28 de setembre, 2017

El demiurgo en la sala


Charla a los estudiantes del Curso Superior de Sumiller Profesional del INGAVI, Santiago de Compostela, 25 de septiembre de 2017

detalle brote  albariño

Quiero a Galicia, quiero a sus gentes, a sus tierras, a sus montes y a sus mares, a sus uvas, a sus vinos, a sus quesos y a sus árboles. Quiero a su cultura y a su manera de hacer las cosas. Me gustan los furanchos, me gusta cómo adoran a piedras y bosques, cómo son supersticiosos tanto como tocan de pies en el suelo. Siento, además, que esta tierra me quiere también y ella y sus gentes me dan mucho más de lo que yo puedo ofrecerles. Poder estar en el Curso Superior de Sumiller, dar charlas en él, ayudar a formar a la gente que quiere, sencillamente, saber más del vino y de su cultura en el mundo, es una forma de dar las gracias a Galicia por tantas cosas como recibo de ella. Quiero agradecer al Instituto Galego do Viño (INGAVI), a Xoan, a Jorge y a Juanjo, que me sigan dando oportunidades como ésta. Lo que sigue no es, exactamente, aquello que dije el pasado 25 de septiembre en el primer día de clase de la V promoción del Curso y en el acto de entrega de diplomas a la IV. Es un remedo escrito de aquello que expliqué, con la ayuda de los textos que usé para coser la única idea que quería transmitir ese día y hoy: quien ofrece una botella de vino en una sala de restaurante, en una tienda, en una venta, en un salón...se puede convertir en demiurgo que, con ese sencillo gesto y la palabra que tiene que acompañar, cree un orden nuevo de cosas en quien lo recibe. Intentaré desarrollar aquí la idea.

Me gusta la pequeña historia con que David Foster Wallace (Esto es agua, Literatura Random House, Barcelona, 2014, ISBN 978-84-397-2939-6, Introd.), invitado a una ceremonia de graduación en la Universidad de Kenyon, empezó su discurso a los estudiantes. Fue el único que dio en su corta vida, pero cada una de sus palabras merece la pena. Contó que (p.9) "había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: 'Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?'.  Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: "Qué demonios es el agua?"".

P.14: "el sentido inmediato de la historia de los peces no es más que el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuestan de ver y las que más cuestan de explicar."

19 d'abril de 2016

Algunas de las realidades más obvias en mi camino me llevaron a aprender y a reflexionar hasta llegar donde estoy hoy, defendiendo una relación y un entendimiento con la naturaleza que enlaza directamente con aquello que fuimos y hemos dejado de ser hace ya muchos años. Son las de la identificación de los romanos con la iconografía de las cuatro estaciones, con sus textos e imágenes entendidas y usadas como una metáfora adecuada para hablar de la vida, de la muerte y de las metamorfosis que sufren los seres vivos. Los romanos podían haber escogido otras fermentaciones para hablar de cómo se transforma una materia que la madre tierra da gracias al trabajo, para hablar de cómo cambia y de cómo te transforma, también a ti, la vida. Podían haber hablado del pan o del queso, incluso de la cerveza. Pero no. Escogieron al viñedo, a la cepa y a su uva, al mosto y al vino. Porque el trigo se recoge una sola vez al año, como la cebada o el lúpulo; la leche, se ordeña cada día. Y se hace pan, queso o cerveza cuando se quiere, en cualquier momento del año. En cambio, el vino es la metáfora perfecta de la vida humana y de una cadena que nunca se ha interrumpido, la de las estaciones. Hay un reposo ineludible que se parece a la muerte y que se llama invierno. El frío y la aparente falta de vida dan paso al sol y al primer calor, al renacimiento de la vida en la cepa. La flor es fecundada y la vida surge de nuevo. Hay parto en la vendimia, como lo hay en la fermentación del mosto. Hay metamorfosis: la vida sigue pero cambia de forma. Cambian los colores de la naturaleza y vuelve el reposo en el otoño tardío. El blanco invierno iniciará un nuevo ciclo. Siempre. Beber ese vino era conectarse con el ciclo natural de las cosas. A través de textos, de inscripciones, de sarcófagos, de mosaicos, de pinturas al fresco, etc., los romanos celebraban esa suerte de inmortalidad que proporcionaba el cultivo de la vid porque sus vidas dependían de la tierra y del sol, y el vino era su símbolo. Tardé años en entender qué significaba y cómo encajaba en mi relación con la naturaleza. Pero lo hice.

(Maurice Maeterlink, La vida de las abejas, Editorial Losada, Buenos Aires, 2017, ISBN 978-950-03-7307-4, pp.240-1) "Y así, como está inscrito en la lengua, en la boca y en el estómago de las abejas que deben producir la miel, está inscrito en nuestros ojos, en nuestros oídos, en nuestra médula, en todos los lóbulos de nuestra cabeza, en todo el sistema nervioso de nuestro cuerpo, que hemos sido creados para transformar lo que absorbemos de las cosas de la tierra en una energía particular y de una calidad única sobre este globo. Ningún ser, que yo sepa, ha sido dispuesto para producir como nosotros ese fluido extraño que llamamos pensamiento, razón, alma, espíritu, potencia cerebral, virtud, bondad, justicia, saber. Posee mil nombres pero una sola esencia".

Esa esencia es la energía, la energía que distingue a un ser vivo porque (Wilhelm Schmid, Serenitat. Viure el regal de fer-se gran, Angle Editorial, Barcelona, 2015, ISBN 978-84-16139-42-2, pp.89-90) "al final de la vida se ve con claridad que se trata de energías...no son energías misteriosas, inconcebibles, sino energías  bien conocidas y mesurables: la energía térmica, la eléctrica, la cinética...estas energías físicas se someten a la ley de la conservación de la energía que Hermann von Helmholtz formuló en 1847 y que nunca ha sido refutada. Dice esta ley que las energías  pueden adoptar otras formas, pero nunca ser destruidas. Con claridad y sencillez: esto significa que la energía no muere, se transforma".

El concepto enlaza con la energía que Maeterlink consideraba particular y única del ser humano. Otra palabra para denominar a esta energía podría ser "alma", que el artista belga también utiliza. Todas las civilizaciones, exceptuando la tecnológico/digital/virtual contemporánea, han asumido que el alma es inmortal. Y todas las que comparten nuestro ámbito geográfico y cultural, desde el Cáucaso hasta Finisterre, la han vinculado con el concepto de regeneración, de metamorfosis, de cambio. Nunca con el de desaparición.

"Dónde va, pues, esta persona, esta energía, esta alma que parece desaparecer con la muerte física. La energía de la vida continúa siendo, no se pierde de ella ningún quántum que no se pueda localizar con exactitud".  Ya nos lo explicaron los griegos y los romanos con su ejemplo de vida diaria vinculada a la naturaleza, y con sus textos (Lucrecio, Séneca): nada se pierde, todo se transforma. Y la metáfora de la naturaleza y de los viñedos que cada año parecen morir en invierno para transformarse en primavera y transformarnos a nosotros cuando vendimiamos y hacemos vino en otoño, es la más adecuada para entender que también ese tipo de energías no mueren, sino que se transforman cuando hablamos de ellas y cuando nos las bebemos.

Para poder hacerlo, hay que tener predisposición y ganas de ejercitar aquello que propone Mario Satz (Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines, Acantilado, Barcelona, 2017, ISBN 978-84-16748-45-7, p.135): "los tesoros del mundo susurran en voz baja su deseo de ser encontrados. Dicen: el mapa para hallarnos está compuesto de hojas, alas y suspiros, escamas prismáticas y espumas más blancas que el alba. No hay cofres que no sean estrellas y estrellas que no sean pupilas humanas abiertas de par en par. Cada buscador descubre un microscópico punto de ese mapa, el espacio donde su pie comienza a flexionar su senda". El inicio de vuestro camino personal! Un japonés, o yo...llamaría a eso encontrar vuestro ikigai (Héctor García -Kirai- & Francesc Miralles, Ikigai. Els secrets del Japó per a una vida llarga i feliç, Entramat, Barcelona, ISBN 978-84-16715-12-1, pp.64 y 77), es decir, la libre elección de cómo afronta uno las circunstancias que la vida le ha dado. En dos palabras, la búsqueda de un camino propio, que tiene que convertirse, cuando lo encontréis, en el combustible existencial de vuestra vida, en aquello que, con esfuerzo y tenacidad, os haga no perder el paso y que todo tenga un sentido.

"Coleccionar analogías no nos hace más felices, pero percibir transparencias concede melodía a nuestros latidos", sentencia Satz.

La energía de la tierra, la de las personas que la cuidan y ven en ella vinos que nacerán de sus cepas son transparencias. También aquello que transmiten sus vinos lo es, sí, pero aprehensible, rastreable aunque invisible, única cada una de ellas y, por lo tanto, digna de ser buscada y explicada.

Yo he encontrado aquí uno de los ikigai de mi vida, que vincula de una forma natural (y me di cuenta este verano...) aquello que yo pretendo ser como apasionado de la antigüedad clásica con mi relación con la naturaleza a través de la vitivinicultura.

Lo explica muy bien Henry David Thoreau (Volar. Apuntes sobre aves. Selección y edición de Antonio Casado da Rocha y José Ignacio Foronda, Pepitas de calabaza ed., Logroño, 2016, ISBN 978-84-15862-52-9, p.33): "el aire se llena de azulejos. El suelo está casi por completo desnudo...Me apoyo en una valla y escucho el aire, que parece líquido con los gorjeos de los azulejos. Mi vida forma parte del infinito. El aire es tan profundo como nuestra propia naturaleza. Me muevo para pedirle cosas nuevas a la existencia...quiero trascender mi rutina diaria y la de mis convecinos; quiero alcanzar ahora mi inmortalidad y que posea las cualidades de mi vida diaria...ojalá conserve la perseverancia que jamás he tenido. Y ojalá pueda purificarme de nuevo, en cuerpo y alma, como si lo hiciese con fuego y con agua. Y que mi canto no desmerezca de las estaciones. Y ojalá pueda obligarme a ser un cazador de lo bello y nunca se me escape nada".

Pradell de la Teixeta i Sebald

Lo que os propongo hoy es que nadie os muestre cuál ha de ser vuestro camino. Tampoco yo, por supuesto. Sois vosotros quienes tenéis que encontrar vuestro ikigai formándoos, escuchando todos los puntos de vista, viajando y pisando viñas, charlando con los agricultores, huyendo de adoctrinamientos y de apriorismos, formando vuestro propio criterio, recolectando energías y preparándoos para transmitirlas.

Por todo lo que os acabo de decir, os propongo que os convirtáis en demiurgos en vuestra sala o lugar de trabajo. Esta palabra viene del griego clásico, del verbo "demiurgéo" que significa "trabajar para el público", literalmente! De este sentido pasó a querer decir "producir, crear" y de aquí a "crear para producir placer". El sustantivo, "demiurgós", demiurgo en castellano, entró en el pensamiento filosófico, tanto platónico como gnóstico. En el primero significa "divinidad que crea y armoniza el universo" y en el segundo "alma universal, principio activo del mundo".

Os propongo pues: encontrad ese camino, empezad a andarlo con vuestro propio pie, buscad y encontrad vuestro ikigai, vuestra manera de entender las cosas, aquello que da sentido a la vocación que hoy queréis consolidar con una nueva formación. Todos los caminos pueden ser buenos mientras se anden con pasión y con algo que contar. Convertíos en el alma de la sala, sed demiurgos, fuerzas transmisoras de aquello que habéis conocido en el campo y en vuestra formación. No os limitéis a presentar mecánicamente una botella y a contar cuatro vaguedades transmitidas de segunda mano. Aquellas personas, aquellos vinos con los que compartáis una forma de entender la naturaleza, la que sea, que sepan que vosotros sois sus intermediarios en la tierra, sus demiurgos, porque creáis un nuevo orden en la sala y permitís, con vuestra actitud, que las energías y sabores que ellos embotellaron de su tierra y sus cepas no mueran, sino que se transformen gracias a vosotros y a las personas con las que tratéis. No perdáis la oportunidad de ser únicos, de ser almas y principios activos de esa cadena de transformaciones allí donde trabajéis. Y de serlo con la pasión, el esfuerzo, el talento y la convicción de quien sabe qué hace y por qué lo hace.

¡Bienvenidos al club de los buscadores de transparencias, de los cazadores de bellezas efímeras!

The glory of the sky

Postscriptum. Este texto está dedicado, con cariño y reconocimiento, a las personas que abren botellas de vino y las explican para que los demás seamos felices y, bebiendo y escuchando, mejores.

16 de setembre, 2017

Transparencias de Mallorca

Coca de xeixa con higos y sobrasada coenta
Mario Satz, Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines, Barcelona, Acantilado, 2017 (ISBN 978-84-16748-45-7), p.27, hablando del jardín griego: "Epicuro, para quien si los dioses existen, con toda probabilidad están más allá de cualquier preocupación humana. Motivo por el cual, dice el filósofo, conviene que el hombre se cultive a sí mismo, que devenga su propio jardín, y, en su perímetro de amables frutales y sencillas hortalizas, aprenda a gozar de los placeres cotidianos sin esperar más recompensa que la vida simple y sin complicaciones".

La vida simple y sin preocupaciones, aunque con una ocupación constante, sucede, también, alrededor de los productos de la tierra y de la atención con que algunas personas atienden a su llamada y son convocadas por sus sabores. Su capacidad de transmitir sensaciones hace el resto. Maria Solivellas, en Ca na Toneta (Caimari), siempre ha actuado de esta forma. Y su actitud y manera de entender la relación con la naturaleza de su tierra ha generado influencias y amores. Marta, por ejemplo, sigue siempre muy atenta todas las explicaciones de Maria, y de su última estancia en el restaurante salió con un kg de harina de trigo xeixa y una idea aproximada de cómo comerse Mallorca de un bocado gracias a la coca de xeixa con cebolla, higos y sobrasada coenta de Maria.

Harina de trigo xeixa, en efecto, agua, aceite, sal y un poco de levadura. Cebolla pasada por la paella con buen aceite pero no caramelizada: el punto de cocción se lo dará el horno. Higos de coll de dama y sobrasada coenta de Ca na Silvia de Porreres (la mejor que como en la isla). Como siempre, el secreto está en la masa y en cómo se suelta, se alarga, se despereza y se prepara para recibir al resto de ingredientes y pasar el tiempo justo en el horno. La vista manda, las sensaciones en las manos también, y la experiencia se gana a base de encontronazos con la realidad.  En la foto, el resultado. La imagen habla sola pero dice lo que ves: estaba extraordinaria.

Como nos muestra Epicuro (uno de mis maestros de vida) y desarrolla Satz (un genio), la geometría es una forma de organización, y con la sencillez de los ingredientes, puesta de manifiesto a través de la luz que transmiten, ofrece momentos únicos de placer cotidiano. Así es la coca que muestra la foto, que Marta ha sabido convertir en esencia de Mallorca, en transparencia comestible de sensaciones que no están ni aquí ni allá porque viven ya en nosotros. Como propone Satz (p.135), hablando del jardín de las cigarras, que es el de la felicidad efímera, "coleccionar analogías no nos hace más felices, pero percibir transparencias concede melodía a nuestros latidos".


28 de juliol, 2017

Domaine Carterole, Hjv 2016

Sue Hubbell, Un año en los bosques, Errata naturae, Madrid, 2016, traducción de Miguel Ros González, p.230: "puede que este año se siegue, puede que no. Mis ojos han dejado de ver la belleza en la uniformidad".

HJV 2016

Henry David Thoreau, Caminar, Angle editorial, Barcelona, 2017, traducció i introducció de Marina Espasa, p.74: "on és la literatura que fa parlar la Natura? Hi hauria d'haver un poeta que pogués impressionar els vents i els corrents i posar-los al seu servei, fer-los parlar per ell. Algú que retornés a les paraules el seu sentit primitiu, com fan els grangers a la primavera quan tornen a clavar les estaques que el fred ha descalçat. Algú que excavés les paraules cada vegada que les fa servir, i que en trasplantés a la pàgina les arrels plenes de terra. Algú les paraules del qual fossin tan certes i fresques i naturals que semblés  que creixen com els brots quan s'acosta la primavera, encara que quedessin mig abandonades entre dos fulls rancis en una biblioteca".

(Mi versión castellana de la traducción de Espasa, que es excelente): "¿dónde está la literatura que hace hablar a la Naturaleza? Tendría que existir un poeta que pudiera imprimir vientos y corrientes y ponerlos a su servicio, hacer que hablen por él. Alguien que devolviera a las palabras su sentido primitivo, como hacen los agricultores cuando, al llegar la primavera, vuelven a clavar las estacas que el frío ha descalzado. Alguien que cavara las palabras cada que vez que las utiliza y que sea capaz de trasplantar a la página sus raíces llenas de tierra. Alguien las palabras del cual fueran tan ciertas y frescas y naturales que diera la sensación de que crecen como brotes cuando se acerca la primavera, aunque quedaran medio abandonadas entre dos hojas rancias en una biblioteca".

¿Por qué no podemos pensar que Joachim Roque (Domaine Carterole) sea uno de esos poetas que tiene la capacidad de hacer hablar a la Naturaleza? Banyuls, su tierra, allí donde crecen sus cepas de garnacha gris y de vermentino (Hjv 2016 está hecho con esas uvas al 50%), está cortada sobre el mar en pendientes imposibles de esquisto gris. El trabajo es duro y concentrado, intenso. Sus "palabras" están en las manos y en el azadón, cavan la tierra, vendimian la uva y trasladan a la botella la frescura del mar y la sequedad de los vientos del norte. Son escuetas pero elocuentes, sencillas y sinceras. Sus palabras son uvas.

Su vino de garnacha gris y vermentino (tres semanas fermentan con su raspón, de forma espontánea; se prensan con delicadeza y siete meses más pasan en barricas nuevas de roble; se embotellan sin más) y él, Joachim, son quienes describen con sintaxis cierta y fresca y amable, sincera e intensa, el perfume provocador del tomillo en flor, los aromas de la fermentación y la vida en movimiento que late en la copa. Su mirada y su escritura están llenas de hinojo silvestre, de viento de Levante y de hollejos, de flor de limonero y de laderas que se abalanzan hacia un mar de sonrisa amable. Laurel y mejorana decoran también esa hoja perdida. En el aire limpio de la mañana, la biblioteca, que es la Naturaleza, abre sus puertas a los cuatro vientos.  Permanece en el lector el recuerdo de una rebanada de buen pan con una cucharada de confitura de naranja.

Hjv 2016 de Domaine Carterole tiene el sabor de la tierra y el valor de su personalidad. Para quien la entiende (Joachim Roque),  el viñedo es un libro de páginas abiertas siempre por escribir y su vino tiene la energía de una transformación incluso personal.  El vino es ese brote de primavera que, año tras año, renueva nuestro compromiso con la inmortalidad.