06 de desembre, 2014

Andorra y sus vinos

Viñedo de Casa Beal Andorra en otoño 2
El II Encuentro de Microproductores de vino en Andorra me ha ofrecido algunas oportunidades preciosas: conocer a mucha gente interesante de la que había oído hablar pero con la que no había coincidido; recuperar viejas amistades y renovar amistades recientes; descubrir bodegas y gentes nuevas para mí en el mundo del vino; y, de hecho, la más importante y que me llevaba al país pirenaico: hacer un repaso exhaustivo de las bodegas y los vinos de Andorra. Por primera vez para mí, poder entrar en contacto con quienes están liderando la apertura agrícola de Andorra ha sido valioso. El encuentro tiene una gracia especial, además de por el lugar en que se hace (Sant Julià de Lòria): es multivarietal (si me permitís), diverso, polifacético. Es una muy buena idea que merece prosperar y conocer nuevas ediciones. Te permite asistir a debates (las mesas mal llamadas redondas) con protagonistas que están a pie de cepa: sobre el concepto de microproducción y el valor real de las uvas casi siempre mal llamadas autóctonas; sobre la biodinámica, etc. Te permite probar vinos de más de 50 bodegas (en esta ocasión, andorranos, españoles y franceses) y te permite, en fin, conocer el territorio, pisar viñedos y probar los vinos en las bodegas de quienes los hacen en el lugar en que los hacen.
Viñedo de Celler Mas Berenguer Andorra en otoño
Sobre los vinos de fuera de Andorra, diré poco. No era ése mi objetivo en esta ocasión y probé bien poco. El que más me gustó de lo bebido, de largo fue el Barco del Corneta, el verdejo de Bea Herranz del paraje Cantarranas (La Seca): en 2013 Bea alcanza una comprensión profunda de la relación entre tierra, uva, mosto, vino y madera y ofrece su primer clásico. Impresionante la riqueza, texturas, finura e intensidad de este vino. El que más me sorprendió, pero del que poco puedo decir (apenas conozco al, me atrevo a llamarle así, personaje Gaby Ameztoy), es el V/S 01 (Vinos Subterráneos 2012), un rioja de San Vicente de la Sonsierra (con uvas de Elciego), de tempranillo, graciano y viura en MC que ya da que hablar y que, en el futuro, puede que diga todavía mucho más: en cuanto manejen sus propios viñedos sabremos en verdad de qué va la cosa.

Sobre los vinos de Andorra diré más. Me atrae mucho el hilo conductor que parece unir a todos los bodegueros, que no es, como malpensaba yo, el del cambio climático y el de la necesidad de subir metros en una latitud adecuada para combatir la subida de temperaturas, la escasa lluvia y la desertización. Las cuatro bodegas que trabajan en Andorra son propiedad de andorranos y suya es la ideología fundamental que les une: vamos a volver a nuestros orígenes; vamos a dar un paseo por nuestras raíces; vamos a redescubrir valles que, hace muchos años, tenían ya viñedos;  vamos a darle a estos valles y montes puros, una agricultura que sea muy respetuosa con el medio ambiente y que contribuya a la riqueza, también paisajística, del país (desde el viñedo: qué bonito...no hay más que ver las pocos fotos que hice para darse cuenta del potencial de esta idea-tractor); vamos a romper el discurso monolítico en Andorra de turismo de montaña y de esquí y vamos a hablar, también, de enoturismo vinculado a la gastronomía del país (de una riqueza desbordante); vamos, en fin, a romper los monocultivos dominantes (de patata y de tabaco) y vamos a reintroducir el elemento diferencial que nos devuelva el policultivo y la riqueza medioambiental a los valles: la cepa (con sus abejas).
Viñedo de Casa Beal Andorra en otoño
Hay que dejarlo claro: el renacimiento del vino en Andorra no es, pues, un efecto (positivo) del cambio climático: trabajar estas tierras, convivir con el clima de la zona, acertar con las variedades que mejor se van a adaptar a la geología variante, es tarea hercúlea y nada sencilla. La primera bodega contemporánea, Casa Beal, justo empieza a estudiar su implantación en 1987. Todo es muy reciente y hay que tener paciencia con los resultados: la viticultura es una cosa de sosiego, de tranquilidad, de observación pausada y de mucho ensayo-error/ensayo-acierto cuando estás reconstruyendo una tradición de la que apenas quedan vestigios. Las variedades pirenaicas no se han recuperado todavía (entiendo por locales las que servían para producir hace más de 100 años) y las bodegas y sus asesores han mirado muy intensamente (quizá demasiado y no siempre en la correcta dirección...) hacia las montañas del Alto Adige (gewürztraminer: los monovarietales de Casa Beal con esta uva, sobre todo el vino de hielo, me parecen de lo más destacado del panorama, y serán grandes vinos en el momento en que el concepto de trabajo en el viñedo se traslade a la bodega) de Suiza (cornalin, chasselas...) y de los Alpes (mondeuse) y cercanas al Ródano medio y superior (syrah, chardonnay, pinot gris y pinot noir). Por supuesto, hay otras variedades (albariño, viognier...) pero dominan las que proceden de tierras con condiciones climáticas parecidas a Andorra.

Por lo demás, me quedó claro el trabajo de estudio concienzudo que todos han hecho con el clima de cada zona (fundamentalmente en los dos márgenes del río, en la latitud de Sant Julià de Lòria, que es, más o menos, donde están las cuatro bodegas) y con los suelos. Pero me quedó menos claro que todo el mundo sea consciente de dónde procede la madera que han plantado en sus viñedos. Por decirlo fácil: me da que todo el pinot noir que está plantado en Andorra procede de clones borgoñones de origen, cuando creo que los clones que, desde hace muchos años, dan extraordinarios vinos en Roquetaillade (Aude, al otro lado de las montañas...un poco más al este) darían un juego mayor (aunque, hace muchos años, procedieran también de la Borgoña...). Lo mismo pienso para los chardonnay bebidos (de nuevo con los viñedos de las Corbières en la cabeza), con la excepción del GC BdB 902DC 2012 de Celler Mas Berenguer, que me pareció un extraordinario espumoso méthode champenoise, complejo y rico, con una boca espéndida y aromas de musgo, líquenes, hinojo, brioche, miel de castaño... Del Celler Casa Auvinyà (con una historia humana detràs para no olvidar) me atrajo poderosamente la fragancia y viveza de su Imagine 2013, un blanco seco con albariño, pinot gris y dominante viognier (pomelo, mango, peras limoneras) y el futuro que se intuye a su monovarietal de syrah, el Evolució 2012. De Borda Sabaté 1944 creo que el Escol 2013 (riesling) es el que mayores alegrías les va a dar, sobre todo si lo vinifican con uno de los tres caminos que, intuyo, mayor proyección pueden tener en el Principado: en forma de burbujas.

La última comida la tuvimos en un lugar muy a tener en cuenta: Cal Bou, en Fontaneda. Con una cocina muy sencilla pero cuidada, productos de la tierra, máxima sensibilidad y sabores, Albert Casal ha dado con la propuesta ideal: la gastronomía de la zona (buñuelos de verdura, croquetas de carn d'olla, extraordinario arroz de montaña...), con los vinos de Andorra (el arroz con el Evolució 2012 syrah de Casa Auvinyà estuvo a gran nivel) en un lugar único y espectacular. Como dirían aquellos..."ça mérite un détour..."

Me fui contento: vi proyectos y caras nuevas en una tierra de promisión, pura y de gran belleza. Vi ideas y muchas ganas. Vi ilusión y competencia. Vi respeto y energía por darle a Andorra, con calidad y exigencia, sin prisas y con tenacidad, una nueva cara a su versatilidad: las cepas. Los viñedos y los vinos de Andorra están llegando, nos están dando ya alguna espléndida realidad y nos van a dar mayores alegrías en el futuro. Voy a estar atento.

Las fotos primera y tercera son de viñedos de Casa Beal, en Nagol (Sant Julià). La central corresponde al viñedo BdB de Casa Berenguer, en Fontaneda (Sant Julià).

25 de novembre, 2014

El microscopi 2013

El Microscopi 2013 de Irene Alemay, un vino solidario para luchar contra el cáncer de mama
Ando pensando en los pececillos de David Foster Wallace. Acaba de publicarse su único discurso académico (Esto es agua, Random House), seis años después de su suicidio. En él se pueden leer algunas cosas inspiradoras, una de las cuales enlaza, vía corazón y vísceras, con lo que Irene Alemany busca con su El Microscopio 2013. Dijo Foster Wallace (p.126): "el tipo realmente importante de libertad implica atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día".

Irene Alemany (Alemany&Corrio) superó un cáncer de mama gracias al trabajo y a la investigación que se desarrollan y aplican en el Institut Universitari de la Vall d'Hebrón y en el Institut Oncològic Basselga. Y quiso mostrarse agradecida. Desarrollando un concepto que me encanta: ser solidario no significa dar algo sólo si te sobra. Ser solidario significa compartir todo lo que tienes. Ser solidario, añadiría, implica preocuparse de verdad (en los detalles de cada día) por los demás. Ser solidario, en el caso de Irene, significa hacer un vino, El Microscopi 2013, de merlot, cariñena y cabernet sauvignon (agricultura sostenible, levaduras de los viñedos, sin filtrar) y ponerlo a la venta por 8€ (gracias a la ayuda de Vila Viniteca, donde se puede comprar). El 100% de las ventas de este vino irán a la compra de un microscopio que los del Vall d'Hebrón necesitan.

Vamos a decidir cómo queremos ver las cosas, ¿no?, pedía Foster Wallace. La de Irene es una manera hermosa de verlas. Y la comparto. Yo voy a comprar el vino y creo que no hace ni falta que hable de él. Me sabrá a gloria. 

19 de novembre, 2014

Josep Ll. Pérez: las horas del otoño


Con las Hores de la tardor (del otoño), se completa el ciclo de las estaciones en Cal Compte. La uva reposa ya en las bodegas y las texturas del rojo y del ocre ocupan tierras y espíritus. Es el momento de combinar alegrías y decepciones, energía y reposo, efervescencia y bondad. Lenta pero tercamente tierra, cepas y personas adaptamos nuestro ritmo  a una luz menos intensa y a una temperatura más baja, que invitan al reposo. Es el momento, también, de la reflexión que lleva a la renovación constante. Nadie como Josep Lluis Pérez y Montse Ovejero para compartir, con los afortunados que pudimos estar con ellos, estas horas de otoño. Nadie como ellos para mostrarnos, con el pretexto (si así se le puede llamar porque es mucho más que eso) de los nuevos vinos naturales que han hecho en 2012 y 2013, su camino de experiencia, su manera de aprender, de comprender que para vivir hay que reflexionar y prosperar, hay que observar y escuchar, hay que comprender, proponer y avanzar. La renovación, la idea de que nada muere sino que todo se transforma, está en la base de su trabajo en el campo como lo estaba en la de nuestros antepasados, que centraban su vida en una discreta relación con la naturaleza y en la comprensión de lo que sucedía en ella a lo largo de las estaciones del año.

Los cuatro elementos fundacionales de cualquier civilización (aire, agua, fuego y tierra. Añadiría la luz, sin la que nada puede existir) servían para que un grupo de arriesgados se estableciera en un nuevo lugar, servían para crecer y para alimentarse de lo que la tierra quisiera ofrecer a través del cultivo. Existía un pacto entre dioses y hombres. Gracias a él, quien se establece por primera vez en una tierra, la habita en paz; por él, se obtiene la necesaria protección a cambio de ofrendas con las cosechas; y gracias a él, realizando con respeto y cuidado estas acciones, no sólo se cultiva la tierra para poder comer. El cultivo proporciona, también, alimento para el espíritu. De aquí procede la palabra "cultura". El alimento físico que proporcionan los elementos seminales de una civilización se convierte, a través del culto a las cuatro estaciones, en alimento espiritual, en camino que los hombres tienen que recorrer para superar la muerte física que saben que ha de llegar. La transformación de las uvas en mosto y del mosto en vino gracias a la metamorfosis de las levaduras te devuelve la tierra, el paisaje, el clima del año y la mano del hombre en una copa y es el símbolo que utilizaron nuestros antepasados para formular su deseo de inmortalidad.
Sortida de sol sobre el Priorat BY Rafael López-Monné
El invierno (cuanto más frío y duro, mejor) garantiza el reposo que anuncia una mejor cosecha. Todo parece muerto, pero no es así, todo reposa para renacer en forma de primavera. Las flores, la luz cada vez más intensa, el calor llaman a la naturaleza al renacimiento anual. La semilla crece, algunas se convierten en frutos que serán recogidos en verano o en otoño. Las que nuestros antepasados identificaron más intensamente con su relación con la tierra y con su deseo de pervivencia se recogen a finales de verano y en otoño. Las uvas. Baco preside, Baco es la simiente que todo lo puede, fertiliza y se convierte en fruta. Baco es la levadura que convierte al mosto en vino para decirnos: nada muere, todo se consume y transforma. Nada muere, todo renace.

Séneca lo explica tan bien como toda la iconografía de las cuatro estaciones vinculada a la muerte en la Antigüedad, que repasamos en Cal Compte.  Ad Lucil. 36, 9-12,  "La muerte no representa incomodidad alguna....Porque si tanto deseo tienes de prolongar tu vida, piensa que todas las cosas que desaparecen de tu vista y vuelven a la naturaleza de su ser, de la que salieron y a la que retornan, se reciclan: dejan de ser pero no mueren, y la muerte, que tememos más que nada y a la que rechazamos, interrumpe la vida pero no la quita. Fíjate cómo el mundo está formado por elementos cíclicos: verás cómo en él nada se extingue sino que desciende y asciende alternativamente. El verano marchará, pero el año siguiente nos traerá otro; el invierno ha muerto, pero los meses correspondientes nos traerán otro..."
Homo Vitruuianus
Josep Lluís Pérez es un hombre vitruviano en el siglo XXI. Él representa la medida de todas las cosas y de su observación atenta de la naturaleza y del trabajo con su fruto más emblemático, la uva, nace una visión y una reflexión que los demás vemos gracias a él. Vitruvio, en su libro III del tratado de arquitectura, decribe en qué consisten la proporción, la belleza, el equilibrio y la armonía de un templo. Lo hace, pero tuvimos que esperar a Leonardo da Vinci para comprender de verdad, gracias a ese Homo Vitruuianus de 1490, que lo que Vitruvio nos explicaba era algo tan sencillo como “el hombre es la medida de todas las cosas”. Se trata de que el hombre (algunos hombres...), con sus decisiones sobre las cosas que ve, con su actitud, con su reflexión sobre ellas, interpreta y ofrece una perspectiva renovada de las mismas. Josep Lluís Pérez y Montse Ovejero, en el mejor momento de sus vidas, recogen no sólo el fruto de sus viñedos sino, sobre todo, el fruto de su aprendizaje con un “nuevo” tipo de vinos…Diez años de observación y de trabajo, diez años que les permiten llegar a la conclusión de que trabajar la naturaleza no es intervenir en ella. Es observar y entenderla. Es actuar lo menos posible y cuando la acción se hace necesaria, es aplicarla de la forma menos intervencionista posible. Ellos hablan de agricultura regenerativa, otros usarán otras palabras...Se trata de que los viñedos reciban los ingredientes que la propia naturaleza proporciona para curar sus enfermedades, sólo si las hay. Se trata de que aquello que la propia naturaleza produce, consume y degrada (vegetación espontánea, cubiertas vegetales...) no se mueva de ella y dé su retorno en el mismo sitio en el que ha nacido. Se llama humus...Lo más importante sucede bajo tierra. Se trata de que actuemos lo menos posible porque hemos entendido lo más posible.

De ese trabajo fundamental en el viñedo y de un proceso tan complejo como lógico en la bodega (parten de la menor inversión en dinero y de la máxima invención posibles: de ahí que vea a Josep Lluís como a uno de nuestros leonardos contemporáneos) nacen vinos extraordinarios y, en apariencia, inverosímiles: el trabajo de la química ajena es radicalmente sustituido por el de la física del movimiento de las partículas (la enología de la cinética, me atrevería a llamarla). Nacen vinos por completo naturales que harían palidecer a los portaestandartes de las catas con analítica en la mesa. Nacen vinos que expresan como pocos las características de la añada, de las uvas en su combinación (garnacha, cariñena y syrah), de la tierra y del vigor de las cepas. Y que hablan como pocos de las personas que los hacen. 22 afortunados pudimos beber esa síntesis en sus añadas 2012 y 2013, tanto hechos en volúmenes grandes de madera o de inox como en barricas de 225L. Soy consciente de que me dejo en el tintero la mayor parte de detalles técnicos (Josep Lluís mismo los explica constantemente y me consta que piensa publicarlos en breve) pero hoy no son lo más importante. Lo que es importante (por lo menos, creo, para los que no pudieron estar en esa sesión) es que sea capaz de transmitir el valor que tienen este trabajo y estos vinos. Que sea capaz de deciros que nunca, como en esta ocasión, había sentido cómo puede llegar a cambiar el equilibrio de sabores un ensamblaje u otro de variedades de uva: en estas condiciones de máxima expresión de la fruta y nula intervención química en la bodega, la cariñena potencia los sabores de la syrah de forma increíble...y la combinación de garnacha, cariñena y algo de syrah transmite como pocas el sabor de las tierras de Mas Martinet. Que sea capaz de contaros que nunca como en esta ocasión había sido capaz de notar y describir el alma de un vino en su añada: sin la menor duda, los vinos que bebimos del 2013, con garnacha, cariñena y syrah, eran báquicos. Fijaos en la pompa triunfal del hijo de Zeus en la penúltima foto del post: eran vinos llenos de energía, de insultante alegría, de voluminosa y explosiva fruta, de abigarrada composición, llenos de música y de triunfo. Llega la tierra y nos anuncia, con el fruto de su fermentación más espontánea, que podemos llevárnosla al corazón con una copa. Rojo de Príapo, morado de Sileno. En cambio, los que nacieron de la cosecha de 2012, con garnacha y syrah, eran rotundamente apolíneos: ved la estatua de Apolo, llena de majestuosa serenidad, de clásica belleza, de equilibrio constante, sin perturbación alguna. Vinos rectos, serios, casi azules. Así fueron las añadas. Así supieron transmitirlas Josep Lluís y Montse. Así se mostraron esa noche los vinos.
Apollo of Belvedere by Dennis Jarvis
Todo esto vivimos en las Horas de otoño de Cal Compte. Todo esto aprendimos. Todo esto sabemos ahora: estamos en constante observación de la naturaleza y de nosotros mismos dentro de ella. Nada muere, todo se renueva y de la observación, aprendizaje y progreso que generan nuestro conocimiento, vivimos para no morir. De la íntima necesidad de compartir cuanto aprendemos y sabemos nace, en verdad, nuestra superación de la mortalidad. Hacerlo en la naturaleza del Priorat, entenderlo con los elementos clave que la Antigüedad nos legó, beberlo y asimilarlo en nuestros cuerpos y almas gracias a los vinos que hacen ahora Josep Lluís Pérez y Montse Ovejero en Mas Martinet, fue la mejor manera de completar un ciclo de cuatro estaciones que, no puede ser de otra forma, renacerá con otra apariencia. ¿Muere un ciclo? No: nace uno nuevo. Esperemos con expectación y alegría: a ver dónde nos lleva.
Thyasos báquico con 4 estaciones
La foto del Apolo del Belvedere es de Dennis Jarvis.
Josep Lluís Pérez i jo contents