23 d’agost, 2008

Sa Plaça, en Sineu


La vida en Mallorca gira alrededor de las plazas, de sus bares, restaurantes y terrazas. En ellas se celebran los mercados, en ellas la gente se encuentra y habla de sus cosas, en ellas se disfruta de la vida al aire libre en verano. No es casualidad, pues, que algunos de mis restaurantes preferidos en la isla se encuentren en plazas y, claro, tampoco lo es que muchos de ellos se llamen “Sa Plaça”. Hay que ir con cuidado para no confundirse, además, porque al socaire de la fama de algunos “Sa Plaça”, existen otros que no lo son: las terrazas, mesas y sillas se mezclan y acaba uno comiendo o cenando donde no debiera. Mis “Sa Plaça” preferidos son tres: el de s’Alqueria Blanca (Plaça de Sant Josep, 22, 971164022) es el más reciente, el más “innovador”, concebido como restaurante de tapas. El segundo está a medio camino entre el clásico restaurante de cocina mallorquina y la innovación: Sa Plaça de Petra, en la plaza Ramon Llull, 4 (971561646), en un entorno histórico y muy agradable. Del tercero os hablo hoy: Sa Plaça de Sineu, sin número ni teléfono, es el de cocina más declaradamente mallorquina.

Este restaurante abre su terraza en una de las plazas más bulliciosas y activas de la isla, y asienta su fama en la genuina elaboración de las recetas de toda la vida, que han expandido su fama gracias al mercado de los miércoles (el mayor de la isla, el más importante, aquél en el que todos acaban tomando algo en "Sa Plaça"). Nuestra selección, en este caso, fue muy respetuosa con la tradición del local y de sus platos más celebrados. En verano, el frit mallorquín de toda la vida (verduras y patatas cortadas muy pequeñas, fritas y acompañadas de las partes menos “nobles” del cordero) se metamorfosea en “frit mariner” y aunque no sea muy purista esta versión "marymontaña", Sa Plaça tiene la fama de hacer el mejor de la isla. Y como podéis ver por la foto, la realidad acompañó: deliciosa y sabrosa patata acompañada de verdura salteada (calabacín, pimientos, tomate) y de mejillones, calamares y gambitas. El segundo plato ante el que los amantes de la “cucina povera” mallorquina nos rendimos siempre, es la “llengo amb tàperes”: de una textura delicada, sedosa casi, tiene la lengua un tacto suave al paladar aunque matizado por la acidez y contundencia de las alcaparras que acompañan al apéndice más púdico del animal. Sencillamente templada (también se sirve a veces como embutido, fría), nos encantó.

Era la noche del 15 de agosto y por la mañana había empezado a soplar viento del norte. La temperatura había bajado varios grados de golpe y el viento no amainó con la caída del sol. Apetecía un vino a temperatura ambiente, que templara ánimos y acompañara bien estas viandas. La carta de vinos mallorquines en los restaurantes de la isla no suele ser una maravilla y encontrar novedades es, casi, una proeza. A ratos pienso que les interesa poco el asunto…Sin duda, lo mejor que tenían en Sa Plaça era el ya conocido Manto Negro, en su edición 2005. Se trata de un vino de la DO Binissalem, elaborado por Vinyes i Vins Ca Sa Padrina a partir de viñas viejas de Sencelles. Con 13,5% y una mayoritaria composición de manto negro y callet (con buen acompañamiento y estructura de merlot y de cabernet sauvignon), este vino ha fermentado en inoxidable a 28ºC y ha madurado en roble americano durante cuatro meses. Ideal para ser tomado a 17-18ºC, sin decantación pero con buenas copas bordelesas (cosa que no nos ofreció Sa Plaça: otra asignatura pendiente de la mayor parte de casas de comidas donde paramos en Mallorca, la copería). Del color de la mora madura, un poco evolucionado el ribete, de capa media, es un vino con aromas a ciruela madura, a oliva negra muerta y con una entrada en boca portentosa. No suelo abusar de este adjetivo, ya lo sabéis, pero este Manto Negro 2005 es redondo, aterciopelado casi, con taninos muy maduros y amplios, generosos. Profundidad de sabor y envolvente posgusto, con regalo de trufa, de tierra labrada y de romero. Está en un momento ideal, sin duda, este 2005.


Para los postres, nos acogimos de nuevo a la mejor tradición de Mallorca. Dos lugares conozco yo que combinen tan bien la harina con el helado, los dos islas y en los dos he pasado momentos inolvidables. Sicilia y Mallorca. No olvidaremos, mi santa y yo, las primeras meriendas en Sicilia, cuando veíamos que la gente acompañaba los extraordinarios helados con “la brioche”. Gran combinación ésta de abrir sin más un brioche de pastelería y rellenarlo con el helado que más te apetezca. Pensábamos que era una “pareja” única en el Mediterráneo, hasta que llegamos a Mallorca y topamos con ésta que aquí véis. El único, inconfundible pastel de almendras mallorquín, el gató, se acompaña de la forma más genuina posible, ¡con helado de almendras! Esta amalgama de texturas y de sabores entre la suavidad del gató y el frescor vibrante del helado es, como la siciliana, de relumbrón y nuestra cena en Sa Plaça terminó así de bien, con gató y helado de almendras casero.

19 d’agost, 2008

Elogio de la sencillez


Puede que mis amigos en Mallorca me maten cuando publique esto, pero así es como lo veo, así es como lo siento. Quien se queda con el turismo de masas, quien se fija tan sólo en Ca’n Pastilla, Ca’n Picafort o s’Arenal, quien piensa que Mallorca es sólo uno más de los Länder alemanes donde se come mal o peor, se equivoca y mucho. Mallorca, vista desde el centro de la isla, sigue siendo un paraíso, puede que ignorado y desconocido, pero paraíso al fin y al cabo. A mí me gusta pasear por las carreteras pequeñas y ver cómo las gallinas deambulan a sus anchas. A mí me gusta ver que hay payeses cuyo medio de transporte habitual sigue siendo un carro tirado por el asno. A mí me gusta el amor y respeto que aquí se siente por los animales y, sobre todo, por los perros y los gatos. A mí me gusta, aunque no me toque y pase por el guiri de turno, que en la panadería los clientes sean atendidos por su nombre. A mí me gusta que en las fiestas de guardar la gente lleve L pNdería su lechón para que se lo doren bien doradito. A mí me gusta que sigan existiendo (no diré dónde en público) un montón de calas y calitas vírgenes y pensar que muchos de los paisajes de interior y de costa que pasan ante mis ojos podrían haber sido vistos por Eneas si hubiera llegado hasta aquí. A mí me gustan mucho las islas grandes (Sicilia, Cerdeña) y, entre ellas, por supuesto, Mallorca. No sé cuanto durará, pero mientras siga siendo así, aquí intentaré que me encontréis de vez en cuando.

Mallorca significa sencillez y amor por las cosas del campo de toda la vida. Mallorca significa, en verano, cocinar poco tú y que te cocinen mucho los demás. Mallorca son sus mercados (no hay que perderse Sineu los miércoles y Santanyí los sábados), sus vegetales, su trempó, su tumbet. Mallorca es una deliciosa, sabrosa, ensalada de garbanzos alegrada con “tomàtiga de pera” (de los mejores tomates que conozco), aceitunas rotas mallorquinas, aceite de la isla y un poco de romero recién cogido ante tu casa.


Mallorca, por supuesto, es disfrutar de sus vinos (qué pena me dan los que se emperran, en un restaurante del interior de la isla, en darse a cualquier blanco de la Península, cuando hay tantas cosas interesantes por conocer en las DO de aquí): Mallorca es tomarte una “panada” de pescado, siempre bastante o muy picante, con un buen Son Caló blanc 2007 (monovarietal de prensal blanc, o moll por aquí, fermentado a temperatura controlada en inoxidable) de Miquel Oliver (la bodega de referencia del interior de la isla, de la DO Pla i Llevant, en Petra), más vivo y con un carbónico algo más presente que el del año pasado, de un color amarillo pálido, aires de manzana mallorquina recién cogida (algo verde) y un poco de pera herculina. Fresco, muy seco y de trago muy agradable: Miquel Oliver, por vivir en Sineu este año, es mi bodega de referencia y cada vez que paso por su viña de Ses Ferritges me digo “me quedo y me alquilo para empezar aquí la vendimia”, qué maravilla de plantación…

Y como ya sabéis, a mí me gusta todo lo que en Mallorca se hace con harina: su extraordinario pan (podría, casi, vivir de “pa amb oli”), sus panades y cocarrois, sus burballes “arrissades” (pasta como la italiana pero muy liviana), sus galletas marineras con aceite y, por supuesto y tanto para desayunar los días de fiesta como para postre inexcusable con los amigos, sus ensaimadas. “Llisa” (sin nada), de crema (quemada o no), de cabello de ángel y, la que más este año, la de albaricoque. Creo que es lo mejor que hace la pastelería de mi pueblo, Sineu (Forn i pastisseria Torelló, sa plaça, n.3, telf. 971520842): las pequeñas, como la de la foto, con almibar. Las de ¼ y medio, con azúcar glaseado: extraordinario contraste entre la suavidad de la ensaimada, la textura del saïm y la fortaleza de la carne del albaricoque. Cosas, todas las que os cuento, sencillas, cosas de toda la vida, sabores, costumbres y paisajes milenarios del Mediterráneo, que parecen haber sido olvidados en tantos lugares. En Mallorca, aunque muchas veces lo parezca, no. Por eso me gusta estar aquí y por eso os invito a conocerlo. Desde dentro y con la pasión del que descubre las cosas por primera vez.

15 d’agost, 2008

Ceci n'est pas une pipe, de nuevo


Unas horas de más en la maceración del mosto con los hollejos hicieron que este vino rosado de los Ménard no fuera aceptado por la AOC Rosé de Loire. Y yo me digo: pues por muchos años los viticultores y bodegueros sigan haciendo lo que les parezca oportuno con sus vinos y nosotros, como consumidores, podamos disfrutarlo y hablar de ello para que la producción no se muera de risa en la bodega. Este Vin de Table de France, con un 80% de Cabernet Franc y un 20% de gamay, pasó, en efecto, 72 horas con los hollejos, se hizo vino en inoxidable y está a disposición del avisado consumidor en L'Ànima del Vi, a un precio muy conveniente. Olaf habló de él hace poco y a mí me apetecía combinar una entrada con éste vino de Les Sablonnettes y el rosado, también atípico y fuera de marcos reguladores, de Mark Angeli ("Rosé d'un jour"). Pero Benoît, con tino, no se la jugó: inexplicablemente (por lo menos para mí), Angeli, como Puzelat, no tienen gran (en cantidad) salida en Barcelona y cuando las seis botellas que trae se acaban, vuelve a pedir. Se cruzaron dos huelgas de transporte, en España y en Francia, se cruzaron los primeros calores serios del verano, y Benoît pensó "será para septiembre".

Este vino, cuyo estupendo título remite por vía directa a mi querido Magritte, no es, en efecto, lo que parece. Como en otras ocasiones, se acerca al paradigma de aquellos rosados que tienen, casi, alma de tinto, claretes vaya. Con 12,5% y una temperatura de servicio aconsejable entre los 10-11ºC (lo siento pero soy de los que cree que el excesivo frío no permite percibir ni en nariz ni en boca todas las posibilidades de un rosado o de un blanco), este hijo ilegítimo del Layon, ofrece un bellísimo color rubí de cierta intensidad y capa media. Aromas muy directos de grosella madura, vegetales intensos (tanto en nariz como en posgusto) de zarza de la mora en pleno verano y, con perdón por la imprecisión, de todos los frutillos rojos de baya que puedan crecer en un jardín descuidado y lleno de maleza, pasado agosto y con los primeros aires frescos de septiembre. Pureza, autenticidad y un paso muy sedoso y agradable por boca (aquello que los franceses llamarían "charnu"), completan lo que se convierte, a voces en gran recomendación (¡¡¡6,9 euros la botella!!!).

La sabiduría de la lechuza de Atenea, que preside el conjunto, majestuosa y medio oculta, desde el tapón grabado, explica el porqué de esta grata sorpresa:

"Polisson gourmand,
ce Rosé s'est régalé
de tous les fruits rouges du jardin...
Il en rougit encore de gourmandise!...
La couleur excessive de ce Rosé
ne peut prétendre à l'AOC..."

Qué mejor definición que la que los Ménard se han dado: la color es la que tendría que subir a las mejillas de los responsables de la AOC por rechazar a este vino porque, según su definición, tendría que haber sido de "robe cristalline, couleur rose pâle aux reflets gris, à la couleur rose framboise aux reflets orangés". A nosotros, mientras tanto, ¡que nos lleguen muchos "barcos" con polizones y "patitos feos" como éste!

La foto de la etiqueta del vino es de Olaf en Uno+....