13 de juny, 2015

Charla en Ciudad Real (6)

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De todas las estaciones, aquella que más se relaciona en el mundo antiguo con la muerte, aquella que mejor sirve para honrar el recuerdo de los muertos, es el otoño. El otoño siempre es representado por unos jóvenes sin edad que vendimian, que llevan la uva al lagar, que la pisan y que producen el mosto que pasa a las tinajas para convertirse en vino. En el mundo anterior al Cristianismo es así. En el mundo cristiano, también. El símbolo de la transformación de un ser vivo en algo distinto no es la harina que se convierte en pan. No es el agua con cereales que se convierte en cerveza. No es la leche que se convierte en queso. Es la uva que se convierte en mosto que se convierte, gracias a una fermentación espontánea, en vino. Y no tiene que ver con esta o aquella creencia o con una escuela filosófica u otra: forma parte de las más íntimas creencias del hombre antiguo, es transversal a todas ellas y se formula allí donde más se necesita, allí donde la vida y la muerte se confunden y cruzan. En la transformación de un ser vivo en algo nuevo y distinto, no muerto.
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11 de juny, 2015

Charla en Ciudad Real (5)

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En la Antigüedad, cuando un grupo de personas llegaba a una tierra nueva y quería instalarse en ella, buscaba una alianza con los elementos esenciales: con la luz y el aire; con el agua; con el fuego y la tierra. Cuando alguien llegaba  a esa tierra nueva, tenía que vivir de ella y de su cultivo. Pactaba con los dioses: dadme protección y, a cambio, os ofrezco mi trabajo y algún producto emblemático de mi cosecha. Si cultivabas la tierra, si ella te daba los frutos que cada estación podía darte, si lo hacías con el espíritu adecuado y tu trabajo lo ofrecías a los dioses, llenabas de sentido y de contenido la palabra "cultura" que, en latín, significa precisamente eso: habitar una tierra, cultivarla y honrar a los dioses que la protegen (a tus dioses, a los que tú elijas...). Como consecuencia, te cultivas a ti mismo mientras haces lo anterior.
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09 de juny, 2015

Charla en Ciudad Real (4)

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Pero hay otra imagen más poderosa todavía en Roma (sobre todo) que habla de las cuatro estaciones. Es la que simboliza cada una de ellas en un personaje distinto, vestido de manera particular e identificado sólo con el fruto más característico de esa estación: el invierno es un abrigado cazador con su presa; la primavera es un niño con una cesta de flores; el verano es un segador con sus mieses; el otoño es un vendimiador  con la uva. Dediqué unos años a estudiar dónde y cómo esta manifestación de las cuatro estaciones se producía en la cultura romana: textos, mosaicos, pinturas, frescos, arquitectura. Y llegué a la conclusión de que el ámbito de la vida en que esta poderosa y abundante iconografía podía verse mejor era, qué paradoja, el de la muerte... Inscripciones funerarias, textos filosóficos que hablan de la muerte, frescos conservados en tumbas y, por supuesto, sarcófagos como el que veis en la fotografía. Llamaba especialmente la atención que aquellos sarcófagos en que más aparecían las cuatro estaciones eran los dedicados a niños.