25 de març, 2013

Akilia Wines de Mario Rovira

Desde Lombano Chano villar de Akilia WinesMario Rovira (Akilia Wines) es la fuerza tranquila del Bierzo. Hombre muy bien formado y viajado (en España y en el extranjero), con los pies en el suelo y con ideas claras sobre qué tierras, que características y qué potencial quería para sus vinos, elige el Bierzo porque el Bierzo le elige a él. Muy analítico, meticuloso y estudioso de las peculiaridades de cada zona que pudieran adaptarse a lo que él quería (viñedos en altura; cepas viejas; marcos de plantación como mucho de 1,5 x 1,5 m, es decir, estrechos y con competencia entre las cepas; uvas autóctonas y con grandes complejidades por desarrollar) visita el Bierzo y el Bierzo le elige. Me atrevo a decir que a su pesar. Porque él sabe que aquí ya está pudiendo hacer los vinos que lleva en la cabeza. Pero sabe también que los hace a pesar de muchos de los paisanos “vecinos” suyos, con la incomprensión y, a ratos, el rechazo incluso de quienes están en posiciones de responsabilidad en la DO, que no comprenden sus vinos ni los identifican con el Bierzo que ellos quieren. Estamos con la historia de siempre: que el sol gira alrededor de la tierra, caramba, y quien no esté de acuerdo con eso, pues a la “hoguera”.

Pero nada arredra a Mario, por eso él es la fuerza tranquila. Aposentado en las tierras que ya son suyas (apenas serán, en total, 2,5 Ha), este John Wayne de la mencía y la palomino (sí, claro, palomino en el Bierzo, de toda la vida, como estaba también en Galicia) tiene los suelos frescos que ambicionaba (apenas un poco de pizarra desmoronada y en superficie; cuarcita y a ratos francoarenoso, a ratos francoarcilloso) y anda ya en su regeneración (quemados del todo no estaban, pero recuperar la flora y la vida microbiana no será sencillo); tiene las cepas que quería (viejas, de 60 años, y entre cerezos y almendros: pronto tendrá abejas también) de mencía, de palomino y de doñablanca. Y en dos cosechas (l2011 en el mercado; y 2012 que pude probar con él) se está haciendo un hueco importante, no ya en la DO Bierzo, sino en el panorama vitivinícola español. Este chaval vale mucho y ya sabe ahora que no está solo: nos tiene con él, junto a él y con un buen grupo de gentes inquietas, que cuidan el campo y las cepas con su mismo mimo y hacen vino (cada cual a su manera y con sus uvas) que sabe, ni más ni menos que a vino, a las uvas con las que está hecho y a la tierra donde se ha hecho. Ahí es nada…En su finca Lombano (en los Montes Aquilianos que rodean Ponferrada por el este, sur y oeste, exactamente en las orientaciones de sus viñedos) y mirando hacia el oeste hacia su otra finca, Chano villar (que está orientada, claro, al este: en la foto superior, en primer plano, Lombano; al fondo, bajos las ramas del almendro, Chano villar), probamos su único vino que no lleva nombre del pago (los otros dos, los tintos de mencía son, en efecto, monovarietales de pago: Lombano y Chano villar), el blanco K 2011 y, después, en bodega, el 2012. K 2011, con 75% de palomino y el resto de doñablanca, es un buqué garni de hinojo, tomillo y laurel, astringente y muy largo, aunque su verticalidad y profundidad, su radicalidad, se ven algo reducidas por el hollejo de la doñablanca, que ofrece volumen, redondez, sabores más amables y dulces de pera limonera. K 2012 será, en cambio, un Pur Sang como el de Didier Daguenau (cada cosa con su uva, claro…). Con más palomino todavía (tiene las cepas que tiene y 2012 vino mal con la doñablanca), es un caballo de energía desbocada, concentración, vigor, fuerza, pomelo, tartárico en estado puro, zumo de limón recién exprimido, grado alcohólico contenido, acidez desbordante, amargor, mineralidad contenida. Un vino para un futuro mejor.

Cenamos juntos, después de pasar la tarde en los viñedos (día de luz y sol espléndidos, acompañados por la abundante nieve que había caído sobre los montes dos días antes), con sus mencías Lombano y Chano villar 2011. Ambas fermentan en hormigón sin revestimiento alguno, aunque el primero se afina después en barrica francesa de 225L. La maloláctica la hacen ambos en hormigón, con lo que los aromas de la madera (en el Lombano), que son de la madera, no del vino, apenas se perciben. Cuando las barricas estén en su segundo o tercer vino, la cosa irá todavía mejor. Pero algún día hay que empezar y Mario es de los que prefiere controlar todo: por lo tanto, madera nueva para 2011. Pero ya os digo que no es su estilo: sus vinos son de suave extracción, de capa muy medida, son vinos finos y fragantes, que sólo saben a la fruta vieja de la mencía (lo cual desconcierta a los expertos del lugar…Lo pude comprobar), con aromas de zarzamora, de grosella negra, con aires de la flor de violeta algo marchita ya, muy largos y envolventes, con un tanino pequeño y algo cuadrado, rústico, pero de enorme calidad y pervivencia. Cuando pienso que son sus primeros vinos, estos 2011, me estremezco de placer: lo que nos espera con este hombre… Su estudio profundo y su trabajo con las lías en bodega (con depósitos de acero o de hormigón hechos ex professo para el tipo de trabajo que quiere hacer con ellas). Su manera de abordar la frescura de los vinos a través del análisis minucioso del punto de madurez de las uvas y de su momento óptimo de vendimia (no es literatura, os lo aseguro: este hombre es de los que vendimia después de haber comido mucha uva y haberla observado más), definen, también, a un joven que tiene una madurez y un punto de reflexión sobre qué quiere para sus vinos que se me antoja bastante único. Mario dice lo que piensa y hace lo que dice. Con educación esmerada, aguantando tarascadas y sin levantar la voz para nada. Sus vinos hablan por él. Sus vinos son, también, así. Es joven y seguirá aprendiendo porque es hombre atento y muy observador. Sigámosle con atención y seremos, también, algo mejores. Montes Aquilianos desde Akilia Wines

21 de març, 2013

Historia de dos mujeres

María Alfonso detta VolvoretaAunque la historia de Volvoreta bebe de la tradición de abuelos, es Alfonso (que rondará la cincuentena) quien se propone recuperar aquello que había vivido de niño en su casa de Sanzoles (Zamora): ser feliz con el vino. Diría más, porque ésa es su premisa: hacer felices a los demás con su vino. Antonio Alfonso es el motor. Pero tras conocer y charlar con su hija pequeña, María (27 años, foto superior), tengo claro que la chispa que enciende cada mañana ese motor es ella. Se trata de una pequeña bodega exclusivamente familiar y que trabaja sólo con la uva más característica de la zona, la tinta de Toro. Pero María, que es la que hace el vino y trabaja en el campo, tiene tan claro como su padre que sus vinos tiene que beberse con placer y ser, además, saludables. Su argumentación teórica sobre la acumulación o no de sulfitos bastaría para darles la razón. Pero es que su trabajo empieza en las 13 Ha que trabajan, no en la bodega con la vinificación: respetando las plantas de la zona que le dan, además, al vino aromas característicos (hinojos y tomillo); abonando con los sarmientos de las propias cepas; plantando avena, beza y trigo candeal como una buena manera de oxigenar la tierra, de hidrogenarla y de compactarla sin que tenga que pasar el tractor; manteniendo la capa vegetal todo el año (¡la crema solar de la tierra!); eliminando ya por completo incluso el azufre para el oídio: leche de oveja entera (ni cuajo), y listos. Le funciona: ya no necesita ni infusiones de cola de caballo. Con sus parcelas de tinta de Toro, busca María la expresión de la fruta, no la de la madera (sutil pero gran diferencia con la inmensa mayor parte de vinos que se hacen en la DO, y en las DOs vecinas, que usan también la tempranillo) y por eso a su vino más fragante no le da más de 2/3 meses de barrica usada, lo justo para que se serene antes de salir a la calle.

Se llama el Vino del Buen Amor (por la referencia al vino en el Libro de Buen Amor) y el 2011, que probé con ella, con uvas de viñedos en cascajos, cantos rodados y arcilla, sabía a mora madura, a tomillo, tenía una mineralidad profunda, oscura; y en boca, un tanino pequeño y sobrio, algo rústico pero muy agradable. Cereza, al final, un vino exuberante que invita a aquello que predica su título y el del libro del Arcipreste…Se nota que no filtran, no clarifican, no estabilizan: puro mosto fermentado. Probamos otro vino, quizás más emblemático de la bodega: el Volvoreta Probus 2009. “Volvoreta” significa mariposa en gallego (en Vigo estudió María) y en el fondo, eso es lo que son ellos: espíritus que, como ya escribían los Romanos, vuelan libres como las mariposas (la mariposa era uno de los símbolos del alma en Roma) por los campos de su tierra. Y son probi, claro, porque probus significa “honrado”, haces lo que dices que haces y no engañas. Volvoreta Probus 2009 es un vino más maduro (cómo no, cada añada se refleja fielmente en los vinos, y no hay dos añadas iguales), más hecho, donde la grosella negra, la aceituna madura pesan más y donde el calor de ese año se nota también más.

Aunque ha estado involucrada en varios proyectos (el último, un vino de Cebreros llamado La Fábula, cuya añada 2010 es, todavía y por entero, suya), Beatriz es, ahora mismo, mujer de una sola bodega y de un solo vino: El Barco del Corneta (viñedo en la foto inferior), en el pueblo de sus ancestros, en La Seca. La cuna del verdejo, el pueblo donde se asientan algunos de los mejores viñedos de la DO Rueda alberga, también, la mejor semilla de futuro para esta uva. Se llama Beatriz Herranz y su vino es El Barco del Corneta. La veo como una isla en un océano enorme de perdición, de maneras obtusas de tratar el viñedo, las cepas y de cómo hacer el vino. ¿Cuántos años hace que se ha perdido casi por completo la tipicidad de aromas de esta variedad tan crucial aquí? Ni me acordaba de la última vez que olí de veras (quiero decir gracias a la fruta y a la levadura natural) a verdejo hasta que puse mi nariz en (acabáramos…) la segunda añada, sólo la segunda añada de Bea en La Seca: 2012. Apuntaba en mi libreta “muy varietal, sólo levaduras autóctonas, muy varietal”. ¿Qué quiere decir eso en un verdejo? El frescor del pomelo, la astringencia y cierto amargor de la misma fruta, aires de heno, césped recién cortado, apuntes de pera limonera, mucha fruta blanca y mucho campo. Probé varias barricas del 2012 en el garaje donde hace sus vinos (en efecto, se trata de uno de los pocos y auténticos “vin de garage” de España: si Thunevin lo viera, igual se emocionaba) y todas las maderas (usadas) ofrecían matices a la verdejo, pero la uva, esa fruta y su zumo fermentado sólo con las levaduras del viñedo, con sus lías (aunque no las remueva en las barricas), sin filtrar y clarificando sólo con un mínimo de bentonita, siempre estaba ahí.

Abrimos también una botella de su primera cosecha, Barco del Corneta 2011, y se notaba, ya a primer golpe de nariz, la nobleza de un buen vino blanco que, con los años y la edad de las cepas y de su hacedora, llegará a ser de larga guarda: aromas de ahumados, algo de cereal (kikos), un pelín de reducción que se va con minutos en la copa, y después, mucha flor de tilo, sequedad y astringencia en boca, aromas de la madera del sarmiento en su ceniza. Más terciarios ya que primarios (como en 2012), pero siempre la nobleza de la verdejo vinificada para conseguir, cada año más, cada año mejor, una sola cosa: la máxima expresión de los aromas de esa pulpa y ese hollejo. Las plantas son jóvenes (apenas siete años): me pregunto qué darán cuando empiecen a sentirse cómodas en ese viñedo hermoso, plantado en suave pendiente (barco…) y cuidado con mimo y tesón por ese ángel custodio de Bea, que es su madre Toñi. Cuando me iba, pensaba “una bodega, un vino, unos campos al cuidado exclusivo de mujeres sensibles y apegadas a su tierra: ¡bien!” Aunque el pueblo las mire con recelo y se burle un poco de su manera de hacer las cosas (fui testigo directo de una de esas burdas chanzas), sé que el futuro es suyo. De Bea y de María. De la gente que se aproxima a la cepa y al vino con una sensibilidad como la de estas dos mujeres. Historias de juventud, pasión, tesón y, también, acierto y competencia. Historia de dos mujeres para conocer y para disfrutar.El barco del corneta

17 de març, 2013

Maldivinas

Viñedo Doble Punta de MaldivinasSon Carlos y Guillermo, o Guillermo y Carlos, qué mas da. Son muy distintos el uno del otro pero complementarios a la perfección. Guillermo es economista y viverista, Carlos ingeniero de telecomunicaciones. Ambos están profundamente motivados por este proyecto de su vida, Maldivinas, porque tienen una conexión con su tierra y sus vides muy intensa. Están, como quien dice y en términos de trabajo en los viñedos, empezando (desde 2006 y con vino en el mercado, La movida, desde 2008), pero el progreso de sus resultados es espectacular. He probado sus vinos de 2010, los de 2011 (ya en depósito, reposando y estabilizándose) y los de 2012, y puedo afirmarlo: esta gente está empezando a hacer cosas bonitas y emocionantes, sobre todo con la garnacha de su tierra. He visto los viñedos: desde la llanura, aunque a 800 msnm, de Finca Seroles (única donde la plantación en vaso, de 85 años, ha sido reconducida en alzada a los alambres de la espaldera, sobre un suelo de arena granítica que da frescura a los vinos), de donde saldrá su próximo vino Carnaval (en honor al pueblo de Cebreros, que es donde están sus viñedos), hasta las importantes laderas (algunas en bancales muy antiguos), de donde salen sus vinos de La Movida y el nuevo Doble Punta ("doble punta" porque ellos son como dos puntas de distintos, que no distantes…; y porque esas tierras están pobladas de cristales de cuarzo de doble punta). Este viñedo es especialmente bonito (terruño pizarroso: foto superior), como en un anfiteatro mirando al naciente y al sur y con cepas de 70/80 años de garnacha en vaso que hay que cavar con azadón una a una (no hay otra....) y arar (una sola vez) con caballo. Dejan que la hierba y las plantas aromáticas hagan su trabajo (con los insectos y, por qué no decirlo, con algunos aromas que son bien identificables en sus vinos. Abonan en orgánico.

Podan tarde para que la cepa no reconozca la nueva vida y no arranque su camino explosivo antes de que las heladas de primavera hayan pasado. Siguen las lunas y hacen las cosas con paciencia, cariño y atención. La tierra ya se lo agradece porque es de los viñedos que he visitado que más biodiversidad tenía. Y los vinos irán siguiendo ese camino. 2010 fue casi, para mí, todavía una Prueba de Autores, pero 2011 y 2012 son ya otro cantar. Usan el raspón cuando lo creen necesario (con el Doble Punta al 100%), no clarifican, no filtran y estabilizan sus vinos por frío natural. En el caso del Carnaval 2012 usan la maceración semicarbónica. Es un vino fresco y goloso, pura mineralidad de granito con algo de carbónico integrado, que ha pasado unos meses en barricas viejas (4-5 años) y es fruta roja de frambuesa y fresa silvestre. El Movida (tanto el 2011 como el 2012) es un vino más “prioratino”, con tomillo, sotobosque, hinojo silvestre y grosella negra pero en boca tiene una gran acidez y es largo largo, penetrante. El Movida Laderas tiene más aroma de flores en primavera, más vegetal y fresco (un recuerdo de piel de mandarina en boca), más de jara. Y el Doble Punta 2012 será un vinazo, sin más, muy fresco pero austero, algo rústico, vegetal y astringente, monte bajo, olivos y mucha zarzamora. Exigente con el bebedor pero muy agradecido. Los de Maldivinas llevan una buena vida en el campo y sus vinos (por cierto, hechos en un "vivero" de talentos vínicos enorme: la cooperativa de El Barraco, donde alquilan espacios) lo reflejan cada vez más. Mariquitas en el viñedo Doble Punta de Maldivinas