29 de maig, 2014

Marenas al natural


José Miguel Márquez es agricultor por vocación. Apenas había cumplido la mayoría de edad y sin más estudios que los que su padre y la tierra le habían dado, compra sus primeras hectáreas (1998) y se echa al monte, a la sierra, vamos, la de Montilla. Planta uvas tintas  (syrah, tempranillo, monastrell, después cabernet sauvignon y pinot noir) a las que después añade las habituales blancas de la zona, muy (pedro ximénez) o menos conocidas (montepila). Su vinculación con la tierra es absoluta: ama la subbética y la penibética, como ama las amables laderas de Montilla. A sus vinos se puede entrar con mayor o menor facilidad, pero cuando se percibe (in situ...) cuál ha sido la evolución de José Miguel con los años, uno no puede más que admirarse e identificarse con su trabajo y con su amor por la Sierra de Montilla y sus culturas vinícolas (varias hay o había), por ese clima duro y, a ratos árido, por esos suelos calizos y arenosos, por ese viento que, cuando sopla del oeste, trae la bendición de la frescura, por un ambiento y un terruño, sin más, que te seducen y te atrapan.

Le conocí hace cinco años y me propuse seguir su joven carrera. Este hombre transmitía sensaciones de honradez, de profundidad, de seriedad, de trabajo bien hecho y de vinos sin máscaras. Pero confieso que, en esa época, sus tintos no me llenaban como lo ha hecho uno en especial en la cosecha de 2013. Seguimos viéndonos, bebiendo sus vinos y charlando a ratos, hasta que la cabeza me dio un vuelco con su Cerro Encinas Blanco 2011, monovarietal de montepila: un vino que transmitía un cambio, una evolución y una progresión emocionantes. En mi viaje de 2013 la ruta me apartó de Marenas, pero una noche mágica, cerca de Cortes y Graena (con el gran Ramón Saavedra) nos encontramos y emplazamos para la visita. He tardado casi un año y bien que lo siento, pero he llegado a Marenas, por fin. José Miguel lo tiene claro: el éxito o el fracaso de un vino dependen, en buena parte, del trabajo en el viñedo. Y en esa tierra de albariza y arena, él consigue, con suaves laderas y un no-laboreo muy meditado, una frescura, un pH, una acidez  y un grado en sus vinos que son como para reflexionar.

Desde 2006 no labra el campo, ni siembra ni selecciona la vegetación. Ha permitido que la selección natural se encargue de todo: el jaramago ha marchado poco a poco y ha sido sustituido por más de 20 especies de plantas y flores, todas ellas beneficiosas para la viña. Ni abona, no pasa el intercepas. Sólo desbroza y alimenta el viñedo con esa hierba y con los restos de la poda. Con sus menos de 4 Ha llega a las 8/10 mil botellas y el resto va a la cooperativa. No quiere crecer rápido y piensa mucho cada paso que da. ¡Pero no para de darlos! Su salto exponencial en calidad y en concepción de un vino lo está dando precisamente con la uva de la tierra, con la PX. Con bocoyes muy viejos de fino ha elaborado la cosecha de 2011 bajo velo en flor (en la bodega que véis en la foto inferior), recuperando la memoria perdida de los vinos de su pueblo. Algún día llegarán los amontillados, pero por ahora este PX 2011, embotellado y concebido como vino tranquilo (no generoso), es una percepción única de la tierra de Montilla, con sabores intensos pero delicados del velo, de la albariza, del viento que sopla del Estrecho, con frescura y profundidad. Emocionante.

La emoción sigue con un impresionante pinot noir de la Sierra de Montilla, cerca de Cabra. Apenas 800L, todavía en inox, del que será Casilla Las Flores 2013, vendimia nocturna, raspón y unos aires de austeridad, seriedad, frescura y empaque...picota, pimienta negra, nuez moscada, matorral de la sierra, jara. Memorable en verdad. La emoción finaliza con una pequeña bota (andará por los 300 años esa madera) de moscatel de Alejandría pasificado al sol de la sierra. 9% tiene,  VND. Saldrán 200 botellas y quien consiga una, será una persona feliz. Para un loco de los moscateles como soy yo, ese vino es un punto y aparte. Tres vinos probamos, tres horas charlamos y con esos dos treses tuve más que suficiente para entender que José Miguel sigue firme su camino de progresión, que hay que estar con él, que hay que escucharle y, sobre todo, hay que beberle. Enamorado de su tierra y de sus vinos volví. Por cierto...¡casi me olvidaba! Al padre de José Miguel le costó un poco seguir el ritmo e ideas del hijo sobre todo con las uvas tintas. Pero es uno de sus más fieles aliados. De las pocas parejas padre-hijo que, con un cambio de mentalidad y de haceres tan grande por medio, andan codo con codo en el campo y en la bodega. Una alegría y un placer verles ahí a los dos.

25 de maig, 2014

Ácrata bobal rosado Verano 2011


La cuesta sube hasta la ermita del Cristo de los Remedios y desde allí, el poder divino y el poder terrenal de Jesús Lázaro de Diego (Kirios de Adrada) dominan Adrada de Haza (Burgos). "Vinos de la tierra y de la Vida" es su lema. En el caso de Jesús no hay palabrería ni vanidades. Seriedad, austeridad, trabajo intenso, sentimiento profundo. Sus viñedos están en ecológico desde 1993 y en biodinámica desde 2002. El paso de los años acabará poniendo a cada cual en su lugar y la forma en la que Jesús trabaja sus campos y las uvas recibirá su recompensa. El reconocimiento de los que amamos las cosas auténticas ya lo tiene, tanto con la variedad de uva estrella de la DO Ribera del Duero como con las que embotella como Vino de la Tierra de Castilla y León. Con estas últimas ideó un homenaje a aquello que hace que sus viñedos sean lo que son: el respeto máximo  hacia ellos en cada estación del año, consciente de que aquello que la tierra te acaba dando es proporcional a lo que recibe de nosotros. La colección Las Cuatro Estaciones del Año entronca con la más romana tradición del culto a los símbolos de cada una de ellas. Primavera, con albillo, pirulés y flores. Verano, con bobal y trigo. Otoño, con garnacha y hojas caducas. Invierno, con nieve en los campos y monastrell.

Las variedades llamadas "valencianas" en la Ribera son las auténticas protagonistas de esta recuperación de tradiciones vitivinícolas, aquellas que llegaron del Levante hace muchos años y ya nadie considera como de la zona, sobre todo la bobal. Pero Jesús sabe que sí lo fueron y con ellas nos ilumina con dos de los cuatro vinos de la colección (verano e invierno). Desde mi visita en marzo de 2013 (aguanieve caía sobre Adrada...), me quedé prendado de la bobal y la garnacha (otoño). Por casualidad las encontré hace bien poco en La Vinoteque de Terrassa (¡qué tienda tan interesante!) y el recuerdo vivo del Ácrata rosado del 2012 (en marzo de 2013 todavía estaba fermentando y tenía unos sabores...), hizo que me llevara una botella del 2011, que no había probado jamás. Homenaje a los claretes de antaño, este bobal procede de viñedos en vaso de entre 70 y 100 años, despalillada la uva y con fermentación espontánea y natural, sin clarificar ni corregir, la altura (sobre los 900 msnm) y la edad de los viñedos, el cultivo y las largas fermentaciones otorgan un carácter único a este vino. Es un rosado de 14% vendimiado en octubre que necesita aire en la copa y dosis de paciencia. Cuando se abre muestra un estilo largo y goloso, tanto en nariz como en boca. Guindas y fresitas maduras del bosque, cuerpo y untuosidad. Zumo de granado y naranjas sanguinas, madroño y, con el oxígeno, un cuerpo que del  volumen pasa casi al estilete. Largo y con un posgusto algo amargoso, trae también recuerdos de higos en sazón y de levaduras. Me costo 6€...

21 de maig, 2014

Palazuelo 2005 por Raúl Pérez


Soy admirador del Proyecto/Bodega/Vino Matador. He hablado de él en otras ocasiones y procuro estar al tanto de las novedades que salen, tanto como de ir repitiendo aquellos vinos que más me han gustado de ediciones anteriores de la revista. Unir la creatividad de un artista plástico con la de un artesano de las cepas es algo estimulante y muy bonito. Me gusta y me interesa seguir los resultados. Entre mis preferidos, siempre han destacado tres: el vino de Hidalgo con Scully (excepcional, sin duda, ese palo cortado del pago de Miraflores); el de Clouet para Alfaro (vino tranquilo, antes de la segunda fermentación en botella y del champagne, hecho en botas de Sauternes: para llorar) y esta mencía 2005 de Raúl Pérez (en la DO Bierzo) con obra de Palazuelo. Desconozco los límites de la complicidad entre ambos artistas y no sé si hablaron mucho o poco de la obra y del vino con la que iba a beberse esa obra (y viceveresa: de la obra con la que iba a verse ese vino).  El caso es que la relación entre el mago/maestro Pérez y Pablo Palazuelo funcionaba bien en las dos botellas que había bebido de esta unión.

Cierto es que la mencía de Raúl tenía una opulencia y un empaque que desbordaban la obra de Palazuelo (en la etiqueta, inferior, la véis), pero no lo es menos que la síntesis y la sencillez casi prehistóricas de Palazuelo conectaban a la perfección con el perfil más oscuro y austero de la mencía, que lo tiene. Hasta que llegó 2014 (para este 2005: 9 años). La última botella que he bebido de esta mencía que tanto me gustaba, muestra ya claros síntomas de agotamiento, de cansancio, de estar llegando al final de su vida como obra de arte que era. Mientras, la contraparte de Palazuelo sigue ahí, viva y rampante, desafiando el paso del tiempo con casi desbordante juventud. Con las otras uniones que he citado, ambas obras de arte siguen su camino juntas, con fuerza y claridad. Aquí, han empezado a separar ya sus caminos. Mucha evolución en el vino de Raúl Pérez para ser un 2005 (en cualquier caso, para uvas en terreno pizarroso, fue una buena, casi gran añada en España), tabaco, hojas secas, cedro, ceniza, calor de hogar. Pizarra oscura y de paso algo lábil (le cuesta afianzarse en el paladar), ha perdido casi por completo las trazas de la fruta que llevaba y queda ya con los ropajes de los aromas terciarios de su vida con la madera y en botella, bastante extremos. Algo desequilibrado en boca en relación con lo que la nariz te dice: esa nariz (poderosa) de evolución no encuentra ya un apoyo firme en el vino en boca. Ciruela pasa. Poso de café. La historia fue hermosa mientras duró pero me da la sensación que está llegando a su fin.