27 de juny, 2013

Celler Martí Fabra

Els estanys de Martí Fabra
Digamos que, de forma documentada (con notas que conserve), bebo vinos del Celler Martí Fabra (Masia Carreras, en Sant Climent Sescebes, DO Empordà) desde 2007. Si husmean un poco en la pestaña de "búsqueda" de este blog, verán que algunos de sus vinos son una constante entre mis preferencias: el Flor d'Albera, entre sus blancos; su rosado Lladoner; y el Masia Carreras tanto en su versión blanca como en la tinta. Había conocido a Martí Fabra y a su hijo Joan en un par de presentaciones, habíamos charlado con discreción pero no sabía realmente cómo eran. No lo sabía porque no había estado en su bodega ni había pisado sus viñas. No había charlado con ellos, no había olido esa bodega ni conocía su historia familiar. No había escuchado su historia en su tierra. Hace bien poco pude remediar ese agujero de mi educación sentimental y, ahora, puedo escribir con fundamento de causa: esta familia, sus tierras, su bodega, sus vinos y, más que ninguna otra cosa, su forma de ser y de estar hoy, en el mundo del vino se me convierten en referencia ineludible.

Joan Fabra es muy joven pero ha heredado la paciencia, el temple, la pausa y, a ratos, la retranca y la mirada pícara y burlona de muchos siglos de familia de payés en el Empordà (desde el siglo XIV...). Pasear por las viñas con él (algunas de más de 100 años, otras inmediatamente postfiloxéricas, plantadas en pies híbridos; algunas más jóvenes) y beber después sus vinos es una experiencia grande.  No le interesa hacer alarde de nada, las palabras justas, medidas siempre y, al final, una mirada casi de soslayo y como buscando tu aprobación. ¡Pero si soy yo quién tiene que aprender de él! Trabajar la tierra: tal y como lo hacían los abuelos, sólo con algo de azufre y sulfato de cobre. Arar lo imprescindible, pero de forma que cada cepa (algunos auténticos árboles...) reciba su dosis de aireación en las raíces. Después, cuando apriete el calor, el surco entre cepas será tapado y la planta recuperará su equilibrio. La vegetación entre calles se respeta, se desbroza y allí queda. El abono es el del rebaño de ovejas de un vecino. En la bodega, las maderas viejas y los antiguos depósitos de cemento siguen encontrando (tras más de 50 años) su razón de ser. La arquitectura y el aprovechamiento racional y muy meditado de la roca madre convierten a su bodega, semienterrada, en un lugar ideal (temperatura y humedad naturales)  para el envejecimiento de algunos de sus vinos.

Joan lo tiene claro: 25 Ha (todas alrededor de Sant Climent) y un máximo de unas 100 mil botellas (subirá la cifra, o bajará, en función de la añada, claro), les permiten llegar a ese punto de equilibrio en que controlan todos los procesos personalmente; sus instalaciones ofrecen espacio y herramientas para trabajar la fruta que les llega de sus viñedos en condiciones óptimas; y tienen lo necesario para vivir bien. ¿Para qué más?  ¿Crecer? No, por supuesto. Tienen lo que necesitan. Es el momento de seguir haciendo mejor las cosas, pero no de crecer. Podría hablarles de los vinos que bebí y más me gustaron (su Flor d'Albera 2011, con 70% de moscatel de grano grueso y 30% de Frontignan, zalamero, enérgico, fresco, terpénico y balsámico, como siempre cielo del Empordà en una botella tras la tramontana; o su Masia Carreras blanc 2011, con un cupaje que es el del viñedo, garnachas y cariñenas blancas y tintas, picapoll, que tiene lo mejor de cada una de ellas y la frescura del suelo de arena granítica; o su Masia Carreras tinto 2008, ahora mismo, uno de los grandes del Empordà, con cariñena y merlot; y etc.). Pero no. No sería justo con mis sentimientos ni con las sensaciones de lo que bebí ese día.

Porque ese día bebí por primera vez Els Estanys 2007. Pensaba que conocía ya todas las grandes cariñenas catalanas. Venía de probar,en los últimos meses, Camí de Cormes, Mans de Samsó, 1902, Vall-llach, Ferrer-Bobet vinyes velles selecció especial (todas entre el 2007 y el 2011). Y alguna más, aunque no tan monovarietal. Pero me faltaba la de Joan Fabra...Intensidad feroz, finura exuberante, frescura cítrica, buqué garni, arena granítica, mineralidad tan bien perfilada, ligera rusticidad...tan profunda y, al mismo tiempo, tan accesible...Bebía esa copa y volvía al viñedo ("estanys", dos pequeñas lagunas al norte y al sur del viñedo que, junto con el viento, la tierra y la exposición sin paliativos al sol, informan y educan a esas cepas viejísimas). Soplaba una suave tramontana, susurraban las hojas, mis pies se hundían en la arena junto a las cepas. Cerraba los ojos y me sentía hijo de esa tierra. Mis pies se confundían con sus raíces. Vino y sensibilidad. Amor y terruño. Fruta y autenticidad. Cuando salgan esas 700 botellas, corran ustedes. Corran. En Joan de Martí Fabra

20 de juny, 2013

Altaroses 2011 de Cellers Joan d'Anguera

Vinya La cova de Joan d'AngueraSiempre me habían gustado algunos de los vinos de Cellers Joan d'Anguera (el que más, sin duda, el Joan d'Anguera, su vino más joven, fragante, fresco y de paso ágil). Pero tenía la sensación, que confirmé el día que estuve en casa de Joan y Josep d'Anguera, en Darmós (DO Montsant, en la zona suroeste de la DO), que se encontraban en una especie de callejón sin salida, un "cul de sac". Tengo muy buena relación con ellos y sé que me corregirán si mi apreciación es equivocada. Pero paseando por los viñedos, subiendo a Los Argatans, paseando por la viña de La Cova (extraordinaria riqueza, en la foto), oliendo el campo, viendo olivos y almendros entre cepas, también albaricoqueros, viviendo Les Trosses, el Pla de Pere Anton, me di cuenta de que habían, por fin, encontrado una respuesta, una salida a un camino que había llegado a su fin. Sus ojos brillaban de nuevo, su conversación ha dejado atrás cualquier traza de aburrimiento y sus cepas y vinos están encontrando un camino nuevo. Se llama Tierra.

Han pasado los años y su conclusión es clara: nosotros somos payeses, nosotros trabajamos la tierra de la forma más respetuosa y, después, la cepa ya responderá. Y está empezando a hablar de nuevo, la cepa. Vaya si lo hace. Tener la certificación ecológica y biodinámica (Deméter) era una condición necesaria para ellos  (para que los mercados les identifiquen correctamente), pero no era suficiente. Su reflexión necesitaba elementos variados. Los que pertenecen a la tierra, los primeros. Sin ellos nada nuevo ni auténtico existe: compost de oveja y vegetal preparado por ellos con la ayuda de Jordi Querol (también los distintos preparados biodinámicos); arar sólo lo imprescindible; azufre en polvo ecológico. Buscan la esencia de sus terruños, bien distintos, terrenos muy sedimentarios, con PH neutros, lechos de rio, cantos rodados, mucha arena, poca arcilla, zonas con óxido de hierro. Vendimian cada parcela para vinificarla por separado. Replantan y se concentran en las variedades mejor adaptadas a la tierra, además.

Y también, claro, las cosas que pertenecen al trabajo en bodega: menos madera, más usada, más cemento (en 2012 casi al 50%), empiezan con el raspón, con otro tipo de maceraciones. Altaroses 2011 es, para mí, el anuncio de que las cosas están cambiando: no han llegado donde quieren, entre otras cosas (buenas) porque no saben dónde está ese lugar. Pero esta garnacha fina, del viñedo del mismo nombre, suelo de aluvión y cantos rodados, orientado al norte, nos habla (con 14% en 2011) de fermentaciones malolácticas en hormigón, de estabilizaciones naturales (mínima parte en maderas de tercer año), sin filtraciones, habla de los aromas de la fermentación, de la emoción de esos olores en la bodega, de mucha fruta y volúmenes, esfericidad y agilidad, frescura pero con cuerpo, mucha mora madura recién cogida (ese aroma de la zarza todavía en las manos), cereza picota, brezo. Es un vino con curvas, meandros del Ebro hechos fruta hechos vino. Pero hay más, ya en 2012: Bugader 2012, sin syrah, con garnacha del Pla de Pere Anton, se me antojó agua perfumada de uva y tierra, una delicia, fragancia muy agradable y buqué de primavera. Esto no es un vino, son grosellas, violetas y tierra arenosa, cristalino y limpio, en una botella. Sin más. La carinyena del Hostal. Veremos dónde va, pero estad atentos: es un vino antiguo, el viñedo lo da todo y no hacen falta extracciones. Pedernal puro y duro, mineral que enamora, concentración natural, estilete del fondo de la tierra, con el punto de brezo y locura que le gustaban a Baco- Posgusto que te deja catatónico.

La voz y los ojos de Joan y Josep d'Anguera brillan, sí, de otra manera. 2012 es la vendimia de la inflexión: han empezado a desaprender con rapidez, a deshacer camino para empezar otro nuevo, siguiendo la intuición, es decir, la observación. Son valientes y lo tienen claro: sus nuevos vinos están empezando a seguirles. Yo, disfrutando de nuevo con ellos y esperando con ilusión ver dónde me llevarán.  Y vaya, me salió algo largo el texto, pero estos jóvenes se lo merecen, caramba.