27 d’abril, 2013

En dominio de lobos

Viña Bolaita de Domaines Lupier en San Martín de UnxElisa y Enrique son una pareja que se quiere y que vive con pasión cada uno de los momentos que han decidido regalarse con sus viñedos y sus vinos. Porque lo suyo no es trabajo, aunque vivan de él, es un regalo que se han hecho el uno a otro. Y para toda la vida. Lo suyo es pasión, es ilusión, es complicidad absoluta, es complementariedad. Del uno con el otro (Enrique lleva todas las cosas del campo, es ingeniero agrónomo; y las del vino en bodega, es enólogo; Elisa lleva la parte más pública de Domaines Lupier, sus ventas y su promoción, es economista y MBA) y de ambos con sus 27 parcelas (entre los 400 y los 750 msnm siempre en las cercanías de donde están su bodega y su casa, que es lo mismo: en San Martín de Unx), de las que saben todo. Nombres y apellidos de cada cepa, las características, sabores y aromas, tanto del suelo como de la uva de cada parcela. Es una gozada pasear con ellos y ver cómo hunden sus manos en el suelo, se llevan la tierra a la nariz y te explican cómo y por qué las uvas tienen, en ese viñedo concreto, este o aquél perfil.

Tienen dos vinos, siempre de garnacha tinta, El Terroir y La Dama, pero saben muy bien qué les da cada parcela y qué pueden aportar sus uvas a cada vino: el Clos, con cepas de 97 años, de suelo arcillo-calcáreo y arcilla en su profundidad, aporta raíces y magia. Horvás, con un marco de plantación más estrecho (1,5 x 1,5), es la estructura, el esqueleto de sus vinos, con arcillas profundas que huelen a intensidad. Bolaita, la más estrecha y, aunque algo baja, la más tardía porque está muy expuesta al cierzo, gélido, está en una cuenca y sus arenas calizas aportan una garnacha fina y delicada. Los Altos y sobre todo, La Cabezuela (¡una buena excursión para llegar a ella!), de más de 80 años, ofrecen una producción mínima a cambio de la fragancia más pura: unas gotas de perfume de garnacha y de flor de violeta. El elixir que complementa y embellece al resto. Enrique y Elisa muestran un compromiso total con sus tierras. No puedo decir que sean ecológicos o biodinámicos o seguidores de Fukuoka. Puedo afirmar que hacen de todo, mezclan conceptos y aplican técnicas en función de lo que sus cepas necesitan en cada momento, con la idea de que a la planta hay que dejarla lo más tranquila posible. Suelen arar una vez al año (están ahora en el debate de si mulo sí o sí: llegará, eso está claro, falta saber cuándo) y no usan ni un herbicida ni un pesticida. Enrique entiende a la tierra y sabe qué hacer con ella. Pasear por el campo con él es abrir el libro de la botánica oculta (a los ojos de un profano como yo, claro…) y poder leer allí donde parece que no hay nada escrito. Su herramienta principal está en las infusiones, tés les llama, de plantas naturales: algunas de las que se usan en biodinámica, sí (la milenrama, que oxigena las cepas y es un gran fungicida natural; o la cola de caballo, que sintetiza los oligoelementos que aporta la luz por la gran cantidad de sílice natural que lleva), pero también tés de espliego, que suaviza el estrés hídrico (aquí no hay riego, amigo…); o de salvia, que es buen fungicida también y ayuda a luchar contra el estrés a la planta…

2008 fue su primera añada, muy “académica”: salió todo lo que habían estudiado y aplicado en sus experiencias profesionales previas. 2009 es el año en que se sueltan, las maderas (de 225, 300, 500 y 600L) ya son de segundo vino y empiezan a entender que no todo son fórmulas. También hay improvisación y reacción porque cada añada tiene lo suyo. Esta 2009 me tiene enamorado: la lluvia de agosto cambió la fruta, la convirtió en una añada azul, fresca, con aromas de tinta china azul, de mirto, de húmeda arcilla. Todo ello en nariz, porque en boca, es una añada que cruje: piensa en las frutas rojas rugosas (la mora, la frambuesa), póntelas en la boca y mastica. Si la fruta está entera, no sobremadurada, cruje y suelta todo su poder aromático, fragancias y sabor en ese crujido mórbido. Eso es El Terroir 2009, con un paso ligero en boca. La Dama 2009 es más voluptuosa, con volúmenes y curvas (Elisa las dibuja muy bien en el aire), raso amable, ciruela madura, más cálida y seductora. Esas fueron las botellas que bebimos, pero lo que probé de las barricas y depósitos, de 2011 y 2012, me sigue hablando de poderes aromáticos brutales, de arenas y arcilla mojadas, de más frutas rojas, de tomillo y raíces.

 Elisa y Enrique viven y sienten el mundo de la viña y del vino como un proceso artesanal y catártico. Porque lo sienten, no tienen que hacer un gran esfuerzo en transmitirlo. Les sale de dentro, por cada poro de su piel, de sus miradas, de los gestos de sus manos. Y cuando sabes que has encontrado todo eso en una botella (como a mí me pasó con El Terroir 2009), te sientes feliz. Como si tras una larga travesía, hubieras llegado, por fin, al refugio deseado. Botellas de Domaines Lupier 2009

23 d’abril, 2013

Olivier Rivière, aquí y allá

La Losada en Navaridas de Olivier RivièreOlivier llegó a España hace casi diez años contratado por Telmo Rodríguez, uno de los grandes animadores del panorama vitivinícola español de los últimos tiempos. Empezó, pues, trabajando para él en la Rioja, pero bien pronto su inquietud y ganas de buscar vinos propios le llevaron a encontrar socios y aliados para crear sus propias marcas. Tiene tres grandes virtudes (y otras, seguro, que me habrán pasado desapercibidas…): como enólogo, admiro su capacidad técnica en la bodega. Además, es de los que interpreta con rapidez qué necesita el campo para dar lo mejor de sí. Y no hablo de cantidades ni de producción. Hablo de respeto por la tierra y de calidad en la botella, siempre atendiendo a las características de la uva en las DOs en que trabaja. Su tercera virtud es la honestidad. No engaña ni dice medias verdades. En la Rioja y con etiquetas propias (quizás hayas oído hablar de Rayos Uva o Ganko, dos riojas que se beben con placer y facilidad) trabaja desde hace seis años, pero hasta la primavera de 2012 no ha podido comprar su primer viñedo propio, una Ha y media en dos parcelas. Hasta ahora hacía vino, sí, pero con uvas compradas. El detalle lo indica con el color negro en las etiquetas: una etiqueta de Olivier con letras blancas sobre fondo negro te dice que ha comprado la uva (hacerse un hueco en la Rioja es extremadamente complejo y lento) y que, por más que se esté encima, no se han podido controlar al 100% todos los procesos en el campo. Y eso, para Olivier es muy importante. En la Rioja hay mucho productor de uva que no vinifica con marca propia, pero que se metan en sus campos a decirle qué hay que hacer…¡eso ya es harina de otro costal!

Tuve la suerte, la emoción también, de ser la primera persona que visitaba sus dos primeros viñedos en propiedad en la Rioja Alavesa, justo una semana después de haber firmado la escritura. Están en Navaridas, a 490 msnm, casi en llano, con cepas en vaso y un marco de plantación de 1,5 x 2m. Buena densidad para unas plantas que, en la parte más vieja de viñedo, son como mínimo de 1920. Y con lo que más le gusta a Olivier: el ensamblaje está ya en el viñedo, con cepas mezcladas de tempranillo, viura y mazuelo. Recuerda este nombre, La Losada, porque algún día verás un vino con él estampado en la etiqueta. Será con letras negras sobre fondo blanco. Ese fondo te dice que Olivier trabaja el viñedo, las uvas son suyas y controla todos los procesos del vino hasta la botella. Como sucede, por ejemplo, en el Alto Redondo (Dicastillo, DO Navarra), tres terrazas de garnacha y, pronto, también de mazuelo (de selección masal), que no llegan a la ½ Ha. 2012 fue un mal año, apenas 20 kg. No habrá vino. Pero 2011 se ofrece (monovarietal de garnacha), todavía en barrica, como un vino de extraordinaria finura, volumen en boca y todos los aires del monte bajo que alimenta esas cepas viejas (sobre los 80 años), tomillo sobre todo. También lleva letras negras sobre fondo blanco Basquevanas, el albillo de Covarrubias (DO Arlanza), uno de los grandes blancos de este país, un vino que en la añada 2009 es grande (las pocas botellas que quedarán: melisa, trufa blanca, ceniza de sarmiento, heno cortado, fino y largo, buena evolución), pero que en 2010 dará todavía más alegrías: más acidez, volumen, amplitud en boca, proteínas. Un vino hecho para demostrar lo que más le gusta a Olivier en un vino: que envejezca mucho y bien. Si le dejamos, claro… Alto Redondo de Olivier Rivière

20 d’abril, 2013

Tentenublo: por qué repican las campanas

Viñedo de garnacha en Viñaspre de Roberto OlivánDespués de haber pasado media tarde con Roberto Oliván, me sentía como si hubiera estado en el túnel del viento tras un buen lavado: fresco, limpio y sin mota de polvo. Roberto es un vendaval de energía y de sabiduría vitivinícola acumulada por años de tradición (tan sólo de él no puede salir porque apenas roza los 30 años…: padres, tíos y abuelos tienen ahí no poca responsabilidad). Trabaja como asesor en algunas bodegas de txakolí, pero él es de Viñaspre (Rioja Alavesa) y sus viñedos más queridos (7 Ha tiene, repartidas en 19 parcelas) se encuentran entre el replano de Viñaspre y en Lanciego. Quizás tenga razón cuando llama a la zona “las Hurdes de hace 90 años”. Puede que esos replanos a los pies de la parte más amable de la Sierra Cantabria (suelos del Terciario, con un porcentaje elevado de arena, pero también con arcillas llenas de óxido de hierro y otras calcáreas), sean lo menos conocido de la Rioja, aunque algunas grandes bodegas no andan lejos y otras, de gente importante en el mundo del vino, se han instalado ya en la zona. Puede, pero eso va a cambiar. Y con rapidez. Las quebradas, los pequeños barrancos, los replanos, las zonas de valle, las laderas con inclinaciones de todo tipo se suceden entre los 650 y los 500 msnm. Diferencias térmicas, de suelo y de altura que hacen que Roberto pueda trabajar en bodega con sus tempranillos, sus garnachas y sus malvasías con más de un grado de alcohol de diferencia, con maduraciones que se alargan de forma amplia en el tiempo y con unas texturas, aromas, cuerpos y capas muy variados y personales.

Puede que con la cosecha de 2012 la cosa acabe en 1500 botellas de malvasía vinificada en seco, 5000 de tempranillo y 1500 de garnacha tinta. Hay que ir con cuidado porque alguna de las cosas que probé acabarán en gran vino. Y volarán todas. De la malvasía no puedo decir mucho porque estaba recién embotellada y todavía algo consternada por la brutal operación (embotellar siempre es traumático para un vino). Pero la tempranillo (Tentenublo se llama la marca de ese vino, que ya salió, y casi se agotó, en 2011…) tiene una carga de fruta inusual en la Rioja contemporánea (en un vino que no sale como joven de añada de maceración carbónica, entendámonos), tiene frescura cítrica (mandarina) y zarzamora, empaque, largura y un final serio y algo amargo (las lías con las que trabaja los tintos). Y procede de viñedos cuidados de una forma por completo natural, que fueron algo maltratados en el pasado, pero que se han regenerado con rapidez (la aparición de ajos silvestres es la mejor prueba, me señala Roberto). Claramente, una rara auis que recomiendo. Adictiva, hay que ir con cuidado. Me llevé al hotel la botella que descorchamos en la bodega y sin darme cuenta, casi me la pimplo entera, y solo. Conste que no tenía que conducir.

Si su tempranillo me da un toque de atención (a este chico hay que seguirle, sí o sí), sus garnachas centenarias me encienden ya todas las alertas. El vino, que quizás se acabe llamando “Escondite del agarcho” (el lagarto verde vive en sus viñedos y es un buen indicador de la salud del suelo de la zona), procederá de tres viñedos distintos y el que no te da sutileza y frescura, te da carga de profundidad, raíces y mineralidad. Creo que acabará siendo una de las grandes garnachas, no ya de la Rioja, sino del país entero. “Tentenublo” es la palabra con que se conoce al repique de campanas que se utilizaba en los pueblos de la Rioja para alejar a las nubes de granizo durante la maduración de la uva y en cosecha. De su efectividad no puedo hablar. Pero que Roberto escogiera, precisamente, un nombre de tradición tan arraigada en su tierra para el primer vino que ha hecho (2011 fue, en efecto, primera añada…), lo dice todo de las intenciones del joven: respeto máximo por la tierra (no son palabras, lo aseguro porque me las he pateado con él) y esmero por trasladarla a la botella. No es nada sencillo encontrar hoy en la Rioja paisaje sano y reconocible en una botella. Aquí lo encontraréis. Y es de una belleza arrebatadora. La cámara acorazada con el tesoro de Roberto OlivánPS. Casi olvido decir que quien me puso en contacto con Roberto fue Juan Cuatrecasas, bebedor atento y escritor voraz.