30 de gener, 2013

Volverá el vino


D.O. Rías Baixas - "Un año de Vino" de Verve Creative Group en Vimeo.

Habla desde la DO Rías Baixas, pero el video que me manda Santiago Romero (de Verve Creative Group) sirve para cualquier tierra donde las cepas se trabajen a lo largo del año y ofrezcan su fruto al final, el fruto se haga mosto y el mosto vino. Es una historia que no se ha interrumpido desde que la uitis siluestris  se convirtió en uinifera. Desde el Mar Negro, desde Georgia y Homero en su Ilíada hasta el día de hoy. Con o sin metáforas y citas, copas llenas y fiesta para celebrar la vendimia y el trabajo de un año y de cuatro estaciones que se suceden las unas a las otras desde la noche de los tiempos. Refinada soberbia es la del que se abstiene de obrar por no ser criticado. Prefiero beber y actuar. Vean el video y disfruten, si es posible con una buena copa de albariño en las manos. Ayer por la tarde, fui a merendar a Monvínic y tuve la alegría de encontrar el Cos Pes 2010 de mi amigo Rodri Méndez (Forjas do Salnés)  por copas. Con ese sabor impresionante en el paladar (qué vinazo), he visto este "Año de vino". Merece la pena. 

29 de gener, 2013

Por qué bebo vino

Faisana Sainte-Alliance
En tu vida como enófilo, hay momentos en que puede suceder: "no por ello dejamos de sentir y experimentar que somos eternos. Pues tan percepción del alma es la de las cosas que concibe por el entendimiento como la de las cosas que tiene en la memoria...los ojos del alma, con los que ve y observa las cosas, son las demostraciones mismas. Y así, aunque no nos acordemos de haber existido antes del cuerpo, percibimos, sin embargo, que nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna, y que esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración" (Spinoza, Ética, parte quinta, proposición XXIII). La forma en que bebemos y aprendemos es a base de martillazos sentimentales. Pocas cosas quedan, pero las que lo hacen, atraviesan los ojos físicos y su sonido llega a las orejas, más que a los ojos, del alma. Son los que escuchaba Spinoza cuando formulaba (geometría es) la inmortalidad. Son los que sentí yo, el pasado viernes por la noche en Monvínic, en una cata vertical de Viña Real de CVNE (2005 1996 1991 1987 1981 1978 1962 1952 1951 1949 Corona blanco semidulce de 1939), la taumaturgia de la cual propiciaron Luis Gutiérrez (PNG) y Victor Urrutia (CEO de CVNE). Pla me mataría si leyera esto.

No tomé fotos serias (pido disculpas porque las que muestro son de pobre calidad, tomadas con los ojos de un gato...) porque quería una cata y una cena zen: concentración absoluta en la bebida y en la comida. No quería escribir ni tomar notas. No pudo ser. Unos pocos aldabonazos en esa noche me llevan a estas palabras que extraigo de la memoria del aquí y del ahora porque forman parte ya de la inmortalidad de mi vida como enófilo: siempre estarán en mi presente y recurriré a ellos cuando los necesite. Ahí estaban antes de que yo llegara. 2005 y 1996 son vinos de una dimensión moderna, su alma no tiene nada que ver con sus hermanos mayores. Bodega nueva, inoxidable, más madera, maloláctica completa. 1991 es el primer vino antiguo, uno de los que más me gustan: clásico con furia, matices animales y de la bodega de siempre, levaduras, gran proyección. El resto sonó incomprensiblemente igual (87, 81, 78) hasta llegar al primer aldabonazo serio: 1962. 52 y 51 pasaron de puntillas, el primero con problemas. Segundo aldabonazo: 1949. En estos últimos, la presencia de la garnacha es grande (40%) y la larguísima y vieja madera aporta una estabilidad y una frescura dignas de reflexión y estudio. Dos sabios pasaban por allí y apuntaron que, quizás, no hubieran hecho la maloláctica. En este momento, son más atractivos en el paladar que en aromas. En cualquier caso, únicos en su entereza. Tercer aldabonazo: Corona blanco semidulce del 39. Los hombres del pueblo, volviendo del frente, camino de Francia, o ya muertos. Las mujeres dejan que la cosecha de viura repose en las cepas. Mucho frío en el alma. Mucho frío en el campo. Una vendimia muy tardía. Un mosto hecho vino que pasó treinta años en barricas olvidadas y cuarenta en botellas no menos olvidadas. Era mi segunda oportunidad. Sabía qué comeríamos después, sobre todo como plato principal. Olí, bebí y guardé el resto.
Clafoutis choux con sorpresa
Cuarto aldabonazo. Para un aprendiz de gourmet era una de los hitos de la noche, e incluyo en la afirmación lo sucedido en la cata: faisan à la Sainte-Alliance. El chef Sergi de Meià se atrevía con una de las recetas míticas de la caza, en un tiempo y un siglo (Spinoza siempre en mi cabeza) en que esta palabra tenía un sentido casi litúrgico. El faisán casi es lo de menos (la carne llegó algo seca, demasiado entera). Es el pretexto necesario para llegar al momento culminante: el relleno que consagra, en un plato, la migración de la becada, de Rusia a Inglaterra pasando por Austria. Y cocinada en Barcelona...Porque el relleno, que mal se observa en la foto superior, es la primera cuestión: la carne desmenuzada de la becada. Un prodigio de texturas y de sabores de bosque nevado. Y aquello que casi no se observa es la segunda cuestión, casi la primordial. Los menudillos de la becada y los del faisán, majados con trufa y mantequilla, flambeados quizás, untan la galleta que se intuye como base del plato. Es la parte más cálida del bosque, es la profundidad de la noche del cazador, es la sublimación del cocinero que captura esa alma y permite que, por fin, resucite mi Corona blanco de 1939. La copa y el oxígeno han hecho su trabajo. Los 30gr/L de azúcar, la acidez perfecta, la frescura conservada de la viura del 39 se convierten en el cuarto aliado, único, de esa Santa Alianza. Ese recuerdo, en mi paladar, de los menudillos (el sabor del hígado...) de la becada sobre la galleta que ha absorbido todos sus sabores, junto con el paseo triunfal, orgulloso, de la viura, me hacen girar la cabeza y saludar, casi con reverencia, al Príncipe Metternich, que se sienta en ese momento a mi lado. Momento de iluminada reconciliación entre la cinegética, la gastronomía (incluyo al vino en ella, por supuesto) y la Historia.

No termina aquí la lectura práctica de la Ética de Spinoza. La conjunción de otros dos aldabonazos facilitarán mi salida del local a través de un plano que ya no es el físico. Ahí, lo reconozco, me ayudó Julio Verne. Pasta choux  de Pol Contreras (foto central), en mi juventud llamada lionesa, con la apariencia de la nata y el corazón (menudo trampantojo genial) de helado de mantequilla sobre una sopa de chocolate y avellana. Me comí el sombrero sólo y la abducción a mi infancia, donde las lionesas (de la Pastisseria Pla de Igualada) eran el postre rey, fue absoluta. El bocado del corazón y la sensación de cómo se mezclaban en tu paladar los sabores y texturas de la nata y del helado fue un momento de mágica elegancia. Faltaba la última pieza de esa máquina del tiempo que tardamos pocas horas en construir: D'Oliveira Madeira reserva de 1880. El sabor del chocolate, las texturas y aromas de todos los tostados y humos del vino en uno, la profundidad de ese vino único surgido de la noche de los tiempos, me hicieron coger mochila y piolet. Se suponía que estaba en Islandia, pero no...en realidad era Madeira. Si con este vino puedo llegar al centro de la tierra, ¿qué más da un volcán que otro? Verne asintió y nos pusimos en marcha. Cuando desperté, Verne observaba el lago y una pareja de diplodocus, curiosa,  le observaba a él. Son vegetarianos, pensé. Y me dormí de nuevo.
D'Oliveira madeira 1880

25 de gener, 2013

Algueira Merenzao 2009

Algueira Merenzao 2009En el corazón de la Ribeira Sacra, en la reputada parroquia de Amandi (ya desde el siglo XII se hace vino allí...), Adega Algueira es una de las apuestas más firmes en el trabajo con las variedades de uva de la zona. En Doade, en la carretera que cruza el cañón del Sil hasta Castro Caldelas, conviene no confundir Algueira con catamaranes y restauración (que también). Algueira ofrece, sobre todo y como pocos, la mejor expresión de las uvas merenzao, brancellao (alvarello o albarello), mencía y caíño, entre las tintas; y de la godello, loureiro, alvariño y treixadura, entre las blancas. Mi condición de neoenófilo con los tintos gallegos provoca en mí una pasión, quizás insana, hacia los monovarietales: necesito conocer y retener los sabores, aromas y características de estas uvas todavía poco familiares para mí. Tienen, sobre todo las tintas (con las blancas me siento ya casi primo hermano), una textura de gran finura, una capacidad colorante mediana (a ratos casi de capa baja), unos antocianos discretos y unos taninos que nadie intenta domar a base de dura madera. Son vinos que, poco o mucho, en esos rasgos básicos, me llevan con rapidez al recuerdo de otras variedades atlánticas (o de clima cercano) españolas (la carrasquín, por ejemplo, la verdejo tinta también) o francesas (la pineau d'Aunis y la groilleau sobre todo y, por supuesto, la pinot noir más floral y delicada del sur, de Rully o Givry).

Este monovarietal de merenzao de Algueira 2009, 13,5%, no se ha movido de esos parámetros que tanto me gustan. Sinceramente: vinos como éste o el brancellao de la misma casa, justifican por sí solos la existencia de una bodega en su tierra. Entiéndanlo como un halago: esta merenzao es como una pinot noir gallega. Suave extracción, tanino goloso pero muy ligero y delicado. Pimienta rosa. Tiene una frescura y una profundidad enormes. Y estamos en 2009...impresionante. Esa violeta fresca, recién llegada (no de Holanda, por favor...) de nuestros jardines, que tiene una mezcla única de cierto dulzor y una acidez penetrante. No es sencillo encontrar en España vinos como éste, que se beban con gran placer y tengan una versatilidad grande en la mesa. Es un vino que te captura desde el primer momento, se apodera de tu pituitaria y no la deja. Es un vino floral, sí, pero también con frambuesa fresca y ácida. Suave sequedad sin llegar a la astringencia, sedoso pero sin florituras. Equilibrado. El grano de pimienta estrujado en tu mano. No es un vino barato (25€ en la tienda on-line de la bodega, aunque yo lo pagué más caro en una tienda presencial...) pero merece la pena porque con él bebes un pedazo auténtico de Ribeira Sacra.