'Italia vitivinicola non ti la fai in una vita!" ¡No os la perdáis!

La foto multicolor de las casas de Génova es de honeycri. La de la vertical de Pepe, de Piperita Patty.

01 de juliol, 2008

Con estos vinos, ¡que me den calores!


Escribo esta nota entre el 28 y el 29 de junio de 2008. Casi nunca fecho mis comentarios, cuando los escribo: creo que todos hacemos lo mismo. Escribimos, pulimos, guardamos y publicamos cuando podemos o nos parece oportuno. Los calores llegaron a Barcelona, de forma seria y continuada, hace no más de una semana: noches en las que no se baja ya de 26-27ºC, pero con una humedad relativa alta, que hace que la temperatura parezca mayor y las noches sean como las de "la iguana". Paso por momentos complicados: mucho trabajo en varios frentes y un casi inminente traslado de piso (a finales de julio). Miles de obras, intentos de controlar todo (casi vanos) y en medio de este caos, un pobre cuaderno de anotaciones que, de vez en cuando me mira y me dice "¿y yo, qué?". Casi me da lástima: le tengo cariño y me gusta atender sus necesidades. Ahora la situación me desborda y escribo cuando puedo y mal, sin documentarme debidamente. Espero que me sepa perdonar y me gustaría que mis lectores fuerais indulgentes. Llegarán tiempos mejores, sin duda, y cuando la mudanza se complete, cuando todo funcione en el piso nuevo, cuando todas las botellas y copas reposen, ¡íntegras!, en su nuevo hogar, podré volver a escribir con tranquilidad y con el placer que, ahora, ni tengo ni encuentro. Pero por mucho que diga y cuente, por mucho que pase, llegó el verano, llegaron los calores, y un servidor y su familia y amigos siguen bebiendo, siguen buscando el placer y un poco de relajo en aquella copa refrescante y divertida, que hace que los atardeceres y las noches sean más transitables.


Aunque no sea mi estilo (no critico, conste, porque me encanta que cada cual encuentre el suyo), las actuales circunstancias personales casi me obligan a redactar notas más breves, en las que sólo os cuente mis sensaciones y, en los casos que ahora siguen, me permita recomendaros el consumo de algunos vinos y espumosos, que me han dado, en mi interior, aquella paz y frescor que uno consigue, en los duros días de verano, cuando se encuentra bajo una sombra como la de la foto. Es tiempo de buenos vinos blancos, de rosados fresquitos y de burbujas de todo tipo. ¡Vamos a por ellas! Mi santo y cumpleaños (por Sant Joan todo) se saldó con varias burbujas, todas ellas muy distintas entre sí, pero todas muy agradables: como aperitivo, un cava desconocido, Gausa rosado de pinot noir. Lo distribuyen mis amigas de Ogumvinus (de las que hablaré próximamente) y no sabía nada de él: un cava de un bello color frambuesa en el medio envero, con aires de fresa silvestre en la zarza, pero reposados, con un deje de bodega antigua y una boca suave y cremosa, con una burbuja fina y nada agresiva. Muy rico. Un clásico que no voy a descubrir aquí sirvió para brindar en la intimidad: el Spécial Club millésimé 1999 de Pierre Gimonet et Fils.

Se trata de un premier cru de Cuis, chardonnay en pureza, infanticidio casi por ser el de 1999, pero fresco y suave en boca, con recuerdos de horno bretón al amanecer y de manzana golden. Una pura delicia que, sin duda para mí, gana a las horas de haber sido abierto. Algunas de las pocas botellas que quedarán en Barcelona de Elisabet Raventós 2002 me fueron proporcionadas, de nuevo, por Ogumvinus, y cumplieron a la perfeccción para brindar con toda la familia. De este cava ya he hablado en otras ocasiones: sólo quiero decir que sigue estupendo. Quién pillara más botellas y supiera guardarlas un par de años...De mi incursión en Ogumvinus salió también un estupendo txakolí vizcaíno: el de Itsasmendi 2007. Está peligroso de veras este vino ahora mismo: citronela, aromas de pera limonera, recuerdos del roce con la planta de la hierbaluisa, carbónico perfectamente integrado, frescor y placer a raudales.


Termino con tres rosados, dos de ellos de características similares y que aconsejo buscar y consumir en su añada 2006. Hay rosados a los que favorece un año de reposo, en mi opinión, y Ètim Rosat 2006 es de esos. Con garnacha y syrah de viñas viejas, tiene un color entre el rojizo del pomelo rosa y la naranja sanguina, casi un clarete. Fresas silvestres cuando remueves su hogar, grosella madura, casi corpulento y algo tánico en boca, gran acidez, es un rosado muy sabroso, quizás poco al uso, pero de los que me gusta de veras. Como el Roigenc 2006, dels Cellers Capafons-Ossó, hecho básicamente con syrah, que sale algo más ligero en boca y con más aire de fresa madura y de lácticos que el anterior, pero que está ahora mismo pletórico. Cierro esta trilogía de rosados con una sorpresa y novedad absolutas para mí. Hacía tiempo que iba detrás de ellos porque había leído algunas notas "estimulantes", pero si no llega a ser por la ayuda y generosidad de El Baranda, no habría podido tener acceso fácil a ciertos rosados echos con la variedad rufete: ¡muchas gracias, Mario! Me apetecían y dedidimos con Mario cambiar un par de rosados de por aquí que le llamaban la atención por un par de rosados de sus tierras. Y ha caído ya el primero: un Tiriñuelo rosado 2007, Vino de la Tierra de Castilla y León, monovarietal de rufete. Con 13% y una temperatura deseable de servicio sobre los 9-10ºC, es un vino de capa muy muy leve, con un color entre la piel de cebolla subida de tono, casi violácea, y la cereza en envero. Huele a zarzamora y al zarzillo de la fresa. Es liviano, de cuerpo ligero en boca, algo astringente, pero sabroso y con un amable y delicado posgusto a fresón. Es un vino "peligroso", que pasa como si nada y se deja beber con agradecimiento. Acompañó a la perfección una pizza casera, invento de la casa (nuestra), con sardinas.

Con estos vinos, ¡que me den calores!

La foto del paisaje en verano procede de Fulgen.