15 de novembre, 2014

José Aristegui godello 2011 y 2012

Aristegui Godello 2011 y 2012
Hace casi dos años, mi amigo Marc Lecha me habló de José Aristegui. Yo había terminado ya la parte importante de mi viaje por la España vitivinícola que más me interesaba conocer y Marc estaba a medio camino de la suya. Yo iba en coche y él en bicicleta...Me habló de Aristegui, en A Rua (DO Valdeorras), con una mezcla de curiosidad y de llamada de atención. Como diciéndome: no dejes que te pase de largo...Tomé mis notas y en la libreta quedó esa página por escribir. Han tenido que pasar dos cosechas (2013 y 2014) para que José y yo trabáramos contacto a través de la red, charláramos y, gracias a su generosidad, pudiera yo beber con calma sus vinos. Hoy quiero hablar de su godello. Es cierto que esa zona de Galicia (como toda ella, como la vecina del Bierzo y etc) tiene gran variedad de uvas tintas (garnacha tintorera, mencía, gran negro, mourantón, brancellao, arauxa...) y puede que sean éstas las que llamen ahora más la atención. Pero es el godello aquello por lo que es conocida la DO Valdeorras, donce laborea José, y es en el godello donde yo quería intentar conocer, a través de una comparación entre las botellas de 2011 y de 2012, en qué andan los vinos de Aristegui. Por decirlo claro y fácil: si el estilo, la marca, la impronta, el tipo de vino son el mismo en dos añadas distintas como ésas, mal vamos...En mi opinión, por lo menos. Y los vinos son distintos, tienen su carácter y su personalidad diferenciadas. Puedo describirlos a partir de una base común, porque los viñedos y la forma de vinificar son los mismos, pero al mismo tiempo noto claras diferencias entre ambas añadas.

Eso dice ya mucho del respeto que José tiene por la tierra y por preservar en botella las características anuales de su godello. 2012 muestra una mayor concentración y requiere mayor concentración, mientras que 2011 es más ligero y zalamero. 2012 es más intenso, huele a brezo y a musgo, a miel de tomillo y en su evolución a lo largo de las horas y los días, muestra la complejidad de los grandes blancos. 2011 es más ágil y huele a hinojo silvestre y hierbaluisa. Ambos comparten un mismo corazón hecho de buena acidez y de trabajo equilibrado con las lías, de sustancia y de armonía, de textura redonda y solidez, de aromas de pera limonera y de citronela, de manojos de hierbabuena y de la piel de reineta en su punto. A ratos, este godello tiene aires, aromas y hechuras de gran riesling de añada: un vino blanco de calidad y enormes posibilidades de futuro.

José me regaló, además,  el bien más preciado; su historia. Una historia hecha a base de tesón, de abuelos, padres e hijos dedicados a cepas que plantaron los primeros. Viticultura tradicional, que le da la cepa aquello que necesita sólo cuando lo necesita...si se puede y se llega....Viticultura que deviene, por esa escasa pero atenta mano de obra, en viticultura del caos: llego donde puedo y si no llego, una tierra puede quedar sin labrar unos pocos años...Atiendes lo necesario, a veces lo mínimo, y el resto sobrevive. Podar, desbrozar, observar, mantener la cubierta vegetal. La tierra y el cuerpo que acaba bebiendo ese vino, lo agradecen... Cepas viejas, que no conocen ya herbicidas ni pesticidas ni sistémicos. Godello despalillado, enfriado, prensado en vertical y fermentado con las levaduras del viñedo, un poco de roble, un poco de inox y, sobre todo, un trabajo lento y sabio de meses con las lías. Este vino se clarifica, se filtra con sutileza y se sulfita lo imprescindible. José Aristegui está en el camino. Nació en el mundo del vino, se hartó y ha vuelto a él por convicción. Es la mejor manera. Ahora tiene claro su norte: ser capaz de obtener un retorno digno a su trabajo de viticultor y de transmitir la nobleza de aquello que empezaron su abuelo y su padre. José no va a parar en su evolución, en su lento retorno a la pureza y a la autenticidad de las uvas de su tierra. Acabará dándonos ese vino que su abuelo ya bebía y hacía beber en su cantina y por el que la familia era conocida y respetada en la comarca. Habían estudiado poco o nada esos abuelos pero sabían dónde nacía el mejor vino. Por ahí está ya andando José Aristegui y en ese camino nos encontraremos.

09 de novembre, 2014

Ratafía: el corazón del bosque

Llar de foc
La ratafía se puede beber a lo largo de todo el año, por supuesto, pero se me antoja, por aromas y sensaciones que despierta en mí, una bebida de otoño-invierno. La ratafía (imposible acogerse a una definición o a una receta: la de los diccionarios es muy incompleta; y tantas personas o empresas existen que hacen ratafía, tantas recetas hay...) es una bebida que simboliza como pocas (por supuesto, la primera es el vino) la esencia del bosque y del campo mediterráneos. Aguardientes infusionados con hierbas los encontramos en muchas culturas y civilizaciones pero la terca voluntad de quienes hacen ratafía hoy me ha mostrado una realidad que no conocía...Cuando voy por el bosque o por el campo, y no estoy en suelo vitícola, suelo concentrarme en pájaros y árboles. Iolanda Bustos o Andoni Luis Aduriz (en Francia, hay otros grandes nombres dedicados de hace años a eso...), hicieron que me diera cuenta del poder de las flores en la cocina.

Y la gente de la Confraria de la Ratafia, con su generosidad en acogerme y enseñarme los secretos de esta bebida, han hecho que me dé cuenta del poder de las flores y de las cosas del campo y del monte en su alianza con el alcohol. El resultado final suele ser variado y complejo en extremo, pero la culminación, a la que asistí la semana pasada, de la 33 Fiesta y Concurso de la Ratafía, me ha abierto un universo de sabores, un mundo y una cultura del que no era consciente. El mejor momento para cada planta y arbusto, la combinación de sabores para amalgamar un resultado final, la capacidad de transmitir, también, sentimiento y terruño a través de algo que tiene una graduación alcohólica a la que no estoy en absoluto acostumbrado, me han gustado mucho. El conocimiento personal de cada recolector y artesano de la ratafía, que se transite secularmente, tanto de palabra como por escritos, me ha encantado y ha abierto un universo gustativo y, sobre todo, de aromas, que quiero compartir con todos. Mientras olía y bebía las 10 ratafías caseras que habían sido seleccionadas para la gran final de ese 33 Concurso iba anotando:

corteza de naranja infusionada. Canela. Perfume de rosas. Rosas mustias. Azúcar de caña. Coca de pan con azúcar y matalahúva. Frescura de colonia de hierbaluisa. Clavo. Ras el Hanout. Delicadeza y profundidad. Musgo abierto. Naturaleza profunda. Flor de azahar. Alcohol incisivo. Pétalos de rosa secos. Flan. Crema catalana quemada. Anís estrellado. Queimada. Miel de caña. Miel de castaño. Granos de café torrefacto. Cardamomo. Éclair de crema de café. Ceniza de sarmiento. Cigarro habano...

Mil historias te susurra la ratafía cerca de la lumbre, que te invitan a entrar en el corazón de un bosque iluminado por personas, aromas y sabores muy variados. Merece la pena pasear por él con calma y casi en silencio.

02 de novembre, 2014

Terroir al Límit Les Manyes 2011

Les Manyes 2011
Qué mas da la DO o la DOQ: garnachas de altura en los viñedos sobre Escaladei, en las estribaciones ya occidentales de la Serra Major, entre 700 y 800 msnm. Suelos de arcilla roja y cantos rodados, suelos muy viejos del Montsant, los que proceden de lo más profundo del mar. Altura, frescura, temperatura, raíces. No todas las grandes garnachas tienen por qué dar cosas hermosas en las mismas condiciones, cierto, pero éstas de la parte alta de Escaladei tienen algo especial...Masdeu, L'Espectacle, Les Manyes... Como explicaba en las Horas de la Primavera Sara Pérez, la garnacha de esta zona (y, por supuesto, algunas otras como su Escurçons), tienen una "naturaleza expansiva, amable, llena de matices, aérea y poderosa". Les Manyes 2011 es un vino que empieza así: con fruta, mucha fruta, expansiva, aérea, parece que un globo de esa fruta roja y oscura esté elevándose por momentos ante tu paladar. Amplitud y seriedad en boca. Tanino jugoso y rústico a la vez, algo cuadrado. Sin florituras y con empaque. Mirto. Humedad al amanecer en la altura del Priorat. Frescura sin límites.

Al mismo tiempo, profundidad de sabores. Pastel de cerezas. Compota de ciruelas. Pimienta roja. Buqué garni: laurel y tomillo sobre todo. Con las horas, orégano: el monte bajo cercano a los viñedos se hace presente en la copa. Se me antoja un buen fricandó de llata de ternera con llenegas negras. La melosidad de la seta, la delicadeza de la carne, la fruta y la frescura de Les Manyes…Es un vino más ancho que afilado, más amplio que recto, invade con suavidad el paladar en toda su amplitud. Arcilla fresca antes de empezar a amasarla con tus manos de niño. Tinta china azul. Brezo. Con las horas, el tanino se vuelve más oscuro, más serio y rústico. Con los días (sí, lo confieso...a pesar de todo, quise conservar la botella un par de días), el vino se alarga, gana en esbeltez y ligereza, aunque mantiene su seriedad y empaque. Este es un vino para grandes platos de caza: sangre y menudillos, bosque y frío. Invierno y aves de paso. Un arroz de becada me viene de nuevo a la cabeza. O una liebre cómo sea. Este vino me recuerda el placer, antiguo, del trago largo y fresco del Priorat que salía de los pellejos de cuero que llevábamos en las excursiones. Esfuerzo. Trabajo. Placer de otros tiempos. Vino de siempre. Mediterráneo en estado puro… Felicidad del banquete homérico tras la larga y dura travesía.

Mares y océanos de dos continentes, en apariencia ajenos y lejanos, se reúnen en este vino. Bajo la majestad del Montsant y con la serenidad del monte Fuji. La intensidad, la belleza, la frescura escondida de las calas bajo los pinos del Mediterráneo que, por azares de la historia no escrita, se han convertido en monte alto, se reúnen con la fragancia, serenidad y, también, belleza e intensidad del jardín de cerezos en flor. Así veo y bebo Les Manyes 2011 ahora mismo. Así lo siento.