08 de febrer, 2009

One from the Heart


Hace tiempo que no escribo sobre el contenido de otros blogs. Hoy merece la pena, hoy me sale del corazón hacerlo porque me duele que alguien pase por alto y no lea la crónica de un viaje muy especial que está publicando estos días Weirdo. Al patriarca Kracher le pasó lo peor que le puede suceder a un padre: sobrevivir a su hijo. Y a Fernando le pasó lo que a muchos de nosotros: un tipo de vinos, una bodega, una forma milenaria de entender la uva y la relación con la naturaleza, le cambió la vida. Sucedió en el Burgenland austríaco, en el lago Neusiedl, con Alois Kracher padre y su hijo, Alois (Luis) Kracher. Luis dejó su huella inmortal también en la Axarquía y su muerte prematura (en 2007), junto con el recuerdo de sus vinos, llevaron a Fernando a realizar un viaje en el recuerdo, un viaje al corazón de la uva botritizada, un viaje a la tumba de Luis Kracher. Ésta es la crónica de un viaje que hay que leer, que hay que compartir. Es el viaje de Fernando, sí, hecho por él y para él porque necesitaba hacerlo, pero como cualquier viaje iniciático, desde el ya lejano de Odiseo, es un viaje de todos y para todos. Las enseñanzas, los sentimientos de Fernando pueden, deben ser compartidos por todos. Los vinos de los Kracher, también.

La extraordinaria foto del lago Neusiedl helado es de Fernando Angulo.

05 de febrer, 2009

Enrico Orlando vino passito 2003

Sonia y Enrico Orlando son el prototipo de gente dedicada al mundo del vino que me gusta de veras: jóvenes, preparados y entusiastas, recogen una tradición familiar que arranca de la bisabuela de Enrico (la Signora Enrichetta, de donde viene el nombre actual de la bodega, Ca'Richeta) y la interpretan y transforman a la luz de la vocación de Enrico. Él es el enólogo y el responsable de que esta pequeña parcela de viñedo en un rincón extremo (mirando ya a Monferrato) de las Langas (en el pueblo de Castiglione Tinella), se dedique casi en exclusiva a los vinos pasificados con variedades blancas y tintas. También producen algunas botellas de Langhe Rosso (PN) y Nebbiolo d'Alba (nebbiolo), pero el corazón de esta gente es dulce, ¡no lo pueden negar!, y su vocación son los vinos hechos con uva pasificada. Conocen a fondo el proceso, saben qué hacer y cómo hacerlo y el resultado es un vino tan extraordinario como difícil de encontrar: la bodega no producirá, en total, más de 20 mil botellas anuales, y de este passito con variedades blancas, en 2003 salieron 1800 botellas. Moscatel, sauvignon blanc, sémillon y chardonnay son las variedades. La uva empieza su deshidratación en la propia cepa y tras la vendimia (por lo menos 30 días extra en la planta, con parte de la circulación de la savia cortada), se vendimia a mano y pasa a reposaderos ventilados y a cubierto para proseguir su pasificación.

El proceso puede prolongarse casi otros tres meses, hasta que la uva haya perdido cerca del 40% de su contenido hídrico. Fermentación natural, parada natural de la misma y sin clarificaciones ni filtraciones, el vino pasa ya a madurar en barricas y toneles de roble (no sé la procedencia) de tamaño variable, entre la bordelesa y la de 700 litros. Entre 18 y 24 meses de madera sirven a Enrico para llevar al límite el potencial sápido y aromático de este ensamblaje que, con 14%, conviene tomar sobre los 12-14ºC para saborearlo en plenitud.
Tiene el vino un color entre el ámbar intenso y el oro viejo, de una pureza extraordinaria, rayos de sol suaves, tibios, en un atardecer tras la lluvia en las colinas. Lágrima pequeña, compacta, persistente pasea por la copa. Higos pajareros todavía tiernos, orejones de albaricoque frescos, gran cuerpo en boca. Es un vino intenso en nariz, con un recorrido que no termina nunca, y que en el paladar se hace suave, delicado, casi fresco. Pasas de Corinto y ligeros aromas de botritis asoman con algo de temperatura: humus, tierra mojada, hojas en descomposición. Pausa. Reposo, este vino te da y no cesa: galletas de almendra, dulces almendrados, calabaza madura para el cabello de ángel, jalea real. Un punto de cola de carpintero y esa bollería del norte de Italia que, como la inglesa, sabe combinar magistralmente, la harina con la fruta seca y escarchada (plum cake, panettone). Una maravilla.


Es un vino jugoso, amable, delicioso, que calificaría de muy personal y bastante único en el panorama italiano. Es un vino que llega al mercado en un momento óptimo de consumo pero que puede aguantar y mejorar largos años en botella. Si se encuentra, hay que comprarlo, sin duda, porque su precio (creo que sobre los 14 euros) es casi ridículo. El buen hacer de Enrico, la claridad y elegancia de sus ideas con los vinos pasificados (auténtico estandarte de Ca'Richetta es este passito de variedades blancas, aunque también hace otro passito, rosso, que me gusta mucho, con brachetto y CS), la elegancia, entusiasmo parejo y discreción de Sonia, y el amor de ambos por esta tierra de las Langas y por su tradición vinícola, me desbordan, me tienen el corazón robado. Confirman, de nuevo, que cuando muera, quiero que me esparzan (sin que lo vea el juez, claro, ni la policía de fronteras...), entre las Langas, el Priorat y la Borgoña, para que algún día alguien, sin saberlo, acabe bebiéndome. Creo que sólo así conseguiré resucitar...hacerlo en una añada de hacia el 2050 de este Orlando passito (¡tampoco tengo prisa, ¿eh?) sería un sueño.

Las fotos primera y tercera son de Sonia Orlando.

01 de febrer, 2009

TEN 2007

El Celler Pasanau, el artista plástico Wataru y el músico Pep Sala: tres nombres para un proyecto singular, para una tierra singular, para unas cepas y unos cielos únicos. Pasanau idea un rosado (la sola mención del tipo de vino, aplicada a la DOQ Priorat, hace que el vinófilo arquee algo las cejas...), Wataru propone una caja, una etiqueta y un nombre ("ten" significa "cielo" en japonés) y Pep Sala, músico hasta los tuétanos, hace exactamente aquello que muchos quisiéramos y no podremos jamás: le pone música al vino, le pone sentimiento a la pintura, le pone acordes y ritmo al paisaje, al cielo y a la historia del Priorat. Una música que hay que beber con los ojos cerrados, recreando en tu mente ese momento pleno, espiritual, denso y emotivo, en que los Cartujos cruzaron el paso de la sierra, decididos a dar nuevo sentido a los votos de San Bruno.

Instalaron su cartuja al fondo del barranco, donde no había otra "salida" que el espadado del Montsant, ni otra posibilidad que esas "escaleras" que, día a día, subían hacia el cielo puro del Priorat y les permitían charlar con Dios y ofrecerle sus oraciones y su trabajo. Abro la botella, pongo la música, cierro los ojos: el paisaje, la historia taladran mi mente, la ocupan por completo: viaje. Ruido de caballerías. Monjes a cielo abierto, al raso. Paso de montaña. Coll de l'Alforja: Montsant, visión deslumbrante. Madrugada. maitines. Trabajo, actividad, miradas al cielo. Cepas y oración. Lluvia y vendimia. El primer vino. Sosiego y paz. Tierra, luz, paisaje, espíritu. Medioevo en la música. Autenticidad en la copa. Los monjes devuelven al Creador lo que le pertenece, en forma de oración, de trabajo, de cartuja, de vino. Beber esta garnacha, escuchar esta música, mirar o recordar el cielo sobre la tierra de los priores es una forma sosegada, natural, de reintegrarse a un ritmo más humano de las cosas, hecho a la escala de la naturaleza y de sus estaciones.

Hay que tomar este vino escuchando la música de Pep Sala, con la paciencia y los ojos del hombre antiguo, con tranquilidad y conciencia. Frambuesa todavía en mínimo envero, piel de cebolla muy fina. Mucha fruta al principio, aunque ya evolucionada: fresas del bosque, madroño en sazón, cerezas en alcohol en el paladar que recibe un trago algo astringente, mineral y seco. Se ofrece con cuerpo, al mismo tiempo, cierta untuosidad y amabilidad a raudales. Paso firme y agradable, austero y oscuro, cordial como la bodega, como la celda y la conversación del cartujo, mínima pero necesaria, amable y, en esencia, vital. Uno, que ha tenido la suerte de estar en las tres cartujas que quedan en la Península Ibérica y charlar (no os parezca un contrasentido: también hay cartujos que hablan) con sus monjes, se siente como en casa, tras una hora de charla con la historia del Priorat. La música de Pep Sala, ell alma del dibujo mínimo, mineral, de Wataru, este vino rosado de los Pasanau, me han abierto, en pleno Eixample barcelonés, el cielo del Montsant de nuevo y me han transportado al primer momento del Priorat, el que explica todo lo que ha venido después. Ahora, el viñedo descansa tras el duro esfuerzo. Este año, el invierno atenaza, el frío y la nieve visitan la comarca y el cielo se muestra transparente como nunca. El cielo de los Cartujos sigue iluminando el Priorat.

Gracias a la generosidad de Pep Sala, que ha dado su permiso, y a la habilidad de Albert Pasanau, que ha preparado el corte en mp3, puedo ofreceros en primicia el sabor de esta música. Sea con Ten 2007 o no, coged una copa de buen Priorat o Montsant, poned la música, cerrad los ojos y escuchad al cielo de esta tierra única...


La foto de Scala Dei es de Javier Alfaro. La del vino (caja y CD), y la del viñedo a los pies del Montsant, son de Albert Pasanau.