Pezas da Portela de Valdesil es la selección de once fincas que la familia Prada Gayoso cultiva en Portela (Vilamartín de Valdeorras, DO Valdeorras). Al NO de Valdeorras, sobre suelos de pizarra desmoronada, crece este godello (clon originario de Pedrouzos) en cepas de más de cincuenta años (promedio) y a más de 500 metros de altitud. Cada peza (finca) ha sido vendimiada y vinificada por separado, se ha hecho una breve maceración pelicular, un prensado manual en vertical y una fermentación del mosto en madera de roble francés (en barricas de 500, 350 l y en un tino de 2000 l), también por separado. La homogeneización se ha hecho en barrica durante seis meses y después, el vino (sin maloláctica) ha reposado en depósito de acero durante otros seis meses. La ficha técnica de la bodega no lo indica (tienen colgada la de 2008) pero algún trabajo de lías finas se nota en el vino: muestra un tacto glicérico en paladar muy agradable.
Es un vino que tiene una gran acidez, tanto en nariz (manzana ácida en combinación con el sabor peculiar de las lías, digamos la parte más madura de esa manzana...) como en boca (pera limonera). Tiene una gran estructura, cuerpo y cierta densidad: envejecerá bien durante unos cuantos años. Servido a unos 12ºC, sus 14% de alcohol apenas se notan y cuando gana un poco de temperatura, se llena la copa de los aromas y sabores del campo húmedo y del pasto en otoño, sombra por la tarde junto al hórreo. La botella no es barata (sale por unos 20€), pero sin duda es uno de los godellos que merece la pena ser conocido y bebido. Si es guardado un par de años, la botella ganará no poco, pero ahora mismo ofrece ya buenos ratos de placer. Con la pasta rellena de calabaza de la foto inferior, acompañada de un sencillo sofrito de cebolla tierna, hierbas del campo, pimienta negra y rebozuelos fresquísimos, el vino estuvo superior. Seguro que aguanta también segundos platos de buena entidad: pienso en los pescados grasos que ahora el Mediterráneo nos ofrece, salvajes (lubina, dorada) pero también perdices y codornices.
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30 d’octubre, 2011
27 d’octubre, 2011
El Obrero en La Boca
El Bodegón Obrero (restaurant-Parrilla) de Castro Hermanos (Marcelino y Francisco) está abierto en la República Independiente de La Boca desde 1954. La Argentina hecha a base de emigraciones se reivindica de nuevo en este espacio. Es difícil, por lo menos para mí (los que sepan de veras ya me corregirán, por supuesto), encontrar un lugar tan porteño donde comer. Y resulta que lo fundó un asturiano (campea la cruz del Principado por todas partes en el local) y prosigue con la labor su hijo, ya nacido en el barrio. El local se encuentra en Agustín R. Caffarena 64, bastante lejos de Caminito y en una de las zonas más deprimidas del barrio, muy cerca del brazo de mar muerto que contamina la zona, de los silos areneros y de la autopista a La Plata. La parada del colectivo deja algo lejos y casi recomendaría el taxi para acercarse. No sé si estaba hipersensible, pero yo no lo pasé del todo bien en mi "paseo" hasta El Obrero.
Una vez dentro, el relajo se adueña de uno. O lo contrario: porque no hay que negar que es un local con una vida tremenda, con nervio, con movimiento constante de mesas, comensales y camareros. Había muchos porteños y algunos extranjeros. Seguro que sale en no pocas guías. En cualquier caso, es de aquellos lugares que uno no se puede perder si quiere conocer el sabor de lo auténticamente porteño, tanto en ambiente como en comida. Tuve la suerte de que me atendió el dueño, el hijo del fundador (su padre había muerto hacía apenas tres meses). En cuanto abrí la boca, tuvo claro que era español y me atendió como si fuera cliente de toda la vida, aunque sin besos: los argentinos varones suelen darse un solo beso en la mejilla, tanto de bienvenida como de despedida. A tanto no llegamos...
Me eché a lo más sencillo: una ensalada de radicheta con ajo, un bife de chorizo y un pavé de vainilla. No hay vinos por copas que uno pueda tomar y el dueño me recomendó una de las botellas (la que él consideraba mejor) que tenían de 0,375L: Châteux Vieux 2003 de Bodegas López. Ahí me pilló, claro, porque yo iba con el chip de lo argentino y las uvas de ese vino resultaron ser las tres portaestandarte francesas "recientes": cabernet sauvignon, merlot y pinot noir. Tampoc me voy a poner puritas: las grandes variedades argentinas son, también, o francesas o italianas o españolas (malbec, tannat, bonarda, torrontés). El vino, siendo del 2003, tenía una bonita evolución (como si hubieran pasado el doble de años por su cuerpo), pero estaba bien rico, con bonito color teja claro y aires terciarios de café, cuero muy leve y vainilla. Acompañó a la perfección al bife (delicioso, en su punto y de carne bien reposada) y no le hizo ascos al pavé. Lo mejor, con todo, de El Obrero: esa combinación única (por lo menos de lo que yo conozco en Buenos Aires) de ambiente, personas y comida. El dominio de sala (con campechanía, buen humor y trabajando como el que más) que mostró Castro hijo fue la guinda de una estancia muy entretenida.
Una vez dentro, el relajo se adueña de uno. O lo contrario: porque no hay que negar que es un local con una vida tremenda, con nervio, con movimiento constante de mesas, comensales y camareros. Había muchos porteños y algunos extranjeros. Seguro que sale en no pocas guías. En cualquier caso, es de aquellos lugares que uno no se puede perder si quiere conocer el sabor de lo auténticamente porteño, tanto en ambiente como en comida. Tuve la suerte de que me atendió el dueño, el hijo del fundador (su padre había muerto hacía apenas tres meses). En cuanto abrí la boca, tuvo claro que era español y me atendió como si fuera cliente de toda la vida, aunque sin besos: los argentinos varones suelen darse un solo beso en la mejilla, tanto de bienvenida como de despedida. A tanto no llegamos...
Me eché a lo más sencillo: una ensalada de radicheta con ajo, un bife de chorizo y un pavé de vainilla. No hay vinos por copas que uno pueda tomar y el dueño me recomendó una de las botellas (la que él consideraba mejor) que tenían de 0,375L: Châteux Vieux 2003 de Bodegas López. Ahí me pilló, claro, porque yo iba con el chip de lo argentino y las uvas de ese vino resultaron ser las tres portaestandarte francesas "recientes": cabernet sauvignon, merlot y pinot noir. Tampoc me voy a poner puritas: las grandes variedades argentinas son, también, o francesas o italianas o españolas (malbec, tannat, bonarda, torrontés). El vino, siendo del 2003, tenía una bonita evolución (como si hubieran pasado el doble de años por su cuerpo), pero estaba bien rico, con bonito color teja claro y aires terciarios de café, cuero muy leve y vainilla. Acompañó a la perfección al bife (delicioso, en su punto y de carne bien reposada) y no le hizo ascos al pavé. Lo mejor, con todo, de El Obrero: esa combinación única (por lo menos de lo que yo conozco en Buenos Aires) de ambiente, personas y comida. El dominio de sala (con campechanía, buen humor y trabajando como el que más) que mostró Castro hijo fue la guinda de una estancia muy entretenida.
23 d’octubre, 2011
El Cuartito en San Nicolás
La pizza en Buenos Aires es un asunto casi más serio que las parrillas. Hay quien sostiene, incluso, que hay más de las primeras que de las segundas. Y encontraréis no pocas guías que dedican páginas y páginas a sus productos, a su historia, la última la de Pietro Sorba. Uno, que ha estado en la fuente del asunto (Italia, por supuesto, y la imposible discusión sobre qué tipo de pizza es mejor y dónde hay que tomarla), piensa sobre todo en el café. Mi vida en Roma me dejó (a mí y a tantos...) esta pregunta atroz: ¿La Tazza d'Oro o Sant'Eustachio? Anímense Ustedes a dar razones, opiniones y su posición en el asunto porque el asunto es de importancia capital. En Buenos Aires, me contaron mis amigos, la pregunta es más o menos parecida, por lo menos entre los que llevan muchos años comiendo pizza en la capital federal: ¿Güerrín o El Cuartito? Alguien añadiría quizás Banchero, pero a mí se me formuló la cuestión tal y como la reproduzco. Y mi respuesta, tras una primera estancia en ambas, aquí está: sin duda (no se puede dudar en las cosas importantes) El Cuartito. Está en Talcahuano 937 y tienen la buena pizza, las empanadas y los postres caseros de lo más afamado de la ciudad...¡desde 1934! El local rezuma pasión; como siempre el horror uacui de los argentinos se manifiesta en las paredes y en las mesas (llenas a rebosar); las barras no son menos y las cajas de delivery echan humo. El secreto está en la masa: no tiene nada que ver con la pizza a la napolitana o a la piedra (en Argentina la más fina y crujiente) y está a medio camino entre la del norte de Italia y la de Chicago. Una masa esponjosa y de cierta altura, con la base crujiente y (la otra característica) mucha mucha muzarella. De veras me encantó la de jamón, la de anchoas, la vegetariana y aquello que es el clímax de cualquier comilona allí: usar la base de una pizza para comer, encima, la faína (una "pizza" delgadísima, hecha con harina de garbanzo, de trigo, agua, aceite, sal y pimienta). Aquí la comida se suele acompañar con cerveza (los que beben "vino" le echan cubitos de hielo...), Quilmes de litro para compartir. Me sentí muy cómodo en el Cuartito, comí de maravilla y, vamos, me pareció (invitaron unos amigos...) que los precios eran muy razonables. Una dirección para no perderse en Buenos Aires.
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