30 d’octubre, 2015

Testalonga Vignaioli en Dolceacqua

Testalonga a Dolce Acqua da Ferrino Antonio
Muy de vez en cuando, la vida alrededor del vino me ofrece regalos como Nino y Erica. Historias que emocionan, vinos que encantan en un paisaje agreste y duro pero agradecido para quien lo trabaja y ama: Dolceacqua en Liguria (cerca de Imperia) y Nino (Antonio) Ferrino. 70 años y 54 vendimias a cuestas. Sonrisa amable, alegre socarronería, paciencia y comprensión de quien conoce bien todas las dificultades de la tierra y del cielo. Complicidad inmediata para quien sabe escucharle y penetrar la sencillez e intensidad de sus vinos. Ya jubilado y sólo con la ayuda reciente de su hermano, también jubilado, la perspectiva de Nino no era muy optimista. Más de 50 años de cuidar sus mínimas 2 Ha de vermentino y de rossese di Dolceacqua podían quedar en el olvido. Su matrimonio no tuvo hijos y ningún Houillon parecía estar a la vista... Hasta que llegó Erica, su sobrina y hace un año le dijo: "tío, quiero aprender todo". La sonrisa de Nino es elocuente pero, os lo aseguro, cuando me contaba su historia lo era mucho más: alguien a quien transmitir, alguien a quien ayudar a crecer, alguien dispuesto a trabajar codo con codo con él. La luz, en forma de nueva sonrisa y de la energía de Erica, aparecía al final del camino.

Sus vinos y la forma de entender su tierra y sus uvas se merecen este año ya largo de complicidades renovadas. Su Bianco Testalonga 2014 es un "vino da tavola" porque Nino macera su mosto con los hollejos y el raspón entero unos pocos días (en este caso cinco). La vendimia al punto, el grado alcohólico que la tierra te da en su momento, los hollejos y la madera vieja dan un punto único a este blanco: huele a su campo, huele a membrillos, a la flor del limonero, tiene cuerpo y sabores íntegros. ¿Fuera de DOC por el color? Menudo problema... es un vinazo. Por la noche pude probar un mágnum del 2009 (siempre sin estabilizar ni filtrar) y su capacidad de evolución le sitúa ante los grandes tondonias...no se hacen igual, cierto, pero en mi podio mental están juntos. Probé dos tintos hechos con la variedad local rossese di Dolceacqua (llevan el nombre del pueblo, Dolceacqua), una uva de hollejos finos y raspones que lignifican bien, una uva que Nino entiende de la mejor manera posible: el raspón, con mosto y pieles, le van a dar la entidad gastronómica adecuada. Es un vino de lujo para cualquier mesa bien servida: Dolceacqua 2014 con el 30% de raspón y 2013 con el 100%. 2013 va a necesitar algo más de botella pero 2014 se ofrece ya con una elegancia enorme, con una ligereza que todo lo complementa y con una fluidez que asombra. Los aromas del mar y del monte bajo, los frutos negros del matorral justo antes de su madurez: un vino distinguido, fino y elegante pero con carácter. El mejor retrato de su padre, Nino Ferrino.  Testalonga Vignaioli: ad multos annos!

Serenidad, amabilidad, cultura del vino en las manos y en la piel, ligereza, frescura, sonrisa sin artificios. Pensaba en todo lo que he encontrado en Nino, en Erica y en sus vinos y me vino a la cabeza Giorgio Conte. Una de sus últimas canciones, Balla con me, pega de maravilla con el Dolceacqua 2014 de rossesse que me dejó encantado... Bailando con él ando, "improvisa nevicata".



La foto ha sido hecha por Rafael López-Monné.


20 d’octubre, 2015

Terroir al Límit Les Manyes 2013

Terroir al Límit Les Manyes 2013
Una de las mayores singularidades del Priorat es, también, una de sus mayores riquezas: la diversidad de suelos, de alturas, de orientaciones de los viñedos combinada con la riqueza de variedades de uva plantadas en ellos, hace que las posibilidades al alcance del viticultor avisado sean casi infinitas. Una garnacha tinta típica de esta DOQ plantada a 350 msnm sobre una llicorella ferruginosa tendrá muy poco que ver con otra plantada a más de 700 msnm sobre suelo de arcillas rojas, cantos rodados y sedimentos marinos. Y ambas son Priorat auténtico. Ésta es una de las cosas que más me gusta de la zona: la capacidad de sorprenderme que sus tierras, uvas y viticultores jamás agotarán.

A nivel de gustos, ya se sabe, no hay nada escrito, pero confieso que uno de los sitios donde mejor percibo una parte del alma de esta tierra es en las alturas. Cuenta la leyenda que los cartujos encontraron esas alturas gracias a unas escaleras. Yo, que creo en otros dioses menores, me conformo con los viñedos altos del Priorat y confieso que las garnachas de Les Manyes, de Masdeu, de Sant Antoni me dan unos aires entre la solemnidad, la rotundidad y la sencillez, que me enamoran. Por supuesto: hay otras garnachas de altura en los montes centrales de la DOQ que me gustan mucho, pero éstas me parecen sublimes...

Les Manyes 2013, 13,5%, de Terroir al Límit. Donde la infusión parece, casi, extracción. El poder de la tierra y de la uva en esta añada se manifiesta más a través del suelo y de la vinificación que de la sutileza de la fruta. En octubre de 2013, claro...porque éste es de los vinos que irá mejorando con los años, muchos años... Cae en la copa como las lágrimas de María en la Piedad de Miguel Ángel lo hacen sobre el cuerpo del hijo muerto: suavidad, ritmo, cadencia, sentimiento. Es un vino de culto. Noche en el monte bajo las estrellas, avanza el otoño. El recuerdo de la brasa en el hogar, sí, pero el espectador no pierde su puesto seducido por un cielo puro, cautivado por los aromas frescos del monte, la arcilla roja tras la lluvia... Majestuoso y lento: el vuelo del aguilucho sobre el Montsant. Intenso: la oscuridad e intensidad de la cueva del ermitaño. Sencillo: manojo de hierbas del campo sobre una mesa de madera en la cocina. Puro y fuerte: crines de caballo percherón al trote. Redondo y limpio: el globo aerostático se recorta sobre el cielo de enero. Un vino en las alturas.

11 d’octubre, 2015

La Alpina Peregrina - The Pilgrim Alpine

La alpina peregrina 2014 2
Imaginemos que una persona siente tal pasión por su tierra que decide concretarla en uno de sus frutos, un fruto que antaño era uno de sus rasgos distintivos. Imaginemos que esta persona dedica las horas de su tiempo libre a estudiar cómo esta uva llegó a su tierra, cómo se implantó y cómo fue desapareciendo. Imaginemos que esta persona, no contenta con la parte teórica de su saber, decide buscar las cepas de esta uva que quedan en los valles de su tierra, en Cangas y en Candamo. Imaginemos que encuentra esas cepas, que tiene la fortuna de que la persona que dirige la estación biológica del CSIC que se dedica a estudiar (entre otras cosas) la ampelografía es, vaya, de esa misma tierra. Imaginemos que consiguen aislar y reproducir las mejores cepas de verdejo negro, que es trousseau, que es maturana tinta, que es merenzao, que es bastardo, que es tintilla. Imaginemos que un vivero en La Rioja (de esto sabrán un rato...) reproduce estas plantas. Imaginemos que esta persona planta unas pocas, no para producir a nivel comercial sino para hacer unos pocos litros de vino por el placer convivial y, por eso, homérico de poder regalarse a sí mismo y a los amigos con unas gotas de ese sabor peregrino y auténtico.

Imaginemos que esta persona existe, que se llama Fran Xixón, que tiene esos centenares de plantas de verdejo negro en el Valle de Candamo (Asturias) y que los cuida de una forma absolutamente artesanal. De la misma forma hizo este vino en 2014, la añada que he tenido la inmensa fortuna de poder beber. Tiene tan poco vino que lo embotella en 37,5 L. Tiene tan poco vino que sólo lo bebe con amigos o lo regala por el placer de conocer una opinión. Y yo he sido uno de esos afortunados...Hoy rompo una norma no escrita de este blog. Hablo de un vino que, por ahora, es imposible comprar. Pero esta historia y el vino que salió de la botella merecen toda la atención y todos los elogios. Y además, ofrecen el placer de una pasión embotellada y la alegría de una historia de peregrinos revivida a través de sus cepas y su vino. Emoción, pues. Y deseo de compartir con vosotros este placer. 12,5%, uvas despalilladas a mano, uvas fermentadas de forma espontánea con las levaduras del viñedo. Vino con maloláctica parcial, creo. Vino sin ningún tratamiento en la bodega.

Me metí dentro del vino y entendí que los cardenales podrían entrar en la Capilla Sixtina para elegir papa con unas pocas botellas de él. Comprendí por qué a De Gaulle le encantaban los vinos de Chauvet. Percibí la esencia de la fruta en la frescura y concentración de este vino. Vi cómo Miguel Ángel preparaba sus frescos, olí esa humedad de caliza sobre la pared. Entendí la ligereza en el trazo y la expresión rotunda en la forma. Flechas de zarzamora salían de las paredes. Cohetes de acidez explotaban en el cielo. Las copas de los árboles eran frondosas. Y el suelo estaba lleno de vida. Pieles azules, almas verdes. Pimienta negra y roja en el talego. Laurel en la puerta de la casa de labranza. Fresas salvajes al borde del camino. Vino joven, vino arrollador, vino que habla de profundidades desde un lecho de verdor.  Vino de hadas y elfos. A ratos casi te engaña y te habla de un encuentro de monjes: entre la trousseau y la pinot noir. ¿De qué hablarían? De hollejos y pepitas, de acidez y de raspón, del momento mejor para la vendimia. Vino artesano, vino fino, vino para pensar y entender hacia dónde nos lleva una pasión como la de Fran. Manojo de violetas silvestres con un color y una tensión de aromas casi olvidados. Un punto salvaje y algo rústico del barrantes: algo de verdejo negro tiene ese híbrido... Agua del manantial del que beben las violetas. Con botellas como ésta uno elige a un papa como Francisco: bueno, sencillo, alegre, dicharachero pero profundo, amable pero contundente, comprensivo y clarividente, cómplice. Qué noche la de aquella votación... Gracias, Fran, de veras. Gracias.