23 d’octubre, 2009

Le Rouge-Gorge 2007 de Eric Nicolas

Eric Nicolas es uno de mis "vignerons" preferidos. Sin más. Junto con Christine poseen el Domaine de Bellivière (viñedos en el Loire, repartidos en cinco municipios, entre Jasnières y Coteaux du Loir). Cultivan en biodinámico (algunos viñedos todavía en conversión), ofrecen una altísima calidad en el trabajo exclusivo de las variedades propias de la zona (chenin blanc, pineau d'Aunis, grolleau, casi en todos los tipos de vinificación) y, además, lo hacen a precios razonables. Si los vinos te gustan, ¿qué más se puede pedir, caramba? Y ése es mi caso. Los vinos de Nicolas me gustan mucho. Me traje alguna botella de Santander, aunque por supuesto, se pueden encontrar también en Barcelona y, desde hace cierto tiempo (menuda opción), se pueden comprar "on-line". Ya hablé de él en otra ocasión y la información básica de su Rouge-Gorge 2007 se encuentra también en su modélica página web. Así pues, ¡concentrémonos en el vino!, sutil homenaje de Eric a uno de mis pájaros preferidos, el petirrojo. Si estrujas el fruto del granado y lo miras a través de un rojo rubí, ése es el color del Rouge-Gorge. Su discreción en el mismo (capa media, casi baja), nada tiene que ver con sus poderes: ofrece la profundidad de la pimienta negra recién molida pero un paso por boca liviano, casi de trote ligero. Mineral, me recuerda hoy mucho al perfume de la trepat y a la rusticidad (entendida como algo positivo) de una teroldego o una foja tonda. Tiene los taninos algo cuadrados, ciprés y tierra de brezo, húmedo vegetal, fragante y casi embaucador: es un vino que se presenta con discreción pero que deja huella, parece una cosa y es otra. Se puede comprar sobre los 16 euros y es aconsejable abrir la botella una hora antes, decantar el vino y servirlo sobre los 15 ºC.



El dibujo del petirrojo procede de blocs.xtec.

19 d’octubre, 2009

Santander


Hacía demasiados años que no paraba en Santander y el peso de las lecturas, de las recomendaciones, de las ganas de conocer lugares que amigos y compañeros han ido elogiando, le puso un cierto tono de ansia a mi visita. Me la pasé de golpe: suave llegada (espectaculares las vistas en el avión desde que uno deja Bilbao y se acerca a las laderas que besan el mar junto a la capital cántabra), taxi al hotel, maleta en la habitación, pies para qué os quiero al Paseo de Pereda, caminata casi al trote, llamada telefónica y ¡para la Cigaleña!

Por supuesto, el local existía ya en mi última visita (me avergüenza decir que iba la cosa ya para veinte años...), pero mi sensibilidad en esa época paraba en otros lugares. Amigos muy respetados han hablado ya in extenso del lugar, de su actual alma máter, Andrés Conde, como ara que yo me extienda aquí. Me llamó la atención la crítica del forero que pasó inadvertido en el restaurante y fue tratado a disgusto suyo. A mí me sucedió lo contrario: ni paso por forero (no podría, vamos: aunque me leo todo lo que pasa por Verema, no escribo en ella) ni me identifico de nada en concreto cuando voy a un sitio nuevo. Además, no estaba el jefe y el camarero que nos atendió, literalmente, nos mimó, sin más: discreto, pero muy atento y cómplice. Chapeau para él. Fuimos a las cosas básicas de la vida cántabra y alrededores, con incursión vínica extramuros. Si algo aprendí de la lectura de los comentarios de mis amigos es que en La Cigaleña se mima la sencillez en las recetas, la calidad de la materia primera y, sobre todo, el tiro por los vinos hispanos y los franceses.

Así que empezó la cosa con unos suculentos pimientos asados con ventresca de atún y anchoas (menudo marymontaña: Josep Pla hubiera echado una lagrimita de placer aquí); siguió con un revoltillo de setas de temporada (algo más discreto: mi micofagia está diagnosticada, es enfermedad galopante y me he vuelto exigente con los años); exultó con unas delicadísimas, tiernas, chuletitas de lechazo, con su medio riñón incorporado (juro que no lo pedí, pero ese detalle me hizo radicalmente feliz) y se llegó a los altares, en gloria, con un pastel de hojaldre, crujiente, rompedor, que no llevaba más afeite que pura mantequilla entreverada. Confieso que yo iba a alguna cosilla histórica de la Rioja (de las que tanto he leído en mis amigos), del 45 o del 64 por decir algo, pero el camarero fue tajante al anunciar que "tenemos lo de la carta". Tengo claro que tener, tienen mucho más, pero la carta daba también para varios cientos de alegrías de otro tipo y yo me decanté, tras algunos titubeos, por un moulin-à-vent La Rochelle 2006 de Olivier Merlin. Uno de los "señores" del Beaujaulais se mostró, como todos ellos, con una capa media, picota casi en envero, algo cerrado para ir ganando enteros durante la comida: muy serio y concentrado, poco dado a las florituras, este moulin-à-vent es profundo, mineral, tierra húmeda, pimienta roja en el árbol, trazos de hogar y de ceniza, tanino muy suave y trago de agua de manantial. Ideal para resaltar las chuletitas, vamos. Vinos por copas tienen pocos, la verdad, pero uno de ellos casó de maravilla con el hojaldre: el Spätlese 2005 de Fritz Haag, mineralidad ya atenuada, frescor cítrico, membrillo, pegó de maravilla con el pastel y su mantequilla.

Ya habíamos entrado en armonía con el cosmos entero (entrada por La Cigaleña) y pasear por Santander, a pesar del bajón tremendo de las temperaturas, fue, de nuevo, un placer: la bahía se ofrece, amable, el verde te acompaña desde la otra orilla y el cielo es puro y acogedor. Santander es puro bullicio a las horas que toca y vuelve, casi, a los ritos ancestrales de la siesta: a las tres y media no pasa casi nadie por el centro. En uno de mis paseos, topé con una tienda singular, anunciada por el atento y concentrado bebedor del collage fotográfico. Confieso que pasé de largo el primer día: algunos discretos riojas en el escaparate me hicieron pensar "buff...más de lo mismo". Pero a la segunda, pegué el hocico al escaparate (menuda vulgaridad) y vi, como quien no quiere la cosa, una botella de Selosse...hummm..."aquí hay gato encerrado". Vaya si lo había. La Ruta del Vino es la tienda (virtual y en tres dimensiones también) de Philippe Cesco, un tipo de sobras conocido entre los profesionales, del que un amateur como yo había oído hablar pero que no conocía personalmente. Francés afincado en Cantabria hace veinte años, apasionado también de los vinos naturales (no, no voy a redefinir qué es eso), su tienda es una cueva de maravillas: Selosse, Huet, Bellivière, Joblot, Schaetzel, Simon Bize, y mucho interesante sobre todo del tercio norte peninsular (centro, sur y este, menos). Hombre tranquilo, muy sabio, se deja guiar por sus gustos y por la calidad. Tiene una gran selección en la tienda. Me regaló una hora deliciosa de conversación, me explicó detalles de todas las botellas que me interesaban y unas cuantas estarán ya viajando a Barcelona para hacer las delicias de un servidor.

Santander: ¡como para tardar otros veinte años en volver!

La foto de la bahía de Santander es de hablaconluis.

15 d’octubre, 2009

Nebbiolo: final de trayecto



La cata/conferencia/degustación/charla que dió Juancho Asenjo en Monvínic es de aquellas que marcan el corazón enófilo de uno. Creo que nadie tiene que convencerme ya de las bondades de la nebbiolo: hace tiempo que la bebo y he tenido la suerte de aprender junto a otros insignes profesores (entre los que más, Franco Ziliani y Roberto Giuliani). Pero cuando alguien como Juancho te abre todos los secretos, tripas, corazón, intimidades de esta uva a través de algunos de sus productores y terruños más queridos, en el Piamonte, uno toma conciencia real de que, como afirmaba el maestro (varias sentencias fueron lanzadas, dardos de sabiduría, a nuestros oídos, ¡y fueron bien recogidas!):

"la nebbiolo es el final de trayecto de un bebedor. Cuesta llegar a ella, pero cuando se consigue, se disfruta como ninguna".


"Un paseo por los grandes viñedos del Piamonte: Barolo & Barbaresco", el título que nos congregó. Algunos de los mejores productores, quien explicaba y nos hacía escuchar los vinos (nebbiolo: opera + rock&roll, una uva cañera, vamos) y algunos de los pagos y añadas últimas más importantes (1999, 2001, 2004), pusieron el resto. Me propuse, al empezar (la "squadra" estaba formada por 12 vinos), anotar no más de tres palabras por vino. Quería concentrarme en lo que decía Juancho, en mi nariz y en mi paladar. Imposible. La nebbiolo, junto con la pinot noir (me permito añadir esta otra uva en mi final de trayecto personal como bebedor), son uvas que no cesan de evolucionar, en botella y en copa. No dejaré de beberlas, amarlas, descubrirlas. Seré breve en mis descripciones, no daré otros datos (son productores y pagos fácilmente rastreables), pero los apuntes desbordaron mi cabeza y cuanto papel se puso por medio.

Rizzi, Barbaresco Boito 2001. 14%. Clásico, serio, regaliz, canela, trufa, humus, otoño y más regaliz. Bruno Rocca, Barbaresco Rabajà 2000. 14,5%. Perfume, densidad, profundo, barniz, fruta madura, tanino muy integrado. Bruno Giacosa, Barbaresco Santo Stefano di Neive 2004. 14%. Flor generosa, marchita, animal, fiero, raíces, muy perfumado, embriagador, pimienta negra, fondo de humus en el hayedo, musgo, ceniza, humo, potencia. Uno de los grandes de la noche. Luciano Sandrone, Barolo, Cannubi Boschis 1999. 14%. Uva pasa, sugo di carne, barnices, madera vieja, oxidación, aires de vino rancio en boca, acetatos y violetas, cerezas maceradas, clásico, mucho. Elio Altare, Barolo Vigneto Arborina 2000. La Morra. 14,5%. Fresco, corteza de naranja, profundo, intenso pero delicado, de nuevo piel de naranja, macerada para la mermelada, gominolas de fresa. Roberto Voerzio. Barolo Cerequio 2001. La Morra. 14,5%. Enorme, floral, sutil pero denso, flor marchita, alma, mineralidad intensa, grosella negra en sirope, cereza. Otro de los grandes de la noche.

Hablando de Luciano Sandrone: "los grandes vinos de Barolo no los han hecho los enólogos, sino los campesinos".


Paolo Scavino, Barolo Bric del Fiasc 1997. Castiglione Falletto. 14,5%. Tierra húmeda, alquitrán, fruta en compota. Cavallotto, Barolo Bricco Vigna San Giuseppe Riserva 2001. Castiglione Falletto. Magnum. 14,5%. Uno de los grandes clásicos, animal, más denso, infusión de eucalipto, tradición sin más, el tanino se mastica pero no daña. Domenico Clerico, Barolo Ciabot Mentin Ginestra 1998. Monforte d'Alba. 14,5%. Flor de eucaliptus, fragante, embriagador, flores secas, monte bajo, tomillo y lavanda. Aldo Conterno, Barolo Vigna Cicala 2001. Monforte d'Alba. 14,5%. Tabaco, menta, regaliz, tierra mojada, animal, seriedad y poder. Otro de los grandes de la noche. Azelia, Barolo San Rocco 1999. Serralunga d'Alba. Magnum. 14%. Mineralidad enorme, casi prioratina, rosa marchita, muy envolvente, seductor y profundo. Luigi Pira, Barolo Vigna Rionda 2004. Serralunga d'Alba. 14,5%. Rebotica de farmacia, tabaco rubio de Virginia, profundidad, el sabor más "antiguo", ferruginoso, se mastica. Para muchos años. El "pack" de Serralunga d'Alba fue el que mostró, a mi modo de oler, la mayor homogeneidad en cuanto a identificación de una zona.

Lo dicho: cuesta llegar a la nebbiolo, pero cuando se hace, se convierte ya en compañera de viaje para toda la vida. No tengáis prisa por llegar, pero que no os pierda, tampoco, la pausa: hay que llegar a ella con tiempo y facultades suficientes.

"Los barolos son vinos terribles para catar, grandiosos para comer".

La primera fotografía, "Le Langhe viste dalla Morra" es de fuzzy_10gik. El primer collage, de Serralunga d'Alba, es a partir de fotos de Jan-Tore Egge. El segundo collage, de Castiglione Falletto, es a partir de fotos (superior) de Jan-Tore Egge y (inferior), de fuzzi_10gik. El tercer collage ofrece la foto superior, "Per Le Langhe", de lucaddeu, y la inferior, de nuevo de Castiglione Falletto, de Marco Novelli.